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viernes, 28 de enero de 2011

Más filtraciones cinéfilas de Wikileaks

Por: Rody



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Han sido pocos los directores que contaron con el control total de sus películas y aún en los casos emblemáticos, como en Citizen Kane, las consecuencias de tal libertad fueron nefastas para sus posteriores realizaciones.
Así, entonces, los casos de mutilaciones, agregados espurios y hasta la modificación lisa y llana del contenido originalmente propuesto por su director, son moneda corriente en el mundo mainstream, gobernado por la necesidad de recaudar por encima de los criterios estéticos de hel Arte.
Los casos son numerosísimos y, lamentablemente, los guiones originales de la mayoría de ellos parecen estar perdidos. Sin embargo, con Wikileaks se ha tenido acceso a una fuente inesperada de información: los afiches de propaganda de algunos de estos baluartes del Séptimo Arte.
He aquí algunas de estas filtraciones:
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Una china se muda a París, pero cuando ya es demasiado tarde descubre que la comida francesa le cae mal. No se pierda:
Irma Berp
dirigida por Olivier Assayas
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Siga paso a paso las intimidades de un grupo de mujeres que hacen un casting para un reality show en el cual deberán estar 30 días encerradas en un avión. Participe de sus miedos y sus ambiciones. Sin embargo, al final, el reality no se hace. Vea:
Todas las azafatas van al pedo
de Daniel Burman
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Un hombre observa con angustia que día a día el número de pelos depositados en su almohada aumenta. Conozca los secretos de los tratamientos para prevenir la caída del cabello a los que sólo pueden acceder unos pocos. Véala antes de que sea demasiado tarde:
No quiero ser John Malkovich
dirigida por Spike Jonze
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No se pierda a Cris Morena reuniéndose con sus ex-compañeras de secundario para revivir su viaje de egresados a Bariloche. Gran re-estreno gran de:
La Patagonia rebelde way
de Héctor Olivera
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La artrosis ya no le permite mover las caderas, pero él lucha contra el destino porque el show debe continuar. Un verdadero canto a la vida.
El ocaso de Chayanne
de John Ford
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Luego de una particularmente intensa sesión de photoshop, Susana Giménez queda obnubilada por su propia imagen y, creyendo volver a tener 20 años, insiste en hacer la propaganda de jabón "Cadum". Luego de permanecer 24 horas ininterrumpidas bajo la ducha, la diva es internada en una tenebrosa casa de salud mental.
Inquietante, estremecedora:
Shock Corridor
de Samuel Füller
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Él la proveyó de soda durante 5 años sin faltar ni un solo martes ni un solo viernes (no se si me interpretan lo que les quiero significar), pero ahora su marido presidiario está por ser dejado en libertad. Escenas de extrema crudeza filmadas enteramente en la puerta del presidio de Olmos.
Wim Wenders en su primer film XXX:
El temor del sodero frente al penal
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Invitamos a los lectores de este blog a revisar entre sus viejos papeles, a desempolvar esos programas de cine ya en desuso, para que más de estas joyas que creíamos perdidas para siempre puedan volver a sernos accesibles.
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miércoles, 15 de diciembre de 2010

El Cementerio de Praga: 1- Eco de Dumas

Por: Rody


Los azares que me hacen recorrer mi biblioteca me llevaron a principio de este año a rescatar del olvido a los 7 libros en los que devino el folletín de Alejando Dumas “José Bálsamo (Memorias de un Médico)”, folletín que junta (y a veces amontona) la liturgia masónica con la teoría del Magnetismo Animal de Cagliostro, la vida en la corte de Luis XVI, María Antonieta y la Revolución Francesa, con varios ingredientes más, enhebrados todos ellos, en una historia de amor imposible entre un plebeyo y una desdeñosa noble, y decorado por un desfile de personajes históricos como Rousseau, Marat o Roberspierre junto a todos los nobles de renombre de la época.

Quiso también el azar que justo este diciembre, antes de finalizar el año, se publique en Argentina la última obra de Umberto Eco “El Cementerio de Praga” en la que se combina ideas ya desarrolladas previamente en sus dos novelas anteriores.
Esta vez, en lugar de reciclar los elementos del pulp como en “La misteriosa llama de la Reina Loana”, toma justamente los elementos del folletín de Dumas para relatar la historia de un falsificador, pero no de reliquias sagradas como en “Baudolino” sino de los “Protocolos de los sabios de Sión” y otras desmesuras y documentos que sirvieran para “demostrar” las terribles maquinaciones que judíos, jesuitas o masones (y a veces todos ellos juntos) tramaban contra las distintas potencias europeas del siglo XIX, según fuera la necesidad del servicio secreto interesado en adquirir la falsa evidencia.

La novela, contada en retrospectiva desde una fecha cercana al 1900, va recorriendo la historia del recrudecimiento de los nacionalismos europeos a lo largo de la segunda mitad del siglo XIX. Está escrita en forma de diario por el capitán Simonini con acotaciones de el abate Dalla Piccola (su alter ego: nuestro protagonista es diagnosticado como esquizofrénico por el mismísimo Froïde) y de un Narrador que usa Eco para agilizar el relato.

Y nos hace pasear tanto por la Italia de Victor Manuel como por la campaña de Garibaldi en el sur italiano (más Dumas como personaje secundario), para luego llevarnos al Paris del 2do Imperio a presenciar la declinación, la caída de Napoleón III y el surgimiento de la 3ra República.
Lejos de las aventuras de capa y espada tan habituales en los citados folletines, el libro rápidamente toma el tono de un informe casi académico sobre el estudio de los antecedentes, le deformación y la lisa y llana invención de los documentos que “certifican” las grandes teorías conspirativas de la época.

CONTINUARÁ...
No se pierda la apasionante continuación de este post en:
“El Cementerio de Praga 2- Los protocolos de lo Políticamente-Correcto”


Nota
El libro fue publicado en Argentina por Sudamericana bajo el sello LUMEN/Futura hace unos pocos días en Diciembre de 2010. Se consigue en todas las librerías al módico precio de $85 (10% de descuento en Librerías Hernández comprando con tarjeta de débito del Banco Francés) por lo que, comparando con los 23 € con que vende en España, podemos concluir que los Kirchner han cumplido parcialmente el sueño del Simio Libanés: si bien no hemos entrado de lleno al Primer Mundo, por lo menos pagamos casi los mismos precios. ¿No es chic?
Eso si, el papel y la tapa tal vez no sean muy del primer mundo. No he visto la edición española de "El Cementerio de Praga" pero, comparada con la edición de "Baudolino", ésta es cualitativamente inferior.
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viernes, 12 de noviembre de 2010

Volviendo a El Origen

Por: Rody





¿Es El Origen de Christopher Nolan una obra de Arte con A mayúscula?
No.
¿Es una película con una historia para contar, consigue hacerlo en forma correcta y entretenida, haciéndonos querer saber como va a terminar?
Si.
¿Es necesario pedirle algo más?
La respuesta la da cada espectador, según su gusto, aún cuando el film sí nos dé algo más.

La primera discrepancia que tengo con todas las críticas que he leído, reside en cual es el tema principal de la película, que no es ni El Sueño, ni mucho menos Lo Onírico.
A mi me gusta más pensarla como una exploración de lo laberíntico y creo que a Nolan también. A la peli me remito y, fíjense que cuando Di Caprio-Cobb debe contratar a una nueva arquitecta del sueño, Ariadne, no le audita los sueños, sino que le pide que le haga en dos minutos un laberinto que él tarde un mínimo de un minuto en resolver.
En una película llena de efectos especiales que van desde la suspensión de la gravedad hasta el plegado del espacio, la imagen se simplifica en una Ariadne dibujando en un papel un laberinto plano, primero con rectas al estilo de los que aparecían en la Anteojito (aquí es donde perdí a los lectores jóvenes) que, por supuesto, no le sirven para obtener el trabajo, para luego pasar a uno curvo mucho más efectivo, de círculos concéntricos que se enroscan sobre si mismos.



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Siguiendo con lo laberíntico, notemos que el supuesto objetivo final, la caja fuerte a abrir en el tercer nivel de realidad (o de sueño, si así quieren llamarlo), tiene un asombroso parecido con la pared de una caja china.
Este objetivo final es ficticio, por supuesto.
Porque el tema central gira sobre el sentido último de la realidad, parásito más resistente que una bacteria o un virus: la idea.
No cualquier idea, sin embargo, sino la que infecta la mente de Mal
¿Lo que percibo es real o me lo estoy inventando?

En eso si se emparenta con Matrix, sólo que donde los Wachowski recitan filosofía de texto, Nolan presenta acción pura.

El Sueño es un mero fondo, un teatro donde disponer la acción y no se trata del sueño ordinario, individual, sino de algo nuevo, diseñado y programado. ¿Cómo? Sólo se nos dan unos pocos elementos para saberlo. Se trata de algo desarrollado por el ejército para entrenar a sus soldados en el dolor, la gente se conecta con cables, los comparte, se usa una máquina transportable en una valija en donde algunos botones cilíndricos son presionados.

De nuevo las analogías y las diferencias con Matrix, en lugar de las sesiones de entrenamiento en donde escenarios y habilidades se cargan desde un disquette, apenas si damos un paseo por un París que se dobla sobre sí mismo. ¿Cómo diseña Ariadne sus laberintos? ¿Cómo les da textura?
Yo opto por imaginar que la máquina de la valija es programable y que esos programas son introducidos en las mentes de los durmientes, ustedes pueden imaginar cualquier otra cosa.

Lo que está claro es que estos sueños programados nada tienen que ver con desmesuras oníricas lyncheanas o de Dalí, jamás fue esa la intención de Nolan y su función en la historia es meramente decorativa, de soporte. Nos dan unas reglas arbitrarias pero fijas (como por ejemplo la de las correlaciones temporales sucesivamente crecientes entre capas cada vez más profundas de sueño) sobre las que se construyen los laberintos.
Una vez construido este universo propio, con una lógica interna sin fisuras, si usted espectador decide dar el “salto de fé” (y yo lo hice sin dudarlo) olvídese del sueño. La cosa va por otro lado.

Hay como mínimo dos niveles de lectura.

Por un lado tenemos la película pochoclera, con efectos especiales, persecuciones en auto, tiros, explosiones, fortalezas que conquistar y una caja-fuerte-voluntad-del-heredero que violentar. Sin embargo noten que a diferencia de las pelis pochocleras, no hay buenos y malos (y si no me creen díganme entonces qué es Saito ¿un codicioso empresario que quiere destruir a la competencia o alguien que quiere poner un límite a una multinacional que amenaza con monopolizar la energía? La clásica paradoja Néstor-Magnetto).
O, la idea inceptada (a falta de un mejor verbo) ¿va a destruir un imperio o a reconciliar a un pobre niño rico con su difunto padre?
La acción está allí para vender entradas, como no, pero también para solidificar con imágenes y no discursivamente, el transcurrir del tiempo entre los distintos niveles de realidad; mientras en el nivel más superficial todo es frenético, corren los autos, llueven las balas, en el más profundo la gente vive una vida, construye un mundo propio y envejece hasta la decrepitud.

En otro nivel de lectura, estamos en un universo dickeano (de Philip K. Dick) paranoico, en donde es necesario llevar un totem, una pieza de forma, textura y peso inusual y solamente conocida por su dueño, que ningún otro debe tan siquiera tocar so pena de convertir la realidad y el sueño en indistinguibles.
Pero como en todo universo dickeano, la duda es intrínseca, estructural. El trompo-totem de Cobb, el supuesto soñador en cuyo sueño están todos inmersos, no es de Cobb sino de su esposa Mal, supuestamente muerta. Pero entonces, ¿dentro de que sueño estamos?
Al final, cuando Cobb vuelve a casa y después de tantas nucas repetidas consigue ver la cara de los hijos que, en la supuesta realidad, se hallan exactamente en el lugar y con la actitud que se repite en todos sus sueños, todo parece arreglarse y la película pochoclera tiene su final feliz. Es justo en ese momento cuando Cobb hace girar el trompo.




En ese universo tan poco onírico y de reglas tan precisas y establecidas, si el trompo deja de girar y cae, estamos despiertos, pero si gira ad infinitum estamos dentro de otra de las capas de la cebolla dibujadas en el papel por Ariadne, dentro del sueño de alguien, alguien que incluso puede ser la quizá no tan muerta Mal.
Y en el instante en que el giro del trompo se hace trastabillante, justo cuando puede caer y detenerse o enderezarse y seguir con su giro infinito, justo en ese momento la película termina.


No es una película extraordinaria, aunque sí entretenida. Si se la critica, que no sea porque los sueños son otros que los que soñamos ni porque nos dé todo masticado.
Lo que me parece interesante, al igual que en la primer Matrix, es cómo en un producto con todos los elementos del mainstream, cuelan con habilidad ideas y temáticas personales completamente por fuera de la estrechísima agenda del showbiz.
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lunes, 12 de abril de 2010

Bafici: Yellow Kid (Mariko Tetsuya, Japón, 2009)

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Por: Rody

Y bue..., veamos una del BAFICI
(a.k.a. La abundancia nos hace conservadores)






















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Éramos tres recorriendo la boliferia.
Por un lado, un traficante de folklore balcánico semi-exiliado en Europa con manos rebosantes de DVDs truchos recién comprados (restringido, el pobre, a una cierta legalidad europea con nuevo analfabetismo informático: ¿torrent? ¿rapidshare? ¿lo qué?), y por otro, un arquitecto desempleado y yo, un poco más recatados a la hora de las compras.
Los tres señalándonos mutuamente imperdibles joyas que “no podés dejar de ver”, los tres desoyendo recomendaciones y comprando sólo aquello que estaba previamente en nuestras enfermas mentes de coleccionista.
Amigos al fin, nos sentimos obligados a explicar por qué desoíamos nuestros mutuos consejos.
“Es que tengo una pila así de grande - decía uno, separando la mano de la mesa de ofertas del puestito de DVDs – de películas que tengo que ver sí o sí.
“Y una pila así – alejando aún más la mano de la mesa – de películas que me gustaría ver o volver a ver.”
“Y no me da el brazo para las que ya están apiladas y sé que nunca podré ver, por lo menos no en esta vida.”
Es que la abundancia nos hace conservadores a la hora de probar cosas nuevas.

Con ese espíritu encaré el BAFICI 2010.

Pero siempre hay un motivo para ir al BAFICI. Compartir una salida con mi amigo Pablot, el más importante; respirar el espíritu del festival, encontrarme con amigos y conocidos que tal vez sólo pueda ver allí, sentirme partícipe de un evento cultural que se ha convertido en un clásico y así por el estilo. Pero ninguna de esas razones es ver cine que, en mi caso, pasa a ser un hecho secundario.

Y entonces vamos y vemos Yellow Kid, una precaria película que juraría fue hecha por un estudiante de alguna escuela de cine japonesa para recibirse y que consigue, con las pocas herramientas con las que cuenta - espero que el pésimo sonido haya sido más un problema de los expositores argentinos que del sonidista japonés - transmitirnos una cierta angustia existencial de post-adolescente nipón y suburbano.

Al otro día, de vuelta en casa, me di una panzada volviendo a ver dos películas que hacía más de 20 años no veía: Easy Rider y Out of the Past, y mientras me bajaba de AvaxHome la música de Steppenwolf - por favor, no dejen de escuchar el tema "The Pusher", con especial atención a la letra, que es parte de la banda sonora de la de Dennis Hooper -, me dije: tengo ganas de repetir la experiencia del BAFICI, la de sentarme a tomar un café en el puestito de Havanna del Hoyts con Pablot (y Mogui y Gabi), charlar amigablemente sobre lo visto y ver pasar a la gente.
Ahora, en cuanto a ver cine, para novedad: lo clásico.

Lo escuchaba a Sergio Wolf, el ¿curador? del festival, hablando en la tele y diciendo que el BAFICI debe mostrar, mayoritariamente, hacia dónde va el cine.
Realmente no sé hacia donde esté yendo, pero si en esa dirección Jacques Tourneur va quedando más y más lejos, creo que me va a costar mucho poder seguirlo.
Si, ya sé, me estoy poniendo viejo.
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sábado, 4 de abril de 2009

Bafici: Yakuza Eiga, Une Histoire Secrète du Cinéma Japonais (Yves Montmayeur, Francia, 2008)

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Por: Rody

A diferencia de otros años en los que esta actividad comenzaba a convertirse en ritual, cuando nos sentábamos con Pablot a revisar la programación de turno, para tratar de extractar 15 o 20 de entre una grilla de algunos cientos de películas que sólo podríamos ver en esa ruptura del espacio-tiempo que era el BAFICI, este año me desentendí del evento.
¿Por qué? Tal vez por el fenómeno del peer to peer que transforma al cúmulo de films que sólo podrás ver el martes en el Hoyts 87 a la 1:30 de la madrugada, en un archivo más que dejé bajando. Tal vez sea el precio de las entradas, que del valor simbólico de otros años, pasó a ser casi el de una entrada de día miércoles. Tal vez sea que el componente fóbico de mi personalidad crece a pasos agigantados. No lo sé.

Lo cierto es que este sábado, en honor a los viejos tiempos, elegí una peli del listado de Pablot y nos encontramos para ver Yakuza Eiga, un documental francés, traducido al inglés sobre el género más aceptado por occidente del cine japonés, el de los yakuzas.
Algunos de nuestros directores favoritos (Miike, Kitano) contándonos un poco sobre aquello que los deleitaba en su juventud, un yakuza real que, al salir de la cárcel, pide disculpas en público por haber sido un chico malo para empezar su carrera como yakuza ficticio del cine, y prácticamente nada más.
Un documental correcto y sin vuelo que, si lo hubieran dado por Films & Arts hubiese sucumbido al zaping en no más de diez minutos.
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De los besos, la cerveza y los culos al aire que nos muestra el inspirado artículo de Clarín de acá arriba no tuve ni noticias, pero claro, yo fui a las 2 de la tarde.
Por favor Maré, preguntale a Pablot si tuvo más suerte.


Puntaje:
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martes, 17 de febrero de 2009

Películas Enterradas

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por Rody



Son of Rambow (El hijo de Rambow, Garth Jennings)

Película inglesa de 2007 estrenada directamente en DVD el mes pasado en Argentina destinada a pasar desapercibida.

Parafraseando al Barthes de Pablot se trata de una película de placer, que no de goce, en la línea de School of Rock pero sin adultos que se hayan negado a crecer, o de Stand by me con la espontaneidad y la fuerza con que nace y crece una amistad en la infancia.
Ambientada en los 80s, más precisamente en la época del estreno de First Blood, la primera de Rambo, se trata de juntar al chico malo de The Breakfast Club, pero a sus 9 o 10 años, con el chico amish de Testigo en Peligro (Witness) y ponerlos juntos a filmar con una camarita VHS su propia versión de Rambo.
Es liviana, fresca, divertida de una forma naif, por lo que al pasar por temas tan trillados como el abuso de poder de un religioso sobre una viuda y su familia, o por el abandono de unos padres ricos y ausentes, temas tan peligrosamente cercanos a la obviedad y al bodrio, se los aborda desde la mirada virgen de los niños, sin predicar y lo más rápido posible para seguir jugando.
Extraordinarios los dibujitos animados que Will (el chico amish) hace en las esquinas de sus cuadernos del cole y el cuaderno con el syoryboard de la película.
No sé, alguien podrá decir que el final es un tanto dulzón, pero estoy seguro de que Manu va a llorar.
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miércoles, 4 de febrero de 2009

Life on Mars (III)


por Rody



(Parte 3 de 3)
Capítulo a capítulo

En el post anterior nos planteábamos la construcción de un universo solipsista a partir de recuerdos y vivencias extraídos del mundo real por el protagonista de la serie.

Capítulo a capítulo vamos buceando en la psique del D.I. Tyler. Empezando por la superficie, en el primero de ellos, la tarea policial consiste en descubrir y atrapar a un asesino de mujeres, asesino que resulta ser vecino de un pequeño niño pelirrojo que en el 2006 se convertiría en el serial killer (o copycat, atendiendo al subgénero) que raptará a Maya, la novia de Sam. Luego visitaremos a su madre joven, con un Sam de 4 años y con problemas de dinero que se siente un poco indignada ante la oferta de ayuda económica de este policía desconocido (es que con la vieja no se jode). Luego hay un breve cruce con si mismo a los 4 años yendo a la cancha a ver el clásico de la ciudad, el United vs el City, en un capítulo dedicado al nacimiento del fenómeno hoolligans.

Posteriormente nos vamos sumergiendo en lo más profundo, en capítulos sutilmente escabrosos. Primero cuando aparece una tía muy querida que trabaja de algo así como vendedora de Avon en un caso en el que una de estas vendedoras aparece muerta y se descubre que, junto a otras chicas del staff, hacen unas libras extras trabajando de “camareras” en fiestas swingers a lo Eyes Wide Shut de Kubrick. Después cuando conoce (y se enamora) a su futura suegra que está a punto de abortar a Maya, hija del paquistaní que introdujo la heroína en el Reino Unido.

Al final …, pero del final mejor no hablar mucho, so pena de arruinar la visión de la serie. Digamos sólo que se trata de una visión realmente nihilista de nuestra época (y eso que no había empezado la crisis inmobiliaria en los EE.UU. y Cristina no había ganado las elecciones) que resignifica lo hasta allí observado.
En el medio, la ambigüedad. Llamadas telefónicas que supuestamente lo conectan con la sala de emergencias en la que está en coma, sueños que se mezclan con visiones y recuerdos reprimidos, mensajes en la radio que sólo él escucha, charlas cuestionando la realidad de su existencia con la mujer policía Annie Cartwright, la única persona a la que le ha contado lo que le pasa.

Y la tele. Una tele casi siempre prendida en el destartalado departamento de Sam. La pesadilla de cualquier teleadicto que, acostumbrado a los quichicientos canales del cable, se ve confinado a 4 o 5 canales de morondanga, en blanco y negro, que dejan de emitir a la noche para poner la señal de ajuste, señal de la que se escapa, para materializarse en la habitación de Sam, una siniestra niña con su payaso de felpa para acosarlo y hostigarlo al más puro estilo David Lynch. Me refiero al David Lynch de Blue Velvet, ese que tenía historias para contar y una forma extraña (odd que no bizarre) de hacerlo y no al señor medio gagá y pasado de anfetas que balbucea sin sentido en engendros como Inland Empire.

Pero entonces, ¿Sam Tayler está loco, en coma o realmente ha viajado en el tiempo?
Si quieren saberlo son 2 temporadas de 8 capítulos c/u de entre 55 y 60’ de duración y pueden encontrarse, por ejemplo en:
http://www.mejorenvo.com/

Hay una secuela, también con nombre de tema de Bowie: Ashes to ashes que no vi y una remake yanqui con Harvey Keittel en el papel de Gene Hunt de la que vi medio capítulo y abandoné indignado.

Life on Mars (II)


por Rody



(Parte 2 de 3)
Solipsismos reales

Nos habíamos quedado en la pregunta: ¿de qué trata Life on Mars?. Si la googlean podrán leer varias opiniones:
· que se trata del choque de caracteres entre dos policías antagónicos, el Sam que se ciñe a las reglas (by-the-book) versus el jefe setentista que reparte un par de castañazos para obtener confesiones; borracho, misógino, racista, un pelín corrupto, pero, en el fondo, un tierno. Créanme, aún con esa descripción de Gene Hunt auto-titulado Gene the Genie (tal vez en alusión a otro tema de Bowie: The Jean Genie) el personaje se hace querible. Es el resabio de la idea original orientada hacia la comedia.
· Que es la confrontación de la cultura de los 70s con la actual, en particular de los métodos policiales científicos aplicados en un cuerpo de policía pre-tecnológico y de la hipocresía de lo políticamente correcto expuesta ante una jauría de energúmenos con placa policial.
· Que es una reescritura en clave policial del mago de Oz. ¡Así como suena! Se menciona explícitamente el camino amarillo que llevará a Sam a casa, mientras que Gene no pierde oportunidad en llamarlo Dorothy cada vez que él incurre en un comportamiento gay y, por sobre todo, el rol pivote entre 1973 y 2006 que cumple el Dr./Inspector Frank Morgan en esta serie del mismo modo que lo hacía el profesor Marvel en el clásico de la MGM.

Pero lo que realmente me sedujo fue la novedosa forma de tratar un tema que a mí siempre me resultó atractivo, el del solipsismo. Es que hace un tiempo inicié un ensayo, nunca terminado, para soslayar el problema fundacional del solipsismo: “Si yo me estoy imaginando el mundo, ¿cómo es que no soy millonario? ¿por qué no están todas las minas enamoradas de mí? (OK, todas no, pongámosle que las que me gustan nada más. Bueno, está bien, alguna de las que me gustan) ¿Por qué me permito envejecer? ¿en qué estaba pensando cuando se me ocurrió imaginar a Guido Süller?”.
En ese pretérito ensayo postulaba a la realidad como una intersección de solipsismos. Un universo habitado por muchos pensadores que materializaban sus deseos interfiriendo entre sí de forma tal, que, de la interacción de lo que cada uno quiere, se obtiene una realidad que nadie tolera y cuya inercia hace prácticamente inmodificable (había un capítulo en el que se hablaba de los márgenes de esta realidad: la ciencia, el arte, donde el número de pensadores dedicados se reduce, haciendo que su manipulación tenga efectos rápidamente observables). En Life on Mars hay una realidad objetiva externa inicial, de la que se obtiene el material en bruto y las reglas del juego para construir el universo solipsista de un Sam Tyler en estado de coma o loco.

Como muestra se puede mencionar la escena del primer capítulo en la que nuestro viajero del tiempo entra por primera vez a lo que será en el resto de la serie “el pub oficial de reunión de la brigada policial”. Al ser atendido por el barman, un jamaiquino rastafari, lo primero que Sam le dice es: “¿De que rincón de mi mente te habré sacado?”.

(Continuará)

martes, 3 de febrero de 2009

Life on Mars (I)


por Rody


(Parte 1 de 3)
Series de TV vs Cine

“Es difícil de reconocer para los sectores más ortodoxos del público, pero las series de la televisión están a la cabeza de la creación audiovisual desde hace ya unos años. El cine no consigue adaptarse al ritmo secuencial que exige el espectador medio, acostumbrado a un bombardeo ininterrumpido de imágenes y estímulos. Las cosas van demasiado de prisa para que entreguemos nuestro preciado tiempo libre, cada día más escaso, a una narración tradicional, autoconclusiva con personajes de arco evolutivo cerrado. Necesitamos grandes emociones, porque nuestro umbral de percepción cada día es más alto. Por eso triunfan las series de televisión: porque no se encuentran atadas, en principio, a cerrar sus tramas. Siempre puede haber una temporada más que te permita resolver los conflictos que generaste en la anterior …”


Esto decía Alex de la Iglesia (que mayoritariamente se dedica a hacer cine) al prologar el cuarto libro de una saga, que quizá alguna vez reseñe, supongo que en referencia a grandes tanques como Lost, The Sopranos, 24 o Six feet under. Pero yo, aquí, quiero referirme a una hermanita menor de estas señoras series, una cuyo título está sacado de un viejo tema del multifacético David Bowie (hagan un clic y vean su look para la ocasión): Life on Mars.

Una serie que inicialmente iba a ser un medio para que sus autores, Matthew Graham, Tony Jordan y Ashley Pharoah se burlaran de los 70s y de series como Starsky & Hutch, pero que al ir boyando de productora en productora y, luego de ser rechazada por todas ellas, terminó recalando en la, por lo menos para mí, ignota sucursal de Gales de la BBC. En el trayecto, fue metamorfoseando el objetivo burlesco, aunque conservando algunos pasos de comedia más bien sutiles, para transformarlo en una búsqueda metafísica, con perdón de la mala palabra.

Para quien como yo, apriete el botón de play y comience a ver la serie sin ninguna referencia previa (por obra y gracia de la banda ancha con tarifa plana) el comienzo no puede ser más desafortunado: Un policía de Manchester, atildado y bien trajeado, captura a un asesino cereal de mujeres, en compañía de su infaltable compañera con la que conforma uno de los tan trillados boby-body, una anglo-paquistaní que, para más datos, es también su novia. Por un tecnicismo legal, el asesino queda libre y termina raptando a la compañera/novia. Todos los elementos del bodrio están allí.

La tentación de apretar stop y cambiar el dvd por cualquier otro de la larga pila de downloads que están macerando en la repisa del living se hace casi irrefrenable.

Pero entonces comienza a sonar el tema de Bowie en el ipod de Sam Tyler, nuestro policía en cuestión, la traducción de la letra aparece en los subtítulos, su lectura paraliza mi pulgar y el clima cambia, se hace extraño (que no bizarro, ya que bizarros eran los caballeros montados de punta en blanco en sus corceles).
Sam va manejando por una autopista, desesperado, desenfrenado; evita un choque por milímetros por lo que decide doblar en una salida y estacionar el auto en la colectora hasta calmarse. Se baja, golpea la puerta con las dos manos en un gesto de impotencia y, cuando parece que el brote amengua, un auto cualquiera sale de la nada a gran velocidad y lo atropella. La cámara se congela en la imagen del cuerpo de Sam tirado en el asfalto y empieza la verdadera serie de la que les quiero hablar.
Life on Mars? sigue sonando, pero ya no en el ipod del Jeep Grand Cherokee que estábamos viendo recién, sino en un reproductor de magazines de un Rover P6, el impecable traje se ha metamorfoseó en un saco de cuero y unos pantalones pata de elefante, en tanto que el año ya no es el 2006 sino 1973. Sam sigue siendo un policía, pero recién trasladado desde Hyde (en el capítulo final se explicará el origen de este nombre) a la ciudad de Manchester.

De allí en más todo se trata de responder a la pregunta que se hace Tyler y que se repite en la presentación de cada capítulo:

"I had an accident and I woke up in 1973. Am I mad, in a coma, or back in time? Whatever's happened, it's like I've landed on a different planet. Now, maybe if I can work out the reason, I can get home"

Pero, ¿de que va la serie? De eso hablaremos en el próximo post.

(continuará)