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viernes, 30 de abril de 2010

Un balance personal del Bafici 12


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O, mejor dicho, anotaciones.
.Excitación anual, absurda, desproporcionada.
Ilusión de una Buenos Aires customizada para cinéfilos, sucedáneo de viajes reales; reconozco este perfume de aceleración infantil que me visita durante abril, padezco sus resacas hasta (aproximadamente) mayo.
.El color que cayó del cielo.
Ninguno de los sucesivos gobiernos de la ciudad que fueron pasando durante estos años de Bafici intentó apropiarse tan descaradamente de su rédito simbólico como el de Macri. Los afiches callejeros, el site, el cuadernillo con la guía de programación, todo estaba encuadrado por el color amarillo PRO para forzar la identificación visual del festival con su administración. Marketing vampiro.
.Sedes inexistentes.
Foto linda la que ilustra este post, ¿no?: es de la Alianza Francesa de Buenos Aires, uno de los lugares que albergan el Bafici, como los Arteplex. A la hora de fijar la logística de mi itinerario cinéfilo ambos quedan debajo del radar, no los considero. Creo que existe una razón afectiva por la cual prefiero correr del Abasto al Atlas Santa Fe, o a la Lugones y eventualmente al Malba.
En el caso puntual del Arteplex, escaparle se debe a una razón ideológica: odio las proyecciones de video que hacen pasar por cine, costo de la entrada incluído.
.Presupuesto y programación.
Se subrayó la preferencia por incrementar la cantidad de títulos ignotos bajo la coartada de mundos a descubrir, en detrimento de los de directores "consagrados" (al menos por el sistema legitimador de los festivales). A mí no me engañan, hay menos plata y siempre queda bien escudarse en el perfil explorador del festival.
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Cine político argentino.
La Cinta Blanca de Michael Haneke, paneando por la vida cotidiana de un pueblito europeo constreñido por instituciones represoras (feudales, religiosas, familiares, ¡no se salva nadie!) en los albores de la Primera Guerra Mundial, si bien sugiere el “huevo de la serpiente” del nazismo, resulta utilísima para pensar desde otro ángulo cómo los principios de nuestra década del 70 derivaron en el horror de la Dictadura.
No me apeteció ver la referencia más o menos explícita al secuestro de Aramburu en Secuestro y Muerte de Rafael Filipelli. Y menos a Enrique Piñeyro con bigotes.
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Química del acompañamiento.
Más en el período Bafici que durante el resto del año, las personas con la que voy al cine modifican directamente la percepción de lo que estoy viendo. No se trata de lo que puedan opinar antes o después de cada película, sino de vivencias y universos compartidos que filtran lo que desfila por la pantalla.
Chapotear rojísimos charcos de sangre orientales con “X”, surfear documentales del mundo - esta vuelta muy gastronómicos - junto a “Y”, o compartir con “Z” obras, digamos, contemplativas, potencia el momento.
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Los cambios del Gran DT.
Ya es un dato de la realidad, sé a priori que cada año pierdo, a valores de hoy, cerca de 60 pesos en entradas sacadas con anticipación que termino no utilizando. “Ojos grandes” definía mi mamá y la mamá de mi mamá a ese tipo de ridícula avaricia.
Pero esta vuelta, a diferencia de otras, más bien hice cambios sobre la marcha. Salvo Yuki y Nina, cuya visión a media mañana hubiera significado dejar mi casa sumida en la deriva de unos arreglos interminables (con la consiguiente carga de conciencia), otras bajas pueden considerarse trueque por títulos que ganaron la pulseada del deseo espontáneo.
Se fueron Meurtres à l'Empire State Building y Oxhide 2, ingresando, por sugerencia de mi esposa (sempre querendo praticar o seu portugués) Nem tudo é verdade, el periplo brasileño de Orson Welles en los 40´s, narrado con desmesura antropofágica por Rogério Sganzerla (documental, Kane, samba, ficcionalización y más: it´s all true); así como una opera prima cuyo bombardeo formalista -tan típico del que llegó al largometraje y quiere poner toda la carne al asador-, no impide disfrutar un todo que es mucho más que la suma de sus partes. Os famosos e os duendes da morte, donde en un pueblito de Brasil habitado por colonos alemanes, un adolescente escucha a Bob Dylan (¡imaginen las consecuencias!)
Otra desactivada fue Sweetgrass, registro de una larga marcha ovina en plan western crepuscular que sucumbió ante la posibilidad de conocer Babooska , antecedente crudo que años más tarde posibilitaría el sensible universo de La Pivellina, esa maravilla que había visto días atrás.
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Tiempos que se escurren.
Intento escaparle a las recurrentes pesadillas diurnas en las que me visualizo como un pez-banana salingeriano que consume productos culturales uno tras otro; temo atragantarme, no poder salir a la superficie y morir. De ahí la necesidad de interpelarlos en esta segunda vida (o blog) cuyos tiempos no siempre encabalgan armónicamente con la primera.
En relación al festival, el costo de este input-output se traduce en dos situaciones insensatas: la primera, sentirme en deuda por no llegar a escribir sobre todo lo visto (¡hello neurosis!); la segunda, luego de casi un mes de vacaciones volver a mi trabajo cansado y demacrado.
.Colaboradores.
Gente muy querida había amagado (alguna prometido) escribir sobre lo visto, pero no tuvieron el tiempo o las ganas de hacerlo. Reflexionando sobre mi insistencia al solicitar estas colaboraciones, caigo en cuenta de que esta obsesión escrituraria es cosa mía y que a lo mejor mi entusiasmo suele transformarse, más a menudo de lo que querría admitir, en pura densidad.
Perdónenme e, igualmente, déjenme suspirar recordando el tinte más coral de la coberura 2009.
.Pelis, artículos y puntajes.


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Visto casi el 5% del total de la oferta (19 de 420) y sin haber tenido que soportar un fiasco en mi recorrido 2010, el juego que jugamos todos: lo mejor y lo no tanto en orden descendente.
(Acerca de las subrayadas pueden leer nuestros comentarios con un click)

La Pivellina de Rainer Frimmel y Tizza Covi (9)
Police, Adjective de Corneliu Porumboiu (9)
Jaffa, the Orange´s Clockwork de Eyal Sivan (8,5)
La Vía Lactea de Luis Buñuel (7,5)
Os famosos e os duendes da morte de Esmir Filho (7)
Hadewijch de Bruno Dumont (7)
Visitors (Jeonju Digital Project 2009) de Hong Sang-soo/ Naomi Kawase/ Lav Diaz (7)

Nem tudo e verdade de Rogério Sganzerla (7)
36 vues du Pic Saint Loup de Jacques Rivette (7)
Visage de Tsai Ming-liang (6,5)Mary and Max de Adam Elliot (6,5)
Cooking History de Peter Kerekes (6,5)

Kings of Pastry de Chris Hegedus y Donn Alan Pennebaker
(6,5)Yellow Kid de Mariko Tetsuya (6,5)
Babooshka de Rainer Frimmel y Tizza Covi
(6,5)
Go Get Some Rosemary de Joshua Safdie y Benny Safdie (6)Der Räuber (The Robber) de Benjamin Heisenberg (6)
Les Beaux Gosses de Riad Sattouf (5,5)

In the Shadows de Thomas Arslan (5)
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viernes, 23 de abril de 2010

Bafici: La Pivellina (Rainer Frimmel y Tizza Covi, Austria, Italia , 2009)

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Muy fácil de contar La Pivellina:
Una madura señora de pelo rojísimo (Patty) busca a su perrito extraviado (Hércules) en el anochecer de una plaza barrial y, en su lugar, encuentra a una nena de dos años abandonada (Asia); desechando dirigirse a la policía, confiando en la nota de la madre avisando que pronto retornará o, simplemente, encendida su ternura, la lleva a vivir con ella y su grupo de pertenencia (Walter, Tairo: otro modelo de familia).

Más difícil es poner en palabras, sin sobreabundar en adjetivos admirativos, la soterrada emocionalidad que Tizza Covi y Rainer Frimmel logran en su film; parecería tener algo que ver con introducirse dentro de un grupo determinado, proporcionarle una leve hebra de ficción y observar con espíritu documental (y cariñoso) lo que pasa; o acaso con saber dónde poner la cámara para posibilitar que emerja la verdad íntima de lo cotidiano.
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Este extracto sobre gente pobre de circo ídem, un histórico tópico de regodeo cinematográfico que suele oscilar entre lo bizarro (Freaks) y lo compasivo (La Strada), deshace los estereotipos mostrando personas que subsisten como pueden en una actividad de espectadores al borde de la extinción, y no hay denuncia más política que el humanismo real (sin comillas) de sus personajes entrañables, lejanos a la imagen de un Otro amenazador con que los medios suelen acicatear nuestros prejuicios.
La caravana de casas-trailers en el gris extrarradio romano es el contraplano de la sociedad del espectáculo berlusconiana.

Todo ese mundo ya estaba en ciernes en Babooska, la película cuatro años anterior que, entusiasmado por un amigo, me apuré a ver en su última proyección festivalera, y a la que sólo sentí un borrador - con momentos muy logrados - de La Pivellina.
Es que, efecto paradójico, al pasar de mostrar individuos siendo ellos mismos a filmarlos más tarde haciendo de sí propulsados por una mínima anécdota, Covi & Frimmel entregan el retrato auténtico de un ambiente físico y espiritual.
Además de un chupetín inolvidable.
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domingo, 18 de abril de 2010

Bafici: Police, adjective (Corneliu Porumboiu, Rumania, 2009)

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Fuera las medias tintas: junto a La Pivellina, la mejor de las que vi en el festival.
Rigurosa, pensada al milímetro, las primeras tres cuartas partes del film te hacen experimentar hasta físicamente el tedio apelmazante de la mediocridad, los tiempos de espera y la burocracia del trabajo policial (cero glamour Hollywood), y el último cuarto, en el plano secuencia más sorprendente, vira hacia una distancia para analizar conceptualmente el significado de términos como "conciencia", "policía", "ley" y "moral", a través de una situación entre absurda y desternillante.
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La anécdota argumental es mínima: el banal héroe, un policía de provincias, se la pasa siguiendo a un estudiante que a la salida del instituto fuma haschís. Anota horarios, recorridos, se oculta en las esquinas, llena carpetas en la dependencia, intercambia frases rutinarias con sus colegas, soporta las bajadas de línea de sus superiores y, a veces, hasta llega a cenar acompañado por su mujer.
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Si bien a la rumana, como en la serie norteamericana The Wire, la necesidad de la línea jerárquica por cerrar "casos" mostrando rápidos resultados -capitalizables en ascensos- presiona a las bases para que arresten a los perejiles y dejen de lado a la ruta del dinero que es la cadena de distribución, una acción que demandaría más tiempo pero podría dar con los peces gordos.
Y el nudo gordiano de la trama es la conciencia del policía, que no está dispuesto a que pese sobre él la condena a siete años de un pibe por fumarse un fasito.
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"Be patient" - sugería a la audiencia la productora de Police... en la breve presentación previa; y terminada la proyección volvía a abrir el paraguas comentando que había discutido con el director para cortar algunas partes. Por suerte ganó Porumboiu, porque no le sobra nada, hay una coherencia total entre contenido y forma.
El asunto es que la inmersión que nos propone requiere vivirse en un cine, donde resulta más difícil escabullirse de sus necesarios tiempos largos que hacerlo frente a la pantalla hogareña, donde -comprobado no científicamente- hay más distracciones alivianantes a mano (el mate, la heladera, qué comer a la noche, las facturas a pagar, etc).
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sábado, 17 de abril de 2010

Bafici: Mary and Max (Adam Elliot, Australia, 2008)

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Animación stop-motion, como las de los estudios Aardman (Wallace y Groomit; Pollitos en fuga) para una de esas historias oscuras sobre marginados que suscitan inmediatamente una mezcla de ternura y piedad por parte del espectador.
La nena australiana de madre alcohólica y el viejito neoyorkino con síndrome de Asperger (¡rápido, Wikipedia, rápido!: "trastorno neuromental que forma parte del espectro de trastornos autísticos"), solos como un hongo, llegan a contactarse por correo de manera azarosa. Y la película alternará las sucesivas cartas entre ellos o su esporádica interrupción, con uno y otro leyéndolas en off, más un narrador por momentos irónico hilvanando los contrapuntos.

Me trajo reminiscencias del film epistolar 84, Charing Cross Road, con Anne Bancroft y Anthony Hopkins enamorándose a distancia sin llegar a conocerse jamás. Pero sólo por un rato, puesto que Mary and Max, técnicamente impecable, con gags inolvidables (la muerte del mimo vale su visión) y one-liners ídem ("Si un taxista va para atrás...¿te debe plata?"), abusa del patetismo.

Diría que pertenece al (inventemos un subgénero) "determinismo poético", en tanto que ambos protagonistas, así como muchos personajes secundarios, padecen un destino marcado desde el mismísimo comienzo de sus vidas, y el trascurrir de sus episodios existenciales ilustrará la imposibilidad de apartarse de él (¿les suena Babel, de Iñárritu?).
La adorable Mary Dinkle devendrá, luego de la sucesión de catástrofes, en adicta al jerez como su madre; Max Horovitz, discriminado por judío, lunático, enfermo mental y un montón de cosas más, no conocerá el amor y vivirá y morirá solo. ¡Too much! ¡Inclusive los colores de sus entornos están preasignados en forma inamovible !
El final, que no voy a contarles, es el colmo del desencuentro forzado.

Pero todo esto, enmarcado en esa mezcla de gótico y expresionismo estandarizado por Tim Burton, está tan lleno de ideas visuales atractivas que fluye,"se hace corto"; y la gente a la salida del Hoyts, encantada, podría asegurarlo: la votaba como "excelente" (Nota: Mary and Max participa de la Selección Oficial Internacional en Competencia y hay voto del público vía papelito).
Yo terminé depositando en las urnas un "Muy buena", en parte contagiado por el entusiasmo de mi esposa y mi hija.
Hoy, repensándola un poco, tengo la sensación de que este tipo de films que ubican al espectador más infeliz en una posición de Dios Superior respecto de las vidas terriblemente desgraciadas que narran, incurren en una demagogia bastante repudiable.
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viernes, 16 de abril de 2010

Bafici: Jaffa, the orange's clockwork (Eyal Sivan, Israel, Francia, Bélgica.Alemania , 2009)

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No vamos a venir a descubrir ahora que lo que llamamos "realidad" es una construcción que se hace desde algún lugar ideológico, y no hace falta ser Roland Barthes para comprender que tanto las imágenes como las fotografías que nos atosigan desde los medios son mensajes nada neutrales emitidos para crear un efecto social o político.

Jaffa, the orange's clockwork despliega con actitud didáctica cómo el sionismo construyó, a partir de la apropiación simbólica de ciertas naranjas un relato fundacional que nunca se cuestionó:

Había una vez una tierra desprovista de cultura laboral, desaprovechada y árida que, a partir del establecimiento del Estado judío y su voluntad pionera, logró ser trabajada y entregar al mundo las más preciadas naranjas.

Pero ocurre que la naranja de Jaffa, famosa en Occidente unas cuantas décadas antes de 1948 (el año en que se fundó Israel), era cosechada para su exportación por emprendedores árabes, judíos y palestinos trabajando en armónica convivencia.
Como lo prueban testimonios, melodías, viejos poemas y filmaciones de archivo en este documental impecable que, por una cuestión biográfico personal, fue lo que más me movilizó hasta ahora del Bafici 2010.




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Porque cuando mis hermanos y yo íbamos al colegio (a la mañana, castellano, a la tarde hebreo), la idealización de esas comunas agrícolas socialistas denominadas kibbutzim (hoy devenidas en empresas hipercapitalistas), era un potente gancho propagandístico que instaba a un deber desear establecerse allí para todos los judíos del mundo.
Y uno, calado por el entusiasmo de las maestras, con la ilusión de vivir como un adolescente independiente y -también esto- imaginándose a salvo de todos los antisemitismos, compraba el blindado discurso institucional.
En el que tenían gran preponderancia las dichosas naranjas.
Los jóvenes israelíes se veían felices recolectándolas, y sus fotos enviaban el metamensaje de que estaban contribuyendo a generar la riqueza de un país que - no cabía otra - era necesariamente nuestro.
La flecha educativa marcaba como corolario una experiencia vivencial a los 15 o 16 años: el Plan Tappuz (o sea, Plan Naranja), que te llevaba por dos meses a un kibbutz para convivir y trabajar con gente de todos lados. Una aventura gozosa de la que solías regresar con incrustaciones de ideario sionista ad hoc.
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Eyal Sivan reconstruye el derrotero del cítrico, primero mostrando la coexistencia pacífica de las razas que con él hacían su negocio, luego con su expropiación (junto a las tierras) por parte de Israel, y posteriormente con los boicots árabes a su distribución mundial en tanto emblema estratégicamente estatuído de la nación hebrea.

A diferencia de otros documentales sobre palestinos e israelíes repletos de checkpoints, soldados, lanzamiento de piedras o atentados suicidas, Jaffa... se enfoca en estas naranjas tan reivindicadas por unos y por otros para proponer una tarea ardua pero de beneficio muy concreto: restituirlas como símbolo común y unificador, tornarlas imagen-fuerza cuya sola evocación subraye que la convivencia es posible porque, sencillamente, ya aconteció hace no demasiado tiempo.
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miércoles, 14 de abril de 2010

Bafici: La Vía Láctea (Luis Buñuel, Alemania, Francia, Italia, 1969)

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Cuando era adolescente consideraba que no había cineasta más conceptualmente transgresor que Luis Buñuel (y cerca Marco Ferreri). Llegando a mis 50 sigo creyéndolo.
Unas justificaciones al paso:
Un perro andaluz y La edad de oro, mudos escándalos de finales de los ´20, mezclando surrealismo, entomología, deseo carnal y simbología católica, anticiparon (luego lo vimos) toda la imaginería en sucesión veloz de los más supuestamente provocadores videoclips.
Más tarde, en Las Hurdes (conocida como Tierra sin pan) el tipo armaba, respecto del esperable registro socio geográfico inocuo, un contundente contra-documental (¡censurado por la República!) sobre la miseria y el atraso en una región estéril, con imágenes de la realidad que parecían filmadas desde el subconsciente.
Las películas de su posterior estadía mexicana filtraban, desde el melodrama tradicional, un fetichismo por ciertas zonas del cuerpo femenino y un nada soterrado sentimiento anticlerical (Él, Los olvidados, El angel exterminador, ¿no las vieron?: ¡verguenza debería darles!).
Nazarin, Viridiana, Simón del desierto, ya copaban la simbología católica y demostraban alegóricamente la futilidad de la flagelación personal y el sacrificio. Belle de Jour o Tristana, en cambio, presentaban la represión sexual en clave de cuento moral. Y nadie filmó más apetecible a Catherine Deneuve.

Las que más circulaban en las cinematecas que frecuentábamos eran las de su último período francés: El discreto encanto de la burguesía, El fantasma de la libertad y Ese oscuro objeto del deseo. Divertidas, más juguetonas que escandalizantes,
Y a las otras las veíamos en las copias que podíamos, generalmente vapuleadas, con cortes (intencionales o no), y con serios problemas de audio.

Tal el caso de La Vía Láctea, que vi en el 80 y pico en la Lugones y de la cual recordaba poco y nada.

El Bafici, entonces, obró un milagro, porque copia nueva y...
¿¿un Buñuel en el Hoyts??
¿qué diría Pochoclín, mascota institucional de esta cadena (a quien, a juzgar por su palpable ausencia, no le deben haber renovado el contrato)?




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La Vía Láctea es una road movie de dos caminantes pobres que peregrinan a Santiago de Compostela desde Francia y, como bien dicta el subgénero, van encontrando a su paso gentes y atravesando vicisitudes. Como estamos en el terreno de la alegoría, se van desplegado conceptos que apuntan a algo mayor que la suma de sus partes: a mostrar lo absurdo no de la religión católica sino de sus dogmas. Los desarrapados Jean y Pierre catalizan, a lo largo de su viaje, la crueldad y el ridículo de la letra escrita a la que suele ceñirse la doctrina. Y Buñuel aclara, al final, los documentos teológicos (de donde saca párrafos enteros para hacérselos decir a sus personajes).

La trama, articulada por el camino, trabaja sincrónica y diacrónicamente, porque no sólo va en línea horizontal sino que es atravesada por episodios de otras épocas que, inclusive, llegan a mezclarse.
Así, mientras en una representación escolar las niñas más pequeñas recitan acciones prohibidas por el dogma y los adultos replican en voz alta: "¡anatema!", nos cruzamos con Cristo en un banquete donde sus discípulos le instan a que hable (¡y Jesús cuenta un chiste!); el jefe de mozos de un delicado restaurante explica a sus subordinados porqué la hostia es y no es el cuerpo de Cristo usando como término de comparación el paté de liebre, que es liebre y a la vez paté; uno de los protagonistas imagina el fusilamiento del Papa y un tipo a su lado le pregunta si no escuchó una explosión.
Contrario a lo que pueda sugerir esta enumeración, todo se cuenta de manera muy seria, casi recatada. Y, entre las prácticas inquisitorias (del clero, de la policía, de los militares) y la falta de solidaridad hacia los que menos tienen, la película finaliza, vigente.


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¿Incorporaría hoy Buñuel a este desfile alguna alusión a la abrumadora cantidad de curas pedófilos que en el mundo están siendo?
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martes, 13 de abril de 2010

Bafici: The Robber (Benjamin Heisenberg, Alemania, Austria, 2010)

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La palabrita siempre aparece revoloteando, no consiente en quedarse quieta en un cajón.
"Independiente"

Sábado a la noche y el Atlas Santa Fe repleto. Finalizada la proyección, el productor del film, presente en la sala, responde a la primera pregunta ("¿cuanto costó?"):
- Dos millones y medio de euros
Y, azar oportunísimo, desfilan por la pantalla en sincro con su respuesta los logos de las empresas e instituciones públicas y privadas que posibilitaron el número.

Es cuando me vuelve el término a la cabeza.
Tal vez sólo sea el rótulo indeleble que, desde sus comienzos, identifica la marca del Festival y a esta altura viene vaciada de sentido. Pero vale, nuevamente:
¿Cine "independiente" de qué? ¿de que lo destroce Harvey Weinstein de Miramax? ¿del Sundance de Robert Redford? ¿de la distribución de las Majors? ¿de lo que "quiere" el público?

Tal vez el presupuesto de The Robber sea inferior al estándar que se maneja en los países del Primer Mundo, pero esto no es Lisandro Alonso, acá hay un tipo de película con clara vocación comercial que, hace algunos años, en pantallas menos concentradas que las actuales por los tanques norteamericanos, se estrenaba y con mucho éxito. Digna, estándar en su narración, absolutamente "entendible".
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Un tipo sale de la cárcel y se dispone a seguir haciendo lo que sabe, robar. Curiosamente, esta base retrotrae al otro film de la novísima camada alemana que ví hace tres días, In the Shadows de Thomas Arslan. El déjà vu alcanza también a los roles secundarios y, en especial, a los esterilizados escenarios (tan sin mugre) donde transcurre su argumento. Pero gana por puntos respecto de ésta última porque el robber que hace Andreas Lust, un obsesivo maratonista que toma los tiempos hasta de sus corridas post asalto, provee de una kinesis casi hipnótica a las secuencias.
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Encajando la palabrita.
Lo único rematadamente "independiente" en este film es su protagonista, que corre, afana y se desangra sin que sepamos bien qué lo motiva (¿lo sabrá él?). De todos modos, su pulsión puesta en acto es lo mejor de la película.
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lunes, 12 de abril de 2010

Bafici: Yellow Kid (Mariko Tetsuya, Japón, 2009)

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Por: Rody

Y bue..., veamos una del BAFICI
(a.k.a. La abundancia nos hace conservadores)






















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Éramos tres recorriendo la boliferia.
Por un lado, un traficante de folklore balcánico semi-exiliado en Europa con manos rebosantes de DVDs truchos recién comprados (restringido, el pobre, a una cierta legalidad europea con nuevo analfabetismo informático: ¿torrent? ¿rapidshare? ¿lo qué?), y por otro, un arquitecto desempleado y yo, un poco más recatados a la hora de las compras.
Los tres señalándonos mutuamente imperdibles joyas que “no podés dejar de ver”, los tres desoyendo recomendaciones y comprando sólo aquello que estaba previamente en nuestras enfermas mentes de coleccionista.
Amigos al fin, nos sentimos obligados a explicar por qué desoíamos nuestros mutuos consejos.
“Es que tengo una pila así de grande - decía uno, separando la mano de la mesa de ofertas del puestito de DVDs – de películas que tengo que ver sí o sí.
“Y una pila así – alejando aún más la mano de la mesa – de películas que me gustaría ver o volver a ver.”
“Y no me da el brazo para las que ya están apiladas y sé que nunca podré ver, por lo menos no en esta vida.”
Es que la abundancia nos hace conservadores a la hora de probar cosas nuevas.

Con ese espíritu encaré el BAFICI 2010.

Pero siempre hay un motivo para ir al BAFICI. Compartir una salida con mi amigo Pablot, el más importante; respirar el espíritu del festival, encontrarme con amigos y conocidos que tal vez sólo pueda ver allí, sentirme partícipe de un evento cultural que se ha convertido en un clásico y así por el estilo. Pero ninguna de esas razones es ver cine que, en mi caso, pasa a ser un hecho secundario.

Y entonces vamos y vemos Yellow Kid, una precaria película que juraría fue hecha por un estudiante de alguna escuela de cine japonesa para recibirse y que consigue, con las pocas herramientas con las que cuenta - espero que el pésimo sonido haya sido más un problema de los expositores argentinos que del sonidista japonés - transmitirnos una cierta angustia existencial de post-adolescente nipón y suburbano.

Al otro día, de vuelta en casa, me di una panzada volviendo a ver dos películas que hacía más de 20 años no veía: Easy Rider y Out of the Past, y mientras me bajaba de AvaxHome la música de Steppenwolf - por favor, no dejen de escuchar el tema "The Pusher", con especial atención a la letra, que es parte de la banda sonora de la de Dennis Hooper -, me dije: tengo ganas de repetir la experiencia del BAFICI, la de sentarme a tomar un café en el puestito de Havanna del Hoyts con Pablot (y Mogui y Gabi), charlar amigablemente sobre lo visto y ver pasar a la gente.
Ahora, en cuanto a ver cine, para novedad: lo clásico.

Lo escuchaba a Sergio Wolf, el ¿curador? del festival, hablando en la tele y diciendo que el BAFICI debe mostrar, mayoritariamente, hacia dónde va el cine.
Realmente no sé hacia donde esté yendo, pero si en esa dirección Jacques Tourneur va quedando más y más lejos, creo que me va a costar mucho poder seguirlo.
Si, ya sé, me estoy poniendo viejo.
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domingo, 11 de abril de 2010

Bafici: Visage (Tsai Ming-liang, Taiwán, Francia, Holanda, Bélgica, 2009)

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Escena complaciente para la cinefilia: Lee Kang-Sheng y Jean-Pierre Léaud (el director del film dentro del film y una de sus estrellas, respectivamente), conversando en un bosque espejado frente a un monitor donde desfilan imágenes.
Una penumbra bien conseguida por la iluminación enmarca la secuencia, y nuestro querido Léaud, acaso demasiado viejo para continuar en el abatimiento permanente, se vuelve niño por un instante y juega con un pajarillo al que llama Tití, pasándolo de una mano a la otra y finalmente regalándoselo a Kang-Sheng, en un diálogo ping pong evocador de directores y films.

- "Murnau", "Buster Keaton", "Passolini", "Orson Welles"- profiere con ligeros ademanes.
- "Truffaut" - retruca el alter ego de Tsai al por siempre alter ego de François Truffaut .
Y Léaud, que en Visage se llama Antoine (como Doinel), sigue nombrando con entusiasmo cineastas (muertos) admirables, junta sus manos, señala el pajarito y resume:
- "Tití" - como si metaforizara la pureza de ese cine ya ido.
Demás está decir que, un poco más tarde, el avecilla muere y se la entierra.

Si la enfocamos por el lado del requiem por un cine muerto, la película resulta una poco añeja (y será preferible remitirse arqueológicamente al Godard de hace unas décadas).
En cambio, permítanme pasarles la receta que me posibilitó casi dos horas y media de puro goce:

Recórrase como si fuera un museo repleto de instalaciones, sin saltear las secciones temáticas
"Kitch musicales en taiwanés y en español";
"Efigies francesas de ayer (Moreau, Ardant, Baye) y de hoy (Amalric)";
"Espejos", que incluye personajes observándose, un reno tropezando sonoramente en el bosque (¡el gag del film!), una cita a La Dama de Shangai, y cuidadas composiciones de planos en los que vidrios y peceras reflejan figuras (o sus fantasmas).

Lo que articula todo podría denominarse:
"Retrospectiva de Tsai Ming-liang: paseando por los ejes que lo han constituído en un autor inmediatamente identificable".
Está su erotismo desolado (la escena entre Kang-Sheng y Amalric, interrumpida por un ringtone que trae muerte), la producción de una película dentro de la que estamos viendo, el exceso de agua o la falta de ella (en la primera escena, con el grifo que pierde y la posterior inundación por desbarajuste de toda la cañería) y, fundamental, algunos de los mejores interludios bailados de toda su filmografía.


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Un deseo para la próxima: que Tsai vuelva a sus escenarios taiwaneses (o malayos) y reduzca drásticamente los europeos.
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sábado, 10 de abril de 2010

Bafici: In the Shadows (Thomas Arslan,Alemania, 2010)


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Aquí todo está puesto en el lugar que le corresponde por ley dentro del sistema.
Pulcra, lustrosa, excesivamente esquemática, proyectar In the Shadows en las escuelas de cine serviría para ilustrar cómo se construye con precisión quirúrgica un relato noir: su argumento base (el tipo con códigos que sale de la cárcel y se propone un golpe), los ambientes mafiosos detrás de cada fachada, los personajes satelites y opositores respecto del protagonista, hieratismo alla Delon, pocas muertes estratégicamente colocadas, y una redada final con tiroteo conclusivo.

El problema es que (siguiendo con la metáfora médica) en la operación se nos va el paciente.
Más allá de su diseño, a la película de Arslan le falta vida, con situaciones y gentes muy chatas, unidimensionales, sin el rico entramado social encontrable, por ejemplo, en los films de su coetáneo Christian Petzold.
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Nada especial, pero en un packaging tan refulgente como el capot de un auto nuevo.
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viernes, 9 de abril de 2010

Bafici: Hadewijch (Bruno Dumont, Francia, 2009)

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Rezando sin parar, absteniéndose de comer, exponiéndose al frío, a la chica Hadewijch/Céline podríamos definirla como "más papista que el Papa". Así la considera (¡incluso!) la propia Madre Superiora del convento cuando decide expulsarla hacia el afuera, diciéndole algo así como que en el mundo real encontrará otras pruebas y caminos hacia Dios.
Pero cualquiera en su lugar (mental) se flagelaría en raciones extra si estuviera obsesionada de tal manera no sólo por el amor espiritual sino por el cuerpo de Cristo.

"Histeria" - dictaminaría frotándose las manos la patria psicoanalítica luego de ver Hadewijch. Y reduciría a poco una película no totalmente lograda pero ambiciosa en su propuesta.
Porque Céline, a diferencia de aquella Adele H contada por Truffaut que caía progresivamente en la locura por un hombre ya inaccesible, se deja flotar por personas y lugares, acaso imaginándose soplada por un Viento Divino que necesariamente la llevará al Objeto de su amor.

En esa dialéctica entre lo visible y lo invisible, en los primeros planos del bello rostro de la actriz Julie Sokolowski (¿qué ve ella que nosotros no?) y en los contraplanos del mundo como escenario de su búsqueda incesante, se posiciona el planteo del film. Que pone en escena los no tan misteriosos puentes que ligan los territorios fundamentalistas de todas las religiones.

La fe podrá mover montañas, pero la pasión erótica sublimada en Dios provoca explosiones en suburbios parisinos.
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lunes, 5 de abril de 2010

¡Engrillado!

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Nuevamente, pido gancho respecto de las obligaciones cotidianas.
Aviso, entonces no soy traidor (bueno, tal vez sí un poco inmaduro): I´m on my way to my own Neverland.
La ristra de entradas de la foto, susceptible de ser pensada como tenia echinococcus marca Cronemberg que se va apoderando de la interioridad del portador hasta convertirlo en otra cosa (¡glup!), es el pasaporte.

El ritual previo al Bafici se mantuvo incólumne: planificación estratégica vacacional, confección de una grilla a partir de la segmentación de films, relevamiento de afinidades con Maré y amigos, dos horas de cola el primer día de venta anticipada (acompasadas por entusiastas charlas casuales y, pleno erev Pesaj, guiño cómplice de Adonai), etc.

De los 400 títulos y pico del catálogo, 60 que me interesaron fueron divididos en "imperdibles" y "posibles".
La metodología de la decantación consistió en un mix de intuición y conocimiento previo espolvoreados por la arbitrariedad de mis gustos personales.
Me quedé finalmente con 21. Es que, sinceramente, a esta altura de mi vida prefiero pasar de ver tres o cuatro películas diarias. Muy placentera la sensación narcótica, pero ya no.












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"¡Justifique sus elecciones!" - diría un estereotipo de profesor secundario frente al resultado de nuestro multiple choice.
Bien, señor profesor, lo intentaré:

1) De Bruno Dumont había visto La Humanidad, una especie de policial que encubría un estudio de personajes pueblerinos delineados con gran originalidad, cuyas relaciones oscilaban entre el deseo y lo cansino. Al protagonista, entre simple e idiota, lo seguí recordando mucho tiempo después. El Bafici me trae la aparentemente más austera Hadewijch (¡basta de usar el adjetivo "bressoniano"!). Todavía me debo Flandres.

2) y 3) Dos de ladrones, ambas producto de un nuevo cine alemán que busca desmarcarse de las sombras terribles (Fassbinder, Herzog, Wenders, Kluge) por las que se lo identifica desde hace décadas. In the Shadows, de Thomas Arslan y The Robber, de Benjamin Heisenberg.
Con la ilusión de que transmitan cierta imagen de la desolación contemporánea mínimamente comparable a las de los films de Christian Petzold (otro teutón del nuevo lote), ¡compro!

4) Visage, de Tsai Ming-liang.
Ésta es inevitable, y no necesariamente por las mejores razones.
Algunas de las películas húmedas, contracturantes y productivamente incómodas de este taiwanés que escande la soledad de sus criaturas con fantasías musicales kitsch, son de lo mejor que ha pasado por las ediciones anteriores del Bafici, pero progresivamente él, como otros orientales que sucumben a la coproducción francesa, van cayendo en un manierismo que, en mi opinión, progresivamente los despersonaliza.
Temo esto con la que toca esta vez (como ocurrió el año pasado con El vuelo del globo rojo, de Hou Hsiao-Hsien).
Pero el festival impone sus propias costumbres, y una vez por año habré de reencontrarme con el universo de este hombre, imposible eludirlo.

5) Otra costumbre, un momento manifiestamente ello (puro juego, primitivismo, impulso destructivo) con un poco de sexo, violencia, gore y nonsense, generalmente provisto por ciertos japoneses (Takeshi Miike, Sono Sion: adorables). Es lo que le pido a Yellow Kid, opera prima de Mariko Tetsuya. ¿Cumplirá?

6) Una lejana proyección en la Sala Lugones e imágenes de procesiones en un relato nada lineal pleno de simbología católica, no recuerdo mucho más. Pero, ¡vamos! ¡La Vía Lactea (1969) de Buñuel en 35 mm y en copia impecable!
¿Hay en todo el festival un ejemplo más preciso de "cine independiente" que éste?

7) La solicitud de empleo, Los creadores de los mundos de compra y, en especial, el libro Crítica de la Mirada que le editó el festival, me descubrieron en el 2003 a Harun Farocki, un documentalista que, desde una mirada reflexiva, disecciona tanto las instituciones sociopolíticas como las imágenes que solemos definir como "realidad". Respite parece trabajar lo rutinario en los campos nazis a partir de una filmación llevada a cabo por uno de sus prisioneros y que, según el catálogo del Bafici, Farocki comenta vía intertítulos.
¿Dialogará este mediometraje con las 9 horas de Shoah de Claude Lanzmann?

8) Jaffa, the Orange’s Clockwork de Eyal Sivan pertenece, como los films de Avi Mograbi, o el Waltz with Bashir de Ari Folman, al ya tradicional (que no oficial) estante baficiano de obras que ponen en cuestión la identidad israelí. Nunca dejan de increparme en relación a esta cuestión tan lindante a mi propia historia, por lo tanto allí estaré.

9) Bueno, ésta viene precedida por muchos comentarios laudatorios, pero independientemente de eso, es de Nobuhiro Suwa, realizador de una de las más sutiles películas sobre el delgado hilo que separa la estabilidad de la inestabilidad en una pareja: M/Other. Otra de él, H/Story, no me había gustado tanto, por demasiado cerebral y planificada, asi que con Yuki & Nina confío en desempatar.

10) No sé por qué me decidí por Go get some Rosemary de Joshua y Benny Safdie. Creo que en cierta manera la relaciono con aquella tan buena The Skid and the Whale de Noah Baumbach, ¿será por su cualidad de indie norteamericana? ¿o por la temática similar del padre separado con los dos hijos?
(¡Ya lo tengo!: la foto en el catálogo - padre e hijos en cancha de squash - rememora una reveladora escena de esa película).

11) Puede ser un bodrio, pero díganme cómo evitar la seducción de escenas del mejor cine negro norteamericano de posguerra puestas en el medio de una trama que aparentemente involucra a Ben Gazzara y a Kirk Douglas (¿hacen de sí mismos?: la información es vidriosa).
Se llama Meurtres à l'Empire State Building, y la dirigió un tal William Karel. Podría investigar un poco más por Internet pero...sabría demasiado.

12) Hong Sang-soo ya me aburrió, tanto en lo formal como en sus tramas, opino que después de Tale of Cinema vive repitiéndose (Like you know it all, que la pasan pero ya vi en dvd, lo ejemplifica).
A Naomi Kawase, por Suzaku, por Embracing y, especialmente, por Shara, se le pueden disculpar unas cuantas Nanayo más.
Y en cuanto al filipino Lav Diaz, sólo puedo declarar que es terra incognita para mí.
En Visitors (Jeonju Digital Project 2009) cada uno de estos tres directores tiene un segmento, e intuyo que puede valer la pena.

13) 36 vues du Pic Saint Loup es el último Jacques Rivette hasta la fecha.
Un poco de fragancia nouvelle vague para condimentar mi menú personal festivalero siempre estimula y sienta bien. Y hay que aprovechar, porque Eric Rohmer ya no entrega.

14) Una versión actual del viejo neorrealismo es lo que sugieren los comentarios sobre esta historia de una mujer que encuentra una niña abandonada en las afueras de Roma.
La Pivellina, de Tizza Covi y Rainer Frimmel: tan lejana al tipo de películas que suelo elegir que me resultó irresistible (¿?)

15) Si no vieron la estrenada Bucarest 12:08, búsquenla ya, no la dejen pasar, porque es un acidísimo film político que se mete como pocos con el concepto romántico del pueblo que forja su destino.
Bueno, de la última de Corneliu Porumboiu, Police, Adjective, dicen que es todavía mejor.

16) Tengo guardada conmigo aquella placentera sensación de Pollitos en Fuga en el Bafici con mi esposa y mis hijos, lo cual me está llevando al igualmente animado por stop motion Mary and Max, de Adam Elliot.
(Y hubiera querido incluir la checa In the Attic, pero no me dan los horarios).

17) Oxhide II, de Liu Jia Yin: un experimento chino de 9 planos con una familia que se pone a cocinar y luego a comer. Suena riesgoso (en lo que a la paciencia de uno se refiere) y, sin embargo, este tipo de experiencias, cuando están bien construídas, te meten en otra dimensión, una que te permite reformular el concepto de cine, apartarlo de la convención estatuída.

18) ¿Una comedia francesa sobre sexo adolescente filmada por un historietista?
Espero de Les Beaux Gosses de Riad Sattouf un mix del sarcasmo de Gerard Lauzier con la sátira de Frank Margerin.

19) y 20) Aquí armé para mis amigos y para mí un doble programa temático en un mismo día, una jornada cinéfilo/culinaria que consistirá en Cooking Story de Peter Kerekes (¡las guerras europeas del siglo XX a través de la comida de campaña!) y en Kings of Pastry de Chris Hegedus y D. A. Pennebaker (¡competencias entre patissières franceses!)

21) Y no habrá mucho vértigo para el final de mi Bafici 2010: Sweetgrass, un documental observacional sobre ovejas marchando, no demasiado diferente de lo que me esperará al otro día, cuando en manada intente abordar el subte "B" hacia mi trabajo.
¿Que por qué entonces vengo a elegir algo así?
Pues es obvio: por eso del distanciamiento brechtiano.
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miércoles, 31 de marzo de 2010

Ante el Bafici

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A las puertas del Bafici hay un Recomendador Profesional.
Un cinéfilo se le pone delante y le pide que le indique las mejores 20 películas para no clavarse al azar entre las más de 400 disponibles. Pero el tipo le contesta que de momento no puede. El hombre reflexiona y pregunta si más tarde podrá.

- Es posible - contesta el Recomendador -, pero ahora no.

El portón del festival está abierto, como de costumbre, y cuando el Recomendador se hace a un lado, el cinéfilo se inclina para atisbar el interior. El Recomendador lo ve, se ríe y le dice:

- Si tantas ganas tienes intenta elegir por ti mismo a pesar de mi reticencia a sugerirte títulos. Pero recuerda que soy poderoso y poseo el conocimiento cierto acerca de CUÁLES son imperdibles y hay que ver sí o sí. Y sólo soy el último de los Recomendadores. Entre sala y sala hay otros tantos, cada uno más riguroso que el anterior. Ya el tercer Recomendador es tan certero que casi enceguece.

El cinéfilo no había imaginado tales dificultades; pero el imponente aspecto del Recomendador y su halo de autoridad lo convencen de que es mejor que espere. El Recomendador le da un banquito y le permite sentarse a un lado. Allí espera días y días mientras le suplica e intenta persuadirlo un sinfín de veces.
Con frecuencia, el Recomendador mantiene con él breves conversaciones, le hace preguntas sobre Campanella, sobre Bela Tarr y sobre muchas otras cosas; pero son preguntas indiferentes, típicas de aquellos que sienten que están por encima de todos, y al final siempre le dice que no, que todavía no puede recomendarle las 20 imprescindibles.

El cinéfilo, en plan B desesperado, ofrece al Recomendador nachos, pochoclos, e incluso una copia en dvd de "Salida de los obreros de la fábrica" de los hermanos Lumiere (menos conocidos que los Coen o los Wachowski); todo para sobornar al Recomendador.
Éste acepta los obsequios, pero le dice:

- Lo acepto para que no pienses que has omitido algún esfuerzo.

Durante las interminables jornadas previas al Bafici, el cinéfilo observa casi continuamente al Recomendador: se olvida de los otros y le parece que éste es el único que podría darle acceso a Las Mejores Películas.
Maldice su mala suerte, al principio en voz alta; días más tarde, a medida que se resigna a tener que elegir él mismo y correr el riesgo de equivocarse, entre murmullos. Se vuelve como un niño, y como en su larga contemplación del Recomendador ha llegado a conocerle hasta las pulgas de su cuello de piel, ruega a las pulgas que lo ayuden y lo convenzan.

Finalmente, debilitada su vista, en medio de la oscuridad distingue un resplandor que brota de la puerta de acceso al festival.
Ya le queda poco tiempo para comprar las entradas anticipadas. Antes de bajar los brazos y elegir al tun tun un ramillete de ignotos films que incluyan realismo rumano, disfuncionalidad familiar indie o contemplación japonesa en un solo plano fijo de 2 horas, hace señas al Recomendador para que se acerque.

- ¿Qué quieres ahora? - pregunta el Recomendador -. Eres insaciable.

- Todos se esfuerzan por ver la mayor cantidad de películas en el limitado tiempo que dura el Bafici y el poco que tienen en sus vidas - dice el cinéfilo -; ¿cómo garantizar que elegiremos las mejores posibles?

El Recomendador, para estar seguro de que el cinéfilo va a escuchar sus palabras, acerca la boca a su oído y le dice casi en un susurro:

- No hay manera. Lo único cierto es que, mientras perdías el tiempo conmigo, las entradas que te estaban destinadas se acaban de agotar.
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(Intervención del relato Ante la Ley de Franz Kafka )

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