
Uno
Ser socio de la Cinemateca del SHA, en el barrio porteño de Once, significaba que adquirías un abono de 10 o 20 películas que podías usar cuando quisieras. Ése era tu efímero carnet: un cartón troquelado en cuadraditos que iba siendo deshojado hasta quedar raquítico. Pero para mí era tan documento como la cédula de identidad, no salía de casa sin él, so pena de perderme un Buñuel, un Losey, o un ciclo de Buster Keaton.
Retirar en boletería la hoja mimeografiada con la programación de los siguientes 30 días era todo un momento de excitación mensual, que enseguida reclamaba una logística para eludir lo más elegantemente posible las obligaciones cotidianas y asistir a la mayor cantidad de proyecciones (¡un deber moral!).
Retirar en boletería la hoja mimeografiada con la programación de los siguientes 30 días era todo un momento de excitación mensual, que enseguida reclamaba una logística para eludir lo más elegantemente posible las obligaciones cotidianas y asistir a la mayor cantidad de proyecciones (¡un deber moral!).
Los responsables de la sala amaban lo que hacían y no pocas veces lo hacían todo a pulmón: no era raro ver al boletero corriendo con latas de celuloide y, al rato, que fuera él quien te acomodara en la sala y te diera el programa. Eso, junto a las charlas espontáneas en los pasillos y el prestarnos libros entre habitués, fue la arcilla de un tipo de cinefilia que luego continuó por otros medios.
No hay nostalgia alguna en la evocación precedente, sí la constatación de una mística cultural que ya no existe. La sala Lugones del TGSM, por acercar un ejemplo, suele tener una programación que va de buena a excelente, un oasis frente al aggiornamiento global de la cartelera, pero su atmósfera es tan fría como el edificio que la alberga, municipal en el sentido más apagado del término.
(Ciertamente, hoy existe una "cenicienta bafici "que aparece unos días al año y enciende debates apasionados incluso por fuera de los blogs, en espacios urbanos insospechados de vida, tales como el Shopping Abasto).

Dos
No hay nostalgia alguna en la evocación precedente, sí la constatación de una mística cultural que ya no existe. La sala Lugones del TGSM, por acercar un ejemplo, suele tener una programación que va de buena a excelente, un oasis frente al aggiornamiento global de la cartelera, pero su atmósfera es tan fría como el edificio que la alberga, municipal en el sentido más apagado del término.
(Ciertamente, hoy existe una "cenicienta bafici "que aparece unos días al año y enciende debates apasionados incluso por fuera de los blogs, en espacios urbanos insospechados de vida, tales como el Shopping Abasto).

Dos
La vida útil cuenta la modesta épica de un personaje característico de estas cinematecas ya extintas. Programador, presentador de funciones especiales, difusor del buen cine desde la radio y reparador de butacas enclenques, a Jorge (mismo nombre que el crítico que lo interpreta) le van llegando señales del cierre de lo que es, sin exageración, su habitat físico y simbólico.
Su militancia lastímera llamando a la asociación para recaudar fondos y saldar deudas institucionales ("Usted necesita a Cinemateca y Cinemateca lo necesita a usted") poco puede hacer, las épocas cambian.
En la única escena cliché de este film por demás escueto y sorprendente, la Fundación que solventa ese espacio cultural avisa que interrumpirá el flujo dinerario en nombre de su no rentabilidad. Así, el destino del lugar queda sellado.
Si a esto le agregamos que Manuel Martínez Carril, el mítico director de la Cinemateca Uruguaya, discursea sobre la necesidad de espectadores "alertas" con expresión resignada y apenas encubriendo que hace de sí mismo, ya podríamos ir etiquetando lo que estamos viendo como "requiem".
Pero esta película no es eso, ni por asomo.
Su militancia lastímera llamando a la asociación para recaudar fondos y saldar deudas institucionales ("Usted necesita a Cinemateca y Cinemateca lo necesita a usted") poco puede hacer, las épocas cambian.
En la única escena cliché de este film por demás escueto y sorprendente, la Fundación que solventa ese espacio cultural avisa que interrumpirá el flujo dinerario en nombre de su no rentabilidad. Así, el destino del lugar queda sellado.
Si a esto le agregamos que Manuel Martínez Carril, el mítico director de la Cinemateca Uruguaya, discursea sobre la necesidad de espectadores "alertas" con expresión resignada y apenas encubriendo que hace de sí mismo, ya podríamos ir etiquetando lo que estamos viendo como "requiem".
Pero esta película no es eso, ni por asomo.
La vida, fresca, con toda su potencialidad, comienza para Jorge a partir del obligado cambio de paradigma, cuando debe abandonar el templo cinéfilo al que ha servido demasiados años y salir a la calle. Hasta ese momento, la claustrofobia dominaba los planos que lo encuadraban, casi aplastándolo; acaso su compromiso entusiasta le obturaba percibir que en esa incómoda zona de confort el oxígeno venía disminuyendo.
Por eso, luego de un duelo tan corto como un viaje en colectivo, las cosas por vivir se le presentan como en abanico, todo puede pasar(le).
Y lo más lindo de todo, cerrada la cinemateca Jorge se lleva al cine puesto: él será, de ahí en más, el cine que se abra al mundo, con sus melodías, sus géneros, y una mirada que encuadre y proponga en contrapunto con lo que le salga al paso.

Tres
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Créanme, pese a los párrafos que anteceden, no les anticipé demasiado de La vida útil.
Mucho menos de las sensaciones que genera para aquellos que hemos adoptado al cine como segunda lengua.
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