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viernes, 22 de abril de 2011

Un poco más de Bafici: 13 Assassins (Takashi Miike, Japón, 2010)

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Actualmente hay mucho cine de acción muy digitalizado que, para hacer verosímil la eterna epopeya de unos pocos venciendo a unos millares, abusa de cierta fórmula bastante perezosa: planos rapidísimos que impidan deducir tanto la sucesión de golpes como la progresión de las peleas, música atronadora que contribuya al disimulo de lo ilógico (el metal calza muy bien), y una porción extra de ralentis místicos sobre la figura del héroe.
Luce posmodernísimo, eso sí, pero en el camino que propone este actual estándar formal cuya virtud y defecto es generarnos dosis industriales de adrenalina, algo vital parece perderse: una más humana empatización con los protagonistas de la aventura.

Por eso fue tan refrescante 13 Assassins.

A la manera del cine clásico norteamericano -el mismo que bebió Akira Kurosawa para transmutarlo en sus historias de samuráis-, cuenta sin prisa pero sin pausa la conformación de un grupo de 13 “asesinos” con el objetivo de obstruir el paso del perverso hijo del shogun por una región y sus aldeas.
Eso es su primera mitad, un cúmulo de expectativas y tensión en espacios cerrados; comienza con un harakiri inicial, continúa con el paneo por los efectos sociales de la crueldad sádica del “malo” (un nihilista fascinante), y luego cocina a fuego lento el plan de los samuráis vengativos. Hay ecos de Los 47 Ronin de Mizoguchi aquí.

Pero cuando ya nos hizo conocer sus motivaciones e identificar con todos y cada uno de ellos, nos empuja a una vivencia física y emocional: al combate codo a codo acompañándolos.
Es cuando la película se suelta la faja y nos da la bienvenida a la segunda parte:
¡A embarrarse!¡A eludir flechazos, palos, lanzas!¡preparen las espadas! !¡cuidado, atrás!¡accionen las trampas!
45 minutos de peleas que, a fuerza de planos, contraplanos y panorámicas de referencia …¡se entienden!
Y nos involucran.
La imagen confusa en el campo de batalla sólo aparece en forma eventual pero como efecto premeditado para generar suspenso (ejemplo: el polvo invade la imagen y no deja ver cómo sigue la cosa). Y si sentimos el suspenso es, sencillamente, porque nos importa el destino de los personajes.



La sombra que siempre acecha:
Un defecto de este realizador compulsivo llamado Takashi Miike es que aún en sus más logrados films no llega a sostener el ritmo en forma pareja. Como un bajón irrumpiendo la tensión lumínica, esperaba aquí también uno de esos pozos de aburrimiento de los que –le conozco las mañas- termina emergiendo gracias a una sorpresa truculenta o a una secuencia imposible por lo virtuosa.
No ocurrió, lo cual es aplaudible y rarísimo.
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sábado, 1 de agosto de 2009

Algunas familias del cine japonés

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Con mayor o menor grado de nostalgia o fatalismo, ya son muchas las décadas en que el cine japonés recorre la gradual decadencia de la institución familiar.
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La referencia canónica siempre será, para mi, la melancolía del viejo pater familias que Chishu Ryu compone en Historia de Tokyo de Ozu (1953), comentándole a su esposa que tal vez esa ciudad - con su ritmo, acelere y desapego - esté concebida más para las nuevas generaciones: una manera piadosa de asumir que la visita a los hijos los va a devolver más solos a su lugar de origen.
Un drama atemperado por el simple hecho de que, a pesar de todo, la anciana pareja se quiere y se tienen el uno al otro (hasta que no).





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Los trenes, junto a las lentas embarcaciones que recorren el plano de lado a lado, se han convertido en citas recurrentes a su tono elegíaco.Si damos un salto temporal hacia los films nipones de los últimos años, la conclusión es terminante: todo está mucho peor.
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Aun así, zonas amables: viñetas costumbristas de una familia de clase media en Mis Vecinos los Yamada de Isao Takahata (1999) - estudios Ghibli + canción por Akiko Yano: un chupetín -,
















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o el retrato cariñoso de cada integrante del clan familiar tomado desde un lente surrealista con ribetes manga en El sabor del Te de Katsuhito Ishii (2004).












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Pero por cada uno de estos hay varios Nobody Knows (2004), o algunos Visitor Q (2001).

En Nobody..., Hirokazu Kore-eda define el estado de las cosas mediante la recreación de un hecho aparentemente real, una madre - más que una villana, una inmadura - abandona a sus hijos en un pequeño departamento en un barrio de Tokyo, debiendo valerse ellos por sí mismos y cayendo indefectiblemente en la pauperización progresiva. La tragedia de la desprotección infantil en la megaciudad, la familia como esquirla remanente a posteriori de la detonación de su esquema básico.











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(La Tumba de las Luciérnagas, la devastadora nouvelle de 1967 de Akiyuki Nosaka, también describía la orfandad infantil y la muerte por inanición, pero lo hacía en el contexto del Japón bombardeado de posguerra. Nobody... lo hace en un presente que no requiere circunstancias exógenas al sistema para supurar marginalización).
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En Visitor Q, Takashi Miike introduce a un enigmático desconocido que, al penetrar en el espacio de la familia, actua como catalizador de cada uno de sus degradados integrantes.
(Me pregunto: ¿habrá visto Miike Teorema de Passolini?).
Sin sutilezas, y en ese estilo tan violentamente hiperrealista que a veces le da buenos resultados, muestra a la madre necesariamente adicta (¿ cómo pretenden que soporte, si no, las palizas que le da su hijo y el ninguneo de su marido?), a la hija prostituta y al padre como cliente.
El panorama es desolador, porque las acciones de todos parecen consecuencia de la agresión externa que los oprime y genera su réplica en el supuesto espacio protegido del hogar.
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Hay un elemento fantástico en el centro del relato: la madre destila leche de sus pechos en cantidades industriales; pero por más nutricia que sea no compensa la sequedad afectiva de esa familia.
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sábado, 4 de abril de 2009

Bafici: Yakuza Eiga, Une Histoire Secrète du Cinéma Japonais (Yves Montmayeur, Francia, 2008)

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Por: Rody

A diferencia de otros años en los que esta actividad comenzaba a convertirse en ritual, cuando nos sentábamos con Pablot a revisar la programación de turno, para tratar de extractar 15 o 20 de entre una grilla de algunos cientos de películas que sólo podríamos ver en esa ruptura del espacio-tiempo que era el BAFICI, este año me desentendí del evento.
¿Por qué? Tal vez por el fenómeno del peer to peer que transforma al cúmulo de films que sólo podrás ver el martes en el Hoyts 87 a la 1:30 de la madrugada, en un archivo más que dejé bajando. Tal vez sea el precio de las entradas, que del valor simbólico de otros años, pasó a ser casi el de una entrada de día miércoles. Tal vez sea que el componente fóbico de mi personalidad crece a pasos agigantados. No lo sé.

Lo cierto es que este sábado, en honor a los viejos tiempos, elegí una peli del listado de Pablot y nos encontramos para ver Yakuza Eiga, un documental francés, traducido al inglés sobre el género más aceptado por occidente del cine japonés, el de los yakuzas.
Algunos de nuestros directores favoritos (Miike, Kitano) contándonos un poco sobre aquello que los deleitaba en su juventud, un yakuza real que, al salir de la cárcel, pide disculpas en público por haber sido un chico malo para empezar su carrera como yakuza ficticio del cine, y prácticamente nada más.
Un documental correcto y sin vuelo que, si lo hubieran dado por Films & Arts hubiese sucumbido al zaping en no más de diez minutos.
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De los besos, la cerveza y los culos al aire que nos muestra el inspirado artículo de Clarín de acá arriba no tuve ni noticias, pero claro, yo fui a las 2 de la tarde.
Por favor Maré, preguntale a Pablot si tuvo más suerte.


Puntaje:
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