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jueves, 5 de noviembre de 2009

¡Karl Marx vuelve! (¿alguna vez se fue?)

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(A propósito de Noticias de la Antigüedad Ideológica: Marx-Eisenstein-El Capital de Alexander Kluge, vista en el DocBsAs)

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El objetivo era desafiante: transponer Das Kapital de Karl Marx, tal vez el tratado económico-político más influyente del siglo XX, en imágenes fílmicas.
Pero un objetivo, para ser motivador, se sabe, debe ser alcanzable (¡nunca imaginé que iba a utilizar esta frase fuera de mi contexto laboral!), y el antecedente de nada menos que el soviético Eisenstein fracasando en el intento a principios de los años ´30 (por no terminar de encontrarle la vuelta a la forma, por falta de financiación, o por ambas cosas) había planchado el asunto.

Entonces, muchas décadas después, va el alemán Alexander Kluge e, intuyendo que el mundo de fines del 2008, con su burbuja financiera explotando, el colapso bursátil y la pérdida masiva de empleos, remite no tan sospechosamente a esa crisis mundial del ´29 que había estimulado aquel megaproyecto, decide retomarlo.

Y le surgen nuevos problemas, porque allí donde Eisenstein, que vivía en un mundo de sistema bipolar, imaginaba posibilidades formales para que un simple campesino u obrero tomara conciencia de su situación con vista a cambiarla, Kluge – como todos nosotros, 80 años más tarde – vive en el triunfo de la voluntad capitalista: one unique world y siempre sobreviviendo a su propia decadencia.


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Explicar la plusvalía, el modo en que el dinero circula y se reproduce en el capitalismo, cómo la propia fuerza de trabajo es una mercancía entre otras sometida a la valuación del mercado, y - corolario del texto – el predestinamiento de la propiedad privada a ser expropiada por la clase explotada... en fin, todo eso en la mayor parte del siglo pasado podía plasmarse en términos de canto optimista hacia lo “inevitable”, pero hoy, ¿es posible eludir una estética de réquiem?

Por consiguiente, si a la pregunta inicial acerca del cómo representar en imágenes aquel libro maldito el soviético amagaba responderla con un mix lógico e imaginativo que combinara un método dialéctico con tácticas joyceanas para formular interrogantes y responderlos, Kluge – a mi entender – no parece visualizar inicialmente una forma actual de representar esa cumbre de la modernidad desde nuestros años posmodernos. El perspicaz alemán, sin embargo, evita el réquiem y se desplaza hacia una tangente que utilizará como soporte para ir experimentando: el tributo al intento de Eisenstein.


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Al resultado, denominado Noticias de la Antigüedad Ideológica: Marx-Eisenstein-El Capital no lo hemos visto por aquí, puesto que son nueve horas en 3 dvds que sólo salieron en Europa, pero al montaje de hora y media que Kluge armó para festivales y se proyectó en tres funciones a sala llena en la Lugones, sí. Hablemos, entonces, de la versión que vimos.

Lo que hubiera podido devenir en un cachivache “culto”hecho de retazos culturales ideológicos y cabezas opinantes termina trascendiendo el preconcepto para provocar de una manera fresca y variada nuestro diálogo con aquellos conceptos puros marxistas a la luz de la realidad del siglo XXI.

¿Cómo lo logra?, ¿cómo hace que el cuerpo del film contradiga su propio título y nos haga dudar de estar ante una "antiguedad ideológica"?

Hilvanando lo heterogéneo a través de intertítulos de tipografía e intencionalidad variable; que enmarcan, entre otras cosas, momentos de cine mudo, charlas con escritores, poemas de Brecht leídos con fondo de música noise, investigaciones alla Michael Moore y, en especial, un corto inolvidable de Tom -Corre, Lola, corre-Tykwer que dice más de la vida cosificada del hombre que toneladas de estudios académicos.

Así, cuando Hans Magnus Enzensberger dialoga con Kluge sobre los "estados" que adopta el dinero en su periplo (solido, líquido, gaseoso, ventoso en una "burbuja") y sobre la dificultad de representar esas abstracciones en imágenes, mientras un desocupado comenta su asistencia diaria a un curso sobre Das Kapital complementado por el chateo con colegas chinos, y mientras dos actores leen párrafos del libro para concluir al unísono que no entienden nada de nada, pues... la dialéctica se produce, los bloques secuenciales (no ya los planos) chocan entre sí generando originales pensamientos - y sentimientos - en nuestra cabeza.



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Una experiencia que permite entrever el corazón humanista que animaba toda la teoría de Marx - por más árida que pueda resultar su lectura -, y que posibilita redescubrir muchos conceptos manifestándose más vigentes que nunca. (La acumulación de capital sigue existiendo, ¿no?)

En verdad, la película se hace corta de tan cautivante y pretendemos más: las nueve horas completas en que fue concebida y que, seguramente, amplían el espectro testimonial y lúdico del asunto.
La proyección vista en el cine, para peor, culmina con la ¿publicidad? de esos tres dvds, generando la sensación de que sólo vimos una pequeña parte del todo. ¿Cómo se puede hacer para conseguirlos?, ¿serán caros?
He aquí una paradoja.
Noticias de la Antigüedad Ideológica: Marx-Eisenstein-El Capital, en su versión original de larga duración, se ofrece como una mercancía entre otras que circulan en el mercado, y en tanto es difícil de conseguir y deseable para un selecto nicho de personas con cierta formación intelectual, se va convirtiendo en fetiche (término marxista si los hay).
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jueves, 29 de octubre de 2009

La irresistible catársis del documental en primera persona

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(A propósito de Irène de Alain Cavalier, vista en el DocBsAs)



Buscamos figuras ausentes en los lugares que habitamos hace tiempo. Volver a esos espacios a veces duele, pero quién dijo que sufrir no nos justifica.
Y nuestra mirada es una cámara subjetiva (¿cómo podría no serlo?) que resignifica en el presente todo objeto que revisitamos, cotidiano en el pasado, enigmático u ominoso ahora.

En Irène, Alain Cavalier toma una cámara digital para recuperar a la mujer que amó cuarenta años atrás, pero para exorcizarla. Porque Irène, que murió en un accidente automovilístico, no es un fantasma adorable, sino una deuda, acaso una culpa. De ahí que filmar cuadros, casas, camas o baños que compartieron sugiera en su pulso un temor reverencial a enfrentarse con lo que realmente sintió en la época previa a esa desaparición: la necesidad de alejarse, de no estar más con ella.

En Paris o en Lyon, mientras duda acerca de la forma de poner en escena toda esta pesada cuestión e imagina a una Sophie Marceau idealizada para el papel, supersticioso, decodifica un porrazo en la escalera mecánica o un edema como señales para no hacerlo.
Y también le pide perdón (a contraluz, en uno de los pocos momentos en que no somos sus ojos).

Hay algo de religioso en todo esto al sumársele, además, la palabra irrevocable de unos diarios íntimos escritos por Cavalier a principios de los 70´s, y que amaga quemar... pero termina venerando devocionalmente con su cámara.
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viernes, 23 de octubre de 2009

Humanos en la niebla

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(A propósito de Nénette de Nicolas Philibert, vista en el DocBsAs)


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Con voluntad ficcional o no, muchas veces el cine nos ha facilitado penetrar en espacios concretos plagados de misterio.
Cuando hacia la mitad de Psicosis a la pobre Janet Leigh la duchaban a cuchillazos, la cámara se quedaba huérfana de protagonista y comenzaba a deambular por el ominoso caserón, como interrogando recovecos que ocultaban presencias elusivas y, por supuesto, respuestas.
En Rebeca, objetos, escaleras, cortinados o cuadros metaforizaban que la propiedad de la mansión Manderley nunca iba dejar de ser de Rebeca, por más muerta que ella estuviera.
Otra cámara intrusa saltaba las rejas del palacio Xanadú de Charles Foster Kane para avanzar sinuosamente hasta el salón donde el magnate moriría, pero sólo en el plano final, casi dos horas más tarde, permitía ver aquel trineo ardiendo que podía explicar algo de ese barroquismo desmesurado.
Y en El Resplandor, una elegante steadycam deslizándose por los pasillos de un mega hotel fuera de temporada atestiguaba su cualidad enloquecedora.

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Hitchcock , Welles o Kubrick proponían en esas películas recorridas por sitios portadores de una historia intuíble que lentamente se iba desplegando ante la mirada atenta.

No sucede nada muy distinto en el documental La Ville Louvre de Nicolas Philibert, la incursión cámara en mano por el museo parisino más famoso, develando a su paso tanto el mecanismo de su funcionamiento como aquellos cuadros amontonados en el olvido y, almacenados en subsuelos, sugiriendo una cultura de catacumbas en oposición a lo sobreexpuesto canonizado.
El elegante travelling de la docu-ficción El Arca Rusa de Sokurov atravesaba también las amplias salas del museo del Hermitage de San Petersburgo, pero lo hacía sincrónica (por los espacios) y diacrónicamente (por las épocas) bajo la premisa de una sola toma.


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En todos los casos mencionados había una intención de que los lugares - casas, palacios, museos – destilaran sus historias.
Con matices según cada director, claro. Hitchcock, por ejemplo, filmaba los planos que ya tenía muy pensados a priori y se aburría en los rodajes.

Philibert, en el otro extremo, decide un lugar y hacia allí se dirige con su pequeño equipo de colaboradores intentando naturalizar la presencia de la cámara, preparado para registrar lo que pase.
Ser y tener, su gran éxito comercial, con esa escuela rural que reunía en una única sala chicos de diferentes edades y un maestro de ternura inoxidable, es bien representativa de este método de trabajo.

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Por absurdo que parezca, todas estas cuestiones me vinieron a la cabeza luego de ver Nénette, que es, básicamente, una serie de tomas de una orangutana longeva en su jaula. ¿Cómo se explica?
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Philibert apuesta aquí más radicalmente que antes y nos pone a ver a una mona que mucho no hace por entretenernos: come, se para, lenta y aburrida se sienta, va y viene… (su hijo, que circula en la misma jaula, se mueve un poco más).
Mientras el metraje avanza vamos desechando la premisa básica del 90% de las películas que solemos ver y que dice que el protagonista es quien más tiempo aparece en pantalla. Eso se resigna de a poco en favor de una emanación sutil : los verdaderos protagonistas de Nénette son los visitantes que observan al animal en el zoológico parisino, un sujeto colectivo llamado “público” (término que también aplica a nosotros, en tanto lo “visitamos” desde nuestras butacas)

Entonces, voilà la explicación: al igual que en las obras a las que veníamos haciendo referencia, también en este documental una cámara emplazada en un espacio – más acotado aquí que un museo o una mansión – intenta develar sus misterios. La gran originalidad aquí es que éstos no se hallan en el plano que se enfoca sino en el contraplano cuyas imágenes no se nos van a mostrar: la gente que circula.



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Y no es que la orangutana carezca de biografía interesante, con su nacimiento en Borneo hace 40 años, prisión zoológica parisina desde 1972, provisión de maridos y anticonceptivos, sino que su opaca figura obra de excusa para que cada visitante (al que no vemos pero escuchamos) “proyecte” lo que quiere ver, lo que cree que siente o le pasa a la célebre Nenette detrás del vidrio; asunto que, en definitiva, sólo puede terminar refiriendo a su propia vida.
Idem ocurre con cada espectador del film, intentando decodificar desde la sala qué dice la mirada de esa mona omnipresente a la que, por vieja, imaginamos sabia.

Una certeza: no sabemos nada, pero absolutamente nada sobre la razón por la cual vivimos ni por qué nos pusieron en estas jaulas repletas de ruido y furia innecesaria.
Eso me dijeron los ojos refractantes de Nénette.
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