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viernes, 20 de agosto de 2010

La culpa de todo siempre es del sexo fuera del matrimonio

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Pensé que ciertos objetos no se fabricaban más, que a lo sumo circulaban remanentes utilizados por el catolicismo medieval para aterrorizar fieles.

Chloe de Atom Egoyan, planteando las nefastas consecuencias que puede tener para una familia que uno de sus miembros se salga del bendecido marco tradicional y tenga una fantasía erótica (¡no digamos que la realice!), adscribe a la ideología que considera que si te masturbás te crecen pelos en la palma de la mano y perdés la memoria.

Sucintamente: Julianne Moore, que siempre da señora fina bien casada, comienza a sospechar que su esposo le es infiel (las clases bajas cogen, se traicionan, se meten los cuernos, las altas cometen infidelidad), por lo que contrata a una joven prostituta para que lo seduzca y después le cuente (¿?)

Pero el problema de este thriller voyeurista ni siquiera es esa pacatería conservadora importada de los años ochenta, que solía escenificar la amenaza de un afuera sexuado a las familias modélicas de ingresos altos, casas espectaculares y felicidad constatada en fotografías, sino su obviedad.
Cuando Catherine, ginecóloga ella, en la segunda escena “calma” a una paciente explicándole que el orgasmo que nunca tuvo sólo es, al fin y al cabo, una contracción muscular, el primer plano sobre su rostro señala inequívocamente que esta película debe leerse a partir de su mambo con esto.
¿Y qué decir del hecho de presentarnos a su académico esposo impartiendo una clase sobre el Don Juan de Mozart? Si en lugar de sospechado de infiel lo hubiera sido de drogadicto, ¿lo habríamos conocido enseñando Yonqui de Williams Burroughs?

Aunque haya aquí un juego de apariencia/realidad que recuerde vagamente a la lograda atmósfera sensual y distante de Éxótica (1994), la literalidad, los falsos flashbacks para sorprender al espectador y los clichés formales de representación (¿hasta cuando el plano general de los cónyuges separados por un vidrio para connotar desconfianza?), la apelmazan, provocan el bostezo.

¡Al menos en Atracción Fatal (Adrian Lyne, 1987), cuando Glenn Close se desquiciaba, la psicología saltaba por los aires y brotaban escenas que parodiaban involuntariamente la supuesta seriedad de todo el asunto! (Como aquella en que la familia descubría que habían hervido el conejo mascota de su hijita).

No sucede en Chloe: un film valiente, sin concesiones, que desnuda la hipocresía de la familia burguesa (ajum...zzzzz)