Cuando tenemos un problema que no podemos resolver en forma sencilla, nos angustiamos, explotamos de impotencia o, pragmaticamente, lo pateamos para adelante y seguimos participando...
A esta altura del partido, con 3/4 partes de la 5ta temporada en el aire, no queda otra que rendirse ante la evidencia, ¡que astutos son los guionistas de Lost!: cada año logran reformular todo lo visto anteriormente introduciendo una nueva "cláusula" argumental que pone en una perspectiva distinta todo el conocimiento que manejábamos de esa adictiva enciclopedia de datos inútiles.
En fuga permanente hacia adelante, sin posibilidad real de cerrar la totalidad de las puertas que fueron dejando abiertas, lo más interesante termina resultando asistir al ingenio de los guionistas para continuar dándole vueltas al asunto, a la verdadera ecuación a resolver: cómo seguir estirando.
No voy a reseñar aquí la serie ni puntearla con exhaustividad, para eso cuentan ustedes con infinitos lugares en la web (desde muy cholulos a muy esclarecidos), y hasta pueden comprar libros llenos de pistas (contradictorias, por supuesto) destinadas a los watsons de este siglo.
En particular, me interesa ahondar en las claves metodológicas que utilizan productores y guionistas para conseguir semejante rango de alcance, a resumirse en una muy evidente: se apropian de todo.
.
Multiétnica, multitarget y multigenérica, Lost estructura cada capítulo focalizando en uno de los personajes, al que "explica" por medio de flashbacks de pasado pre-isla, dotándolo de su correspondiente rosebud. Corrijo: "explicaba", porque el recurso, al igual que la adición de nuevos caracteres, se fue agotando hacia fines de la 3era temporada, obligando a nuevas tretas del guión, que resultaron...flashforwards post-isla sobre Kate, Jack, Hugo y algunos otros.
¿Y qué está pasando desde fines de la 4ta, cuando los saltos para atrás y para adelante se han ido burocratizando?
Pues el plan "C": planos temporales paralelos.
¡Si está clarísimo!, el presente de la acción en la isla es el pasado previo al accidente aéreo, y ahora ellos, nuestros héroes, son los "otros", trabajando felices para Dharma (esto incluye la recentísima superposición de un personaje con su doble: Miles se ve a sí mismo de bebé con el padre -
factotum dharmático - que habrá de abandonarlo).

Poco antes, ya estaba pareciendo demasiado para la tolerancia del televidente promedio que la isla consiguiera moverse horizontalmente (de lugar) y verticalmente (de tiempo)
a piacere. Entonces, probablemente presionados para una mayor inteligibilidad de los combos temporales, nuestros escritores bajaron su voltaje de ingenio y recurrieron a la ramplonería de anunciar cada desplazamiento espacio/tiempo con un gran estruendo, personajes tapándose los oídos y fundido a blanco de la imagen. Esta última berretada formal de la que no es posible vanagloriarse debía cesar, y cesó, previo trámite de justificación seudocientífica vía el autocentrado Faraday, a quien los guionistas suelen endilgarle la carga de un supuesto conocimiento (silencioso) que podría dar cuenta de muchos de los misterios.
(La próxima jugada ajedrecística debería ser eliminarlo y sepultar con él la necesidad de explicaciones. Bah, es un decir, porque si en la coctelera espacio/tiempo vale todo, con la muerte aquí ocurre lo mismo: si alguien muere no hay garantía de que no reaparezca; ahí lo tienen a Locke, asesinado pero circulando).
Y la numerología, los osos polares, la escotilla (por favor, qué habilidad para alargar lo de la escotilla), el humo (que ahora viene a corporizar la culpa de Ben por la muerte de su hija: sí, también la serie engulle vulgata psicológicista), todos motivos que reaparecen para generar la ilusión de esclarecimiento cuando, en realidad, sólo refuerzan la ilusión de coherencia.
Les aclaro que no tengo nada contra las historias que no "cierran", ni problemas con las obras sin centro gravitacional y armadas a base de disgresiones narrativas; hay mucho disfrute que brinda el cine contemporáneo con eso. Dos ejemplos al azar podrían ser Historias Extraordinarias de Mariano Llinás y A Cock and Bull Story de Michael Winterbottom; éste último un caso interesantísimo, porque el director parte de la novela del SXVIII Tristram Shandy de Laurence Sterne, considerada extravagante y moderna para su época (cuyo narrador intenta contar su biografía pero se pierde en meandros contextuales y anecdótico-picarescos que prácticamente anulan el avance de la trama), y logra transpolar ese espíritu juguetón a una película posmoderna (pero no cool a lo Tarantino).
El problema es que a nadie le gusta que lo estafen, y si la serie - y su publicista creador J.J. Abrams - promete develar todos los misterios mientras nos propone que juguemos a ser detectives, debe cumplir.
No vale seguir enterrándonos en abrumadores sistemas de citas para autolegitimarse - los nombres de los protagonistas llevan a filósofos, los libros que leen sugieren claves K. Dick, Bioy, Castaneda -, ni cerrar un interrogante para abrir tres.
.
Pero esto es soplar en el viento, el marketing manda; y si las mediciones registran que el público femenino desplazó a Jack por Sawyer en sus suspiros pues, guionistas: a reacomodar la trama para que aparezca más (y cuanto menos vestido mejor), encuentren coartadas.
Ese es el paradigma con el cual la máquina funciona, y si eventualmente, el rating baja, teniendo en cuenta que el negocio ya rindió beneficios comerciales, siempre quedará el rédito cultural de "serie de culto".
24, por mencionar otro
smash hit, apela basicamente a dos recursos que le rinden: a la adrenalina para tapar la inverosimilitud, y a la rotación de valores como fórmula para simular originalidades (un presidente es ético en una temporada y otro es villano en la siguiente, un colega de Bauer es virtuoso en una y se transforma en criminal en la siguiente, la amenaza llega de
afuera en tal temporada y al año llega de
adentro, etc).
Y podríamos continuar hasta el infinito, porque las vueltas de tuerca no se limitan a lo argumental, ni a las series de televisión que se bajan de Internet; vean cómo la industria fagocita a un reconocido auteur cinematográfico para volverlo digerible:

¿Hay expectativa razonable de que, a esta altura, Tim Burton, genere algo como
Ed Wood o como
El Joven Manos de Tijera?. No, porque Burton ahora es una marca que "vende" productos fílmicos sin alma pero repletos de producción brillosa, condenado a filmar estereotipos emo-góticos o pesadillas infantiles de diseño, destinado
not happily ever after a ser un ilustrador de cuentos (era fija que el proyecto
Alicia en el País de las Maravillas le iba a caer a él).
-------------------------------------------------------------
.