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jueves, 3 de junio de 2010

Las cosas pasan porque pasan

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Ajami, la israelí que perdió el Oscar frente a "nuestra" El Secreto de sus Ojos, es un thriller coral que pone en escena la ríspida cohabitación multicultural de (por orden alfabético, no quiero herir susceptibilidades) cristianos, judíos y musulmanes. Y lo hace en el epicentro del lugar sísmico, la peligrosa localidad de Jaffa que da título a la película. Inteligentes e ingeniosos, los directores enhebran la cualidad realista cercana a lo documental con los artificios propios de la narración posmoderna (básicamente Pulp Fiction). Y les sale bien: repiten escenas desde distintos ángulos dotando de nuevos sentidos a lo que ya vimos, switchean los puntos de vista para ponernos en las distintas comunidades, logran que la historia fluya mientras por default aboga por la convivencia.
Entonces...¿por qué primero me incomodó y luego llegó a enojarme?

Es su maldita corrección política.

La ciudad es un polvorín:
-un musulmán se hace dealer
(como consecuencia de una deuda mafiosa que debe asumir sin haberla contraído);
-un adolescente palestino, trabajador ilegal, termina en el mismo círculo
(porque necesita desesperadamente dinero para operar a su madre internada);
-un árabe cristiano tiende una trampa mortal a su empleado musulmán al descubrirlo enamorado de su hija
(aunque antes habíamos visto cuánto apreciaba a sus trabajadores);
-un policía judío golpea encarnizadamente al adolescente palestino
(pero por enloquecer tras haberle visto el reloj que cree que robó a su hermano, un soldado israelí desaparecido).

Pasado en limpio, los personajes incurren en la violencia o en lo delictivo por un factor trágico casual a pesar de ser esencialmente buena gente: así de mecánico es este guión que nivela razas, etnias y prejuicios escamoteando las políticas israelíes que posibilitan esos escenarios sociales siempre a punto de estallar.
Entonces, todos somos víctimas, no hay responsables, que-se-le-va'cer, el mundo es una porquería, ya lo sé.

En la línea del pesimismo cool -¿Babel?- la fatalidad deviene en astucia comercial, puesto que un objeto de estas características ¡claro que es para un Oscar! : no ofende a nadie, elude la culpa del Gobierno y le atribuye todas las calamidades al azar.
Y la frutilla del postre para un marketing perfecto es que está co-dirigida por Scandar Copti y Yaron Shani, palestino e israelí respectivamente.


Dos antídotos para Ajami:





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Jaffa, the orange's clockwork de Eyal Sivan.
Optimismo subversivo demostrando la viabilidad de coexistencia tolerante en esa zona a partir de datos y testimonios reales que prueban que tal cosa ya ocurrió y fue borrada por razones de Estado.

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Las cinco temporadas de The Wire, de David Simon.
Pesimismo inteligente seccionando en forma transversal ambientes, clases, voces y entornos de una ciudad (Baltimore) para probar, en un relato apasionante, cómo todo interactua y se condiciona mutuamente a partir de políticas subordinadas a la ruta del dinero.
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