(con intervenciones de Tomás Z. y Pablo Taskar)

Por lo tanto, nos metimos de lleno en la factoría Llinas. Esto es, películas hechas a través de modos peculiares de producción - bajos presupuestos y pocos días de rodaje entre otras cosas - a través de su productora El Pampero Cine.
Respecto de Mariano Llinas, había tenido la posibilidad de ver sus trabajos. Uno muy bueno (Balnearios), otro muy divertido (La mas bella Niña), y finalmente uno que está bien (Historias Extraordinarias), pero que a gusto personal, goza de un exagerado clamor de la critica.
La previa del doble programa era alentadora. Ambas habían tenido una recepción interesante de crítica y publico en la última edición del Bafici.
Ambas habían sido premiadas.
Primer turno: Todos Mienten de Matías Piñeiro.
Un film anodino, muy mediocre en su rigor actoral que, al hacer guiños a directores interesantes (Rohmer, Rivette o Bujalski) sólo consigue rematrcar su intrascendencia y solemnidad.
Como si el solo hecho de revisar zonas poco frecuentadas en el cine argentino, los textos de Sarmiento, el uso sistemático de la palabra (Eric Rohmer y sus criaturas), o seres que no se parecen a nada ni a nadie (Bujalski, Funny Ha Ha), certificara la calidad de una obra.
Hace falta algo importante, no sólo una visión del mundo, sino por qué y para qué se quiere hacer una película.
En Todos Mienten no pude descifrarlo.
Un Gran hermano más cool(turoso) con jóvenes que parecen de Palermo Hollywood, azarosas lecturas de los Viajes de Sarmiento que podrían estar o no, encuadres muy armados en una puesta con muchas ideas pero sin funcionalidad aparente, intertítulos para el club de la cinefilia más chirle (“F de Verdadero”, “Un tiro en la tarde”): cualquier cosa podría estar o no, todo vale en el juego que ellos juegan con su toque de indiferencia y que, obviamente, a nosotros nos es absolutamente indiferente.
¿No entendimos nada si le pedimos a este artefacto algo de emoción?
A lo mejor detrás de todo esto había un Plan Maestro perfectamente delineado que me pasó de côté; si ese fuera el caso hago mea culpa y no digo más nada. (Pablo Taskar)
.
Terminado el primer turno, esperaba con ansias el segundo tiempo. Como esos equipos de futbol que entran dormidos a la cancha, sin darse cuenta están abajo en el marcador y esperan con ímpetu que comience nuevamente el partido para revertir la historia.
El trailer de Castro, me abría una esperanza.
Había fe en dar vuelta la taba para que la doble jornada se cerrara con una pieza mejor.
Pero la cosa, lamentablemente, no pudo ser más desalentadora, puesto que antes de la proyección el director se dispuso a una breve (des)introducción de su película:
Dijo algo así como: “Bueno quería decirles que Castro se hizo a las corridas, muy rápido, que en la película la gente corre todo el tiempo, de repente deja de hacerlo y se acaba……..es una película chica, pero grande en un sentido……”
Por Dios, que mal la veía venir….
Segundo Turno: Castro de Alejo Moguillansky
La esposa de Castro, el jefe de los negocios turbios y sus secuaces (incluyendo un patético espía con muletas que corre más rápido que Usain Bolt), entre otros olvidables, intentan darle un tufillo de Noir al asunto.
Sí, se la pasan corriendo, lo hacen todo el tiempo y sin parar, y también gritan mucho, no se escuchan entre ellos, y cuando intentan decir algo no dicen nada. Es que la película no parece tener nada interesante para expresar.
Persecuciones de autos, pases de personas de un vehículo a otro, todo vertiginoso pero sin sentido. Y en medio del ruido, imágenes de Constitución, de escaleras de subtes, del gran Buenos Aires, paisajes esperando conectarse.
Para colmo, el doble cameo de Mariano Llinás: ¿habrá algún otro caso de ombliguismo en el cine nacional donde un productor aparezca tanto en pantalla?
La estridencia sonora conjunta de los autos y la música tornaron la velada en un concierto cacofónico, indigerible.(Tomás Z.)
En un post que asume como propia la militancia de Susan Sontag contra la interpretación de textos, Roger Koza percibe en la película de Alejo Moguillansky fluidez, virtuosismo y una tenue melancolía, notando, además, conexiones más o menos cercanas con Buster Keaton y el teatro independiente porteño.
Naturalmente, eso no nos convertiría en Beckett.
De la misma manera, en Castro, la mera kinesis bajo una mínima coartada narrativa y en un escenario de realismo sucio de calles, pensiones, autos viejos y aceleradas entrevistas laborales, no constata el "absurdo de toda empresa humana" ni resulta "una parodia de la vida urbana metropolitana".
En todo caso, esa es - vaya paradoja - una interpretación. (Pablo Taskar)
Había leído algunas líneas respecto de los lazos de unión de Todos Mienten con Castro. Y es cierto, tienen muchas cosas en común: vacío, visión superficial de la historia del cine, actores que lo hacen muy mal...
Me fui irritado, haciéndome preguntas, pero con varias certezas:
- Remitir machacosamente en lo formal a la Nouvelle Vague los convierte en prisioneros de un manierismo cinematográfico un poco anacrónico.
- muchos de sus actores son estudiantes de la FUC, o sea, amigos no actores que, intentando el registro neorrealista o godardiano, lucen inverosímiles y terminan de hundir películas ya navegantes de la intrascendencia.
Una pena que a ambas películas el exhibidor sugiera verlas en continuado: uno termina indignado y por partida doble.(Tomás Z.)



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