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Como en los mejores films de género, hay aquí un villano extraordinario: el conductor del programa “Who wants to be a millionaire”, un verdadero placer odiarlo.
Lo único imperdonable en esta película es no haber logrado hacernos sentir, por empatía con su protagonista, la pasión hacia su objeto de deseo. Es decir, el concepto se entiende, el pibe todo lo hace por amor, pero ninguna imagen nos lo transmite visceralmente.
Tal vez estoy pidiendo otra película, pero lo cierto es que a Danny Boyle parece resultarle fácil impactar con planos “fuertes” (cfr “Trainspotting”); más que embriagarnos progresiva y sutilmente con una canción.
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