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sábado, 29 de agosto de 2009

Educación cinéfila: el fracaso del hijo

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Intro

Veníamos comentando que en la novela Cineclub el padre permitía al hijo salirse de la educación formal para ofrecerle, aun con dudas, algo sui generis: mirar películas con él.
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Como el punto de vista era el de David recordando con dolorosa nostalgia los tres años que había pasado con Jesse eligiéndole lo que tenía que ver, me costó mucho leerlo sin reconocer mi propio autoritarismo al respecto. Sobre todo porque el supuesto método que implementa para desarrollar a su vástago encubre, en mi opinión, lo que realmente es: una coartada perfecta para su fetichismo.
Veamos…¿no podría ser considerado sádico tener de rehenes a nuestros hijitos para obligarlos a ver todos los ciclos que nuestra voluntad juzgue indispensables?
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La necesidad innata de proyectarnos en ellos poniéndoles la mochila no sólo del deber ser sino del debería gustarles, llega al absurdo de pretender que viven los mismos códigos que encuadraron otras décadas, aquellas en las que teníamos la edad que ellos tienen hoy.
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I

Listo, a confesión de parte, relevo de pruebas; como ya conté acá, lo de mi viejo fue un verdadero triunfo, pero yo – hijo devenido en padre- fracasé en todos los intentos. Sencillamente, a mis hijos de 19 años el cine y la literatura les importan un pito.
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Es posible, no obstante, que porten en forma indeleble algunas fotos del proyecto propiciador (y que el recuerdo les produzca cosquillas).
Por ejemplo, los papás de preescolar les “encajaban” a sus compañeritos horas y horas de los dos o tres videos de Disney que tenían en sus casas o, en su defecto, el torrente adictivo del canal de cable infantil, justificando la acción en la loable necesidad de un tiempo sin caprichos ni demandas. En casa había un matiz, yo tenía mi set preparado y se los colaba en cuanto podía: una curada selección de animación mundial gradualmente levantada de Caloi en su tinta, los cortos stop motion de Wallace y Groomit, el jazz vía Betty Boop, cosas así.















A correr, Carlitos (Bill Melendez, 1971, USA), que narraba el campamento vacacional de los chicos protagonistas encabezados por el seguro perrito Snoopy y el dubitativo Charlie Brown era, en ese contexto, uno de los puntos altos de comunión familiar. Pero no tanto por sus virtudes específicas (guión compacto, acción y emoción balanceados, punto de vista infantil con adultos fuera de cuadro), sino porque en la escena clave de la carrera en balsa, cuando los chicos resultaban víctimas de una trampa y empezaban a correr peligro, el doblaje los hacía gritar repetidas veces con voz muy infantil “¡¡VAMOS A MORIIIIR…!" : un momento que aguardábamos con verdadera delectación para berrear los cuatro al unísono agitando al mismo tiempo los brazos con exagerada gestualidad . Una verdadera performance.















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En Volando a casa (Carroll Ballard, 1996, USA) había que ser muy insensible para no emocionarse con el vuelo de los gansitos huérfanos que aprendían a volar gracias al rol maternal que asumía el personaje de Ana Paquin, también ella huérfanita de madre (si no captaron la proyección, vuelvan a la salita rosa de Introducción a la Psicología).
El ritmo pausado de un relato atento a la observación detallista, el crecimiento de la relación padre/hija a partir del proyecto para ayudar a los gansos a emigrar, y el final feliz con la maduración de todos (aves y humanos), no subestimaba la paciencia infantil ni su posibilidad de concentración.
Queríamos mucho a esta película. Además, resultaba una poderosa aliada en el programa pedagógico que eventualmente infligía a mis hijos.

















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A Matilda (Danny De Vito, 1996, USA) la vieron en el momento adecuado, justo cuando el colegio al que concurrían (no importa debatir si conservador o “progre”) se ensañaba con el fresco anarquismo inherente a su niñez. Por eso fue adictiva y prendió como una vacuna. La mejor transpolación del universo novelístico políticamente incorrecto de Roald Dahl me posibilitó, además, una experiencia muy hermosa. Porque cuando la escuela sugirió a los padres compartir algo – experiencia, anécdota, cuento o habilidad – en el aula de sus hijitos, llevé la nouvelle Los Cretinos y, utilizando como estrategia de marketing la frase: “¡es el mismo escritor de Matilda!” logré primero captar su atención para luego recontra engancharlos. El nivel de encandilamiento fue tal - Dahl conecta como nadie con el morbo y la crueldad de los chicos – que muchos pibes que no leían durante las semanas posteriores devinieron en lectores. Las Brujas, Charlie y la Fábrica de Chocolate y otros títulos del escritor inglés completaron el trabajo. Mis hijos, ¡hasta me agradecieron!.

Igualmente, ningún estímulo podía competir con el éxtasis que les provocaba verse a sí mismos filmados de bebés.
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Ni puede soslayarse, por otra parte, que corría la época del adictivo Dragon Ball, que nos tenía diariamente a los cuatro esperando las 0:00hs para el episodio nuestro de cada día. Como en ristra hubimos de atravesar Dragon Ball, Dragon Ball Z y Dragon Ball GT, acompañando tanto a Goku - vivo o...en un limbo budista - como a su hijo Gohan, mientras sobreactuábamos el Kaaame...Haaame...¡HÁ ! : confieso que he vivido. (En ese momento debí haber aprovechado el entusiamo de ellos por ese animé como enlace hacia el cómic y el manga pero, evidentemente, no pude o no supe hacerlo: en casa, esas especies parecen predestinadas sólo al consumo paterno)
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II

Haciendo un paneo por mis tentativas propiciatorias de cinefilia temprana, me veo llevándolos al Bafici cuando el preestreno de Pollitos en Fuga, empeñándome en que admiraran los Indiana Jones o, más adelante, feliz de llevarlos al cine a ver El Viaje de Chihiro (hasta que descubrí que ellos, demagogicamente, me acompañaban a mi y no viceversa).
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A la distancia, todo resulta escandalosamente lógico: se autoafirmaban en pasiones que construían ellos mismos (el fútbol, el vóley), comenzaban sus primeras fiestas bailables, enfrentaban misteriosas pulsiónes hormonales; ¿qué más?, ah, sí: iban tomando consciencia de que el dinero familiar venía de un trabajo y podía llegar a no alcanzar.
En ese contexto sólo podía considerarse mi supuesto pedestal de papá-ídolo desde el subsuelo.
















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Por otra parte, creo que la generación nacida en los 90 no tuvo en el cine un personaje entrañable de cualidades similares a Antoine Doinel, al que Francois Truffaut filmó - en paralelo al crecimiento biológico real del actor Jean Pierre Leaud - durante 4 películas distribuídas en el tiempo, en un arco temporal que lo recorría de niño, continuaba con su adolescencia errática y culminaba en su adultez algo inmadura. Soledad, amores, decepciones, intentos de escritura… lo sentíamos tan cercano.
(¿Es Harry Potter el actual Antoine Doinel?)











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Algunos strikes en la escueta aventura cinéfila de mis hijos: Escuela de Rock de Richard Linklater, Cuenta Conmigo de Rob Reiner, South Park: Bigger, Longer & Uncut de Trey Parker y, especialmente,
















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Im Juli de Fatih Akin.
El vínculo especial que tuvieron – y siguen teniendo – con esta comedia romántica que es también road movie me sorprendió al principio, aunque intuía secretamente que podía interpelarlos (¡concédanme este pequeño triunfo paternal!): tres chicas preciosas de estilos distintos - aventurero, dulce, reo - con los que mi hija eventualmente podía identificarse y mi hijo embelesarse, paseos mochileros por una Europa abierta de sabores orientales, peripecias amorosas de adrenalina sexual, etc. Una peli que ven una y otra vez, prestan a sus amigos y construye códigos entre ellos.
Eso sí, intento avanzar por el frente turco-alemán y que vean Contra la Pared o Crossing the Bridge: the sound of Istambul del mismo director, pero no hay caso. Im Juli es la excepción que confirma la regla de su no afición por el cine.

En cuanto al terror fílmico ni ellos ni sus amigos podían tomarlo en serio porque antes conocían su parodia. Grafiquemos: El exorcista era simplemente una referencia (o la degradación de una referencia) en una de las Scary Movie, una cita amarilla en Los Simpsons.














La apasionada lectura de El Señor de los Anillos de Tolkien – que precipitaba la del Don Juan de Castaneda y la del Incal de Moebius/Jodorowsky – te obligaba a construir tu propia imagen mental de personajes y paisajes, y jugábamos a ser parte de la Comunidad del Anillo en los campamentos de Gesell. Por más buenos que sean los tres films megablockbuster de Peter Jackson han obturado, con su diseño colosal, la posibilidad de que las nuevas generaciones de pibes inventen su propia versión de Gandalf, Frodo, Gollum, Aragorn y compañía.














Sí han conocido a Holden Caulfield, pero no como contraseña contracultural que circula entre amigos sino normalizado en un entorno institucional: El guardián entre el centeno es lectura de colegio. O sea, menos atractivo.

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III

Más allá de objeciones, lo cierto es que su paso por la secundaria les dio a mis hijos una apertura hacia nuevos escenarios que poco a poco fueron haciendo más propios y personales. Mientras, siguen tratando de despuntar el enigma del país en el que viven (preguntando, con la mera intuición, unas pocas veces leyendo).
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Hay que (debo) comprender que les toca vivir una era de sobresaturación mediática, de profusión bulímica de imágenes a velocidad warp que conspiran para alienar. Difícil para ellos, entonces, encontrar una imagen que los represente, virgen de manipulación. Y las películas de papá no pueden ayudarlos, no les sirven, son parte de ese maelstrom.
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A veces suspiro pensando qué pena que no puedan disfrutar de la sosegada cadencia, del lirismo silencioso de mis adorados films japoneses. ¿Llegarán a Kawase, a Ozu, a Mizoguchi alguna vez?
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"Deben encontrar su propio camino": ¿cuantas veces escuchamos esto en el cine?
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sábado, 22 de agosto de 2009

Educación cinéfila: el triunfo de la voluntad (paterna)

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A mi papá, por supuesto.

Sensible y hormonal, el pibe de 16 va derrapando en sus estudios mientras el padre, preocupado, avizora el desastre; entonces le propone largar el colegio para vivir a su aire - excepto drogas -, pero comprometiéndose semanalmente a ver tres películas junto a y escogidas por él en plan de educación no formal.

Una muy buena idea estructurando una novela que gira sin matices sobre su eje hasta hacerse olvidable .
No obstante, en virtud de su punto de arranque, esta Cineclub del canadiense David Gilmour me interpelaba por partida doble: como hijo y como padre.

La victoria de papá

En principio, el libro me atraía por mi propio pasado infanto adolescente de envión cinéfilo familiar en domingos de comer afuera + cine (período golden age de la clase media porteña). Y con el Electric de la calle Lavalle y el Cosmos de la avenida Corrientes, q.e.p.d. ambos, como salas emblemáticas de esas salidas.

Algunas películas - de las tantas - elegidas por mi viejo que en el recuerdo representan ese aleatorio período formativo:






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El fascismo al desnudo (Mikhail Romm, 1965, URSS) o "conoce, hijo, las atrocidades de los nazis en el documental que los soviéticos armaron a partir de imágenes propagandísticas que filmó Goebbels".

















Me compré un papá (Ilya Frez, 1962, URSS) o "mira a ese niño Dimka convencido de que a su madre no le alcanzó el dinero para proveerle papá y yendo a comprar uno con sus ahorros, pobrecito". En la evocación, ésta se me confunde y entremezcla con otro "hit"(¿?) de aquellos tiempos: Saltando los charcos (Karel Kachyna, 1970, Checoslovaquia) sobre un chico idealizando a su padre - toma subjetiva viéndolo a través de un caleidoscopio de colores - y, si la memoria no me falla, anhelando cabalgar. Como sea, ambos destilaban un humanismo ramplón puro y duro frecuentemente sobrevalorado en casa.




















La esclava del amor (Nikita Mijalkov, 1976, URSS) o "la apasionante historia de la toma de conciencia bolchevique que emprende una diva del cine mudo a través del amor". No sé si mi papá estaba enamorado de la actriz protagonista o qué, sigo sin explicarme el entusiasmo por este bodoque. (Gran parte del estereotipo "películas rusas pesadísimas" es responsabilidad de lo perpetrado por Mijalkov a lo largo de los años).




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Buenas noches Alejandro (Yves Robert, 1968, Francia) o "prestá atención, hijo, la vida es para disfrutarla; las cosas...ya van a llegar, no vale la pena romperse el alma trabajando". El campesino que hace Noiret, liberado de trabajar como un burro al morir su esposa explotadora, decide vivir como quiere, haciendo lo que se le canta y, sobre todo, fiaca. Chapeau en ésta, mon papa, porque comulgaba con tu credo y lograste elevar sus postulados a un dogma inquebrantable vigente para vos aun hoy. Por otra parte, tal como pasa en el film, la "gente" ve en quien no vive para producir - y es feliz - un elemento incómodo y potencialmente subversivo: ¡peor para ella! Buenas noches... es la demostración de la sustentabilidad de las teorías políticas de mi viejo.




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Reto a Muerte (Steven Spielberg, 1971, EEUU) o "fijate qué nervio ese director para tenernos agarrados a la butaca haciendo jugar sólo un auto, un camión y una ruta". Cuando terminó la proyección en el Monumental de la calle Lavalle hubo una intuición compartida padre-hijo: este tipo es una cosa seria, qué talentoso, ¿de dónde salió?, habrá que seguirlo... (mi viejo: "aparte, debe ser de la cole" = puntos valorativos extra). La cuestión es que, así como la leyenda marca que Argentina "descubrió" a Ingmar Bergman, nosotros dos "descubrimos" que iba a existir - y gravitar - un Steven Spielberg.

Además, a fines de los 60´s y principios de los 70´s, sin opción de comprar, grabar o "bajar" películas, con la única posibilidad de volver a verlas si las reestrenaban - poco probable, salvo elefantes como Lo que el viento se llevó, Lawrence de Arabia o ¡Esto es cinerama! - o esporádicamente en cinematecas, poder transmitir el entusiasmo que te generaba un film implicaba afinar tu competencia narrativa oral. Lo tenías que contar a los demás con cierto timing, atento al argumento y a transmitir cómo se desplegaba en pantalla.
Recuerdo noches familiares en que los relatos se armaban colectivamente, arrancando uno y completando con detalles otro, siempre con el objetivo de entusiasmar al ocasional interlocutor para que, cuando dieran tal o cual película, no la dejara pasar.

No todo, por supuesto, era tan idealizable, y en el pack cinéfilo educativo de mi viejo también se colaban las comedias populares de Louis de Funes (vistas desde la actualidad, absolutamente indigeribles),












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así como las de Los Cinco Locos (como conocíamos por aquí a Les Charlots, que a veces eran cuatro, pero en los títulos que les inventaba el distribuidor permanecían cinco).












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Ya cerca de la dignidad, El Distraído (Pierre Richard, 1970, Francia), o las de Trinity, en especial la primera Me llaman Trinity (E.B.Clucher, 1970, Italia),



relectura spaghetti de Siete Hombres y un Destino de Sturges que a la vez releía Los Siete Samurais de Kurosawa: hilos de la historia del cine que, con pasión, empezaría a despuntar un poco más adelante.




Un misterio:















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¿qué era, qué quería significar ese afiche con el tipo desgreñado de ojos lunáticos mirándote y esgrimiendo una carta en la puerta del cine Cosmos? En ese entonces me quedé con el interrogante. Faltarían unos cuantos años para zambullirme por las mías en el mundo de Werner Herzog - un tipo de director que mi papá ignoraba olímpicamente (¿por ser alemán?) - y resolver El Enigma de Kaspar Hauser.

Sobresaltos también los hubo. Un ejemplo: cuando los hermanos eramos muy pequeños y nos hallábamos en el preescolar de la formación cinéfila (es decir: cuando la rutina dominguera luego del almuerzo consistía en ir al cine Real con mamá y papá a ver dibujos animados), cierta vez se nos propuso un gran desafío:
"¿Se animan a ver una película "de verdad"?
Y como nuestra respuesta fue un categórico sí, nos llevaron al cine Arizona a ver La Momia, con Peter Cushing y Christopher Lee. Consecuencia: incontables noches pidiendo que dejaran prendida la luz del pasillo que daba a nuestra pieza.
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Detalles nomás en un contexto de posteriores nuevos descubrimientos audiovisuales, como los que experimentaba en sabatinos programas ¡triples! acompañado por amigos en el cine Atalaya (otro q.e.p.d.), en donde en una sola tarde podías pasar de John Wayne a Peter Sellers y luego, curiosamente, a un objeto no tan facilmente encuadrable como El Niño Salvaje, el primer Truffaut que conocí. En una búsqueda arqueológica ubicaría la adquisición de mi eclecticismo degustativo en esas coordenadas de Canning y Córdoba.
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Eso sí, los lunes en el colegio me sentía bastante solo frente al saber futbolístico de mis compañeros, ese mundo tan ajeno e indescifrable...
(Aproximadamente 30 años más tarde, la pasión contagiosa de mi hijo por ese deporte provocó el milagro de acercármelo, hinchar por su equipo y...entender cómo se suman puntos en un campeonato).
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Flashforward...
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El año pasado mi viejo estuvo internado durante casi un mes, gravemente enfermo. Una imagen difícil de soportar frente a su perseverante vivir libre de ataduras.
Una noche sanatorial, acompañándolo en esa habitación de luz mortecina, suero y lipotimia, me topé con la gran Taxi Driver en medio del aburrido zapping televisivo.
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La volví a ver enterita, paladeando la historia, su realismo sucio, la entrega de un De Niro aun no aggiornado y, aquella vez destacándose más, el crescendo infinitamente triste de la melodía de Bernard Herrmann. En simultáneo, contemplaba a papá casi dormido y corroboraba lo mucho que le debía en relación a mi capacidad de gozar de los films en toda su dimensión.
Un tributo íntimo, silencioso.
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Hoy, repuesto, ya no parece interesado en eso que tanto le gustaba tiempo atrás (supongo que me pasó la antorcha), y es ahora mi mamá la que pide material (“pero no esas raras que solés ver vos”). Un chispazo de aquel entusiasmo reapareció cuando ella lo sentó a ver la japonesa Departures que yo le había arrimado; acaso debido a su cálido tratamiento de los afectos, la vejez y la muerte.
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A los amigos, a la familia, lo cierto es que disfruto prestando los bocados que voy consiguiendo. Mi cinefilia nunca fue de ghetto y, en ese sentido, al propiciar desde mi infancia una manera de entender el cine, mi viejo logró moldearme parecido.
La experiencia de una película - lo heredé de él - sólo se completa al compartirla con aquellos que amamos.
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Eso sí papá, admití que te salí un poco freak .
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