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sábado, 27 de noviembre de 2010

Amor, obsesión y copias (Folletín cinéfilo - Parte 2)

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- Vamos, Elle, tú también has disfrutado con el juego de proyectarnos en otros.
- Hasta que lo lúdico devino en mera perversión, en existir en relación especular a lo que leíamos en libros o veíamos en una pantalla.

Un relámpago, una efímera ensoñación. Elle se relaja y es tomada por un recuerdo.
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- ¿Cuánto habremos suspirado con todo el amor que Julie Delpy y Ethan Hawke dejaban escapar luego de que la casualidad los juntara para un día inolvidable en Viena?
Decías que éramos como ellos pero con más suerte, porque nos habíamos reconocido inmediatamente el uno para el otro y sin otra opción que una vida compartida.
- Bueno, aún la compartimos. Por otra parte, si no me equivoco, ellos volvían a tener otra oportunidad en París.
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- Eso era en una secuela filmada unos cuantos años después que ya no vimos en el cine sino en el living de nuestra casa, olvidados los suspiros, yo ocupándome de nuestros pequeños hijos y tú, como siempre, en tu mundo teórico de copias y originales. - Hey, ¡que no estamos en el peor de los mundos, no hay por qué ser tan pesimista!
- Eres cruel.
- No, realista. Y para seguir con tu metodología de la comparación, si proyecto nuestra pareja en el futuro, la visualizo menos como July Delpy y Ethan Hawke que como Simone Signoret y Jean Gabin en El Gato: dos viejos que ya no se hablan, puro rencor mudo.
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Mira nuestro presente cercano: la preventa del libro en las universidades ya es un éxito y con la excusa de su lanzamiento estamos recorriendo increíbles paisajes europeos. Sólo piensa que de acá a dos semanas el tour finalizará en uno de los más prestigiosos salones editoriales de Paris.
- ¿Y dime, en qué parte de la ecuación entraría yo?
- Bueno, estamos juntos, nos acompañamos...
- Un apéndice del señor profesor.
- No te victimices, tú has dejado tu carrera porque quisiste, por el llamado del reloj biológico maternal, por desidia o por lo que diablos fuera, pero no me eches la culpa a mí.
Por otra parte, deberías estar orgullosa de haber criado dos hijos tan bellos e inteligentes...
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Elle no se molestó en rebatir el cinismo de James y cerró las esclusas. No iba a discutir la mentira que, a fuerza de repeticiones, él había terminado estatuyendo como verdad. Era desgastante. Cambió la cara (una vez más) y, puesto que ambos habían dejado sus celulares en la habitación del hotel, le pidió que la aguardara mientras hacía una llamada telefónica a su amiga Martine desde la pensión que podía verse frente a la plaza de Lucignano.
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Martine era su contracara. Independiente, audaz, capaz de tomar riesgos (por eso se había casado y separado unas cuantas veces). A James lo incomodaba, porque sentía que cuando su mujer estaba con ella perdía influencia y era expulsado por una atmósfera de sobreentendidos y códigos secretos.
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Elle necesitaba que el teléfono la comunicara rápido y no pensar demasiado ni posibilitar el arrepentimiento. Simplemente darle el okey a la terrible solución que su amiga, frente a su angustia matrimonial, frecuentemente le había insinuado como posible.
La conversación fue breve, y Martine, concisa, le dijo que una vez que activara sus contactos en París no se podría volver atrás.

Antes de salir de la pensión para reencontrarse con su marido Elle tuvo que pedir que le dejaran pasar al toilette. El temblor de labios y la súbita palidez debían desaparecer.
Para atravesar las dos semanas restantes del tour de presentación del libro de James cumpliría impecablemente con el requerido rol de sombra amorosa. Debía ponerse linda.
Lo primero que hizo fue sentarse junto a él en las escaleras donde la estaba esperando, apoyar la cabeza en su hombro y proferir, como exhalando:
- Que va... seamos felices.
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El tiempo voló.
Luego de Roma, Florencia y Lyon, llegó el broche de oro parisino.
James, aunque sabía de memoria sus líneas -utilizadas diez veces en tres semanas- y cómo cautivar al auditorio con su mesura sajona, sentía, excitadísimo, que no iba a ser lo mismo con tantos admirables referentes sentados en el gigantesco auditorio, y con tanta publicidad en los medios de una ciudad que, en lo cultural, oficiaba de centro planetario de legitimación.
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Elle procuraba tranquilizarlo; y eso, viéndola arreglarse y poniéndose hermosa para acompañarlo a la presentación más importante de su vida, lo conmovía y relajaba. No podía creer la suerte de tenerla a su lado, y de que se hubieran desvanecido como por arte de magia los reproches con que lo bombardeaba semanas atrás.
- James, voy al lugar un poco antes. Quiero degustar la llegada de la gente, ver cómo se preparan para escucharte, incluso quiero ver si reconozco algunas celebridades, ¿podrás concederme tal veleidad?
- Claro, luego me cuentas.
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El evento está por comenzar. El salón es un desborde de personajes que habían decidido -quién sabe cómo funcionan las modas intelectuales- que el último libro de James Miller era un acontecimiento.
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Todo dispuesto entonces para que el autor ingrese entre aplausos y se ubique frente a uno de los micrófonos, previa introducción del editor responsable.
Pero el autor no aparece.
Un desafortunado incidente en la calzada, a metros del lugar, acaba de matarlo. Volaron él y unos cuantos libros que llevaba en la mano para autografiar.
Motos a contramano, borrachos conduciendo, no se sabe bien.
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Elle sonríe casi imperceptiblemente: lo del escritor atropellado lo habían visto juntos hace poco en otra película.
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..................................................FIN
.Las fotos:
1 - Juliette Binoche y William Shimell en Copie Conforme (Abbas Kiarostami, Francia, Italia, Irán, 2010)
2 - Julie Delpy y Ethan Hawke en Antes del Amanecer (Richard Linklater, USA, Austria, Suiza, 1995)
3- Julie Delpy y Ethan Hawke en Antes del Atardecer (Richard Linklater, USA, 2004)
4 - Simone Signoret y Jean Gabin en El Gato (Pierre Granier-Deferre, Francia, 1971)
5 y 6 - Binoche y Shimell en Copie Conforme.
7 - Isabelle Huppert en Les Soeurs Fâchées (Alexandra Lecrére, Francia, 2004)
8, 9 y 10 -
Copie Conforme11 - El Escritor Oculto (Roman Polanski, Francia, Alemania, Inglaterra, 2010).

viernes, 19 de noviembre de 2010

Amor, obsesión y copias (Folletín cinéfilo - Parte 1)

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La situación se repetía una y otra vez: el indulgente auditorio preparado para aplaudir la ponencia de su esposo, y ella acompañándolo desde un discreto segundo plano.
Pero ella, Elle, esta vez había alcanzado su límite de tolerancia. A una semana de iniciada la gira presentación del libro que recopilaba las teorías de James sobre la relación entre una obra de arte original y sus copias, sentía como nunca la falsedad y la autocomplacencia de los ambientes universitarios, siempre dispuestos a celebrar al intelectual de la propia camarilla.



Lo peor era que ya no soportaba la planificada seducción que James ejercía con el público, el discreto encanto inglés con el que disfrazaba su pereza. El experto en patrimonio cultural repetía las mismas frases hacía décadas, y nadie, salvo ella, parecía darse cuenta. Sus oraciones, además, caían con puntualidad fingidamente natural y la enervaban:
"Mejor una buena copia que un original"; "escribí el libro para convencerme de mi propia idea", etc. Un compendio de lugares comunes.
Elle intentaba encontrar en su interior algo que le sirviera para volver a encender, si no la pasión, por lo menos cierto cariño que le permitiera no decodificar como hipócrita cada palabra que profería James.



¿Por qué justo ahora, en este viaje por Italia que tantas parejas podrían envidiar, emergía tanta crispación hacia su marido? ¿Es que, súbitamente, luego de 23 años y dos hijos, se había agotado el amor, y con él su paciencia?

Estos pensamientos y el dolor que le traían habían insonorizado el lugar; el ruido de las palmas del final de la conferencia la sobresaltaron, regresándola al rol de amable mujer detrás del gran hombre.

El sol brillaba en la región de Toscana y James estaba finalizando el ritual de las dedicatorias escritas en cada ejemplar vendido. Elle prefirió sacarse de encima el pesar (incluso hizo un gesto involuntario de espantar una mosca) e invitarlo a pasear a Lucignano, un pintoresco pueblito a corta distancia.


La ruta en perfecto estado y la previsibilidad de la conversación lo relajaron a él y la hicieron sonreir a ella, que se sabía de memoria el libreto.

- Elle, siento como si repitiéramos el viaje de mis padres.
- Es muy distinto, ellos habían ido más al Sur, a Napoles, y no para presentar un libro sino para vender una propiedad.

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- No puedo evitar la comparación, sin embargo. En un punto, estamos copiándolos.
- ¡Ya comienza la aplicación salvaje de tus teorías sobre el arte al mundo real de las personas de carne y hueso...!
- ¡Es que ambos mundos son lo mismo! Mira, ¿recuerdas la foto de mi madre en el auto durante ese viaje, la que tiene sobre su cómoda? Tal como estás sentada ahora la reproduces. O la mejoras. Eres la superación del original.

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Efectivamente, el diálogo calcado de cientos de similares que ya habían mantenido, incluyendo el elogio lateral de James, más cortés que sincero.

Llegando a Lucignano, un acordeón inoculaba la alegría danzante de jóvenes parejas que, fiel a una tradición, iban a casarse a la región de Toscana porque creían que traía buena suerte. Y los colores de la villa, y los matrimonios longevos que allí se veían, parecían darles la razón.
A Elle la angustia le arrugó el autoinsuflado ánimo, deseaba estar sola y lejos.


En cambio, arrastró a su esposo a un museo, deseaba mostrarle un cuadro específico.
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- Fíjate, por siglos se creyó que era un cuadro original y hace sólo 50 años descubrieron que era una copia. Podrías utilizar esto para tus presentaciones.
- Querida Elle, percibo un dejo de ironía en tu comentario; pero sí, tienes razón, ilustra el punto, porque más allá de que la palabra "original" tiene una connotación positiva indudable, para la gente de aquí, que la tiene cerca y puede admirarla, esta copia significa mucho más.
- Estás obsesionado con tu teoría y todo lo vuelves funcional a ella.
- Pero si no es teoría, y lo hemos comprobado juntos. Si pudieras bajar tu nivel de sorna y remontarte a nuestro viaje a San Francisco, seguramente recordarías cuánto nos había impresionado aquella mujer que en el museo pasaba horas sentada frente al cuadro de la dama antigua. Parecía poseída.
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- Sí. ¿y?
- Creo que quería ser la mujer del cuadro. Ahora, si me permites, era mucho más bella que la pintura que la desvelaba; en mi consideración, ella era el "original".



- Tengo presente su hermosura, sí, y también su tristeza. ¿Qué estaría buscando en ese retrato?
- Imposible saberlo.
- Salgamos de aquí, me ahogo. Caminemos un poco.

El sendero rústico, las casitas primorosas y el sonido de los pájaros que acompañaban eran un marco que significaba cada vez menos. La charla iba perfilándose hacia una dirección precisa, hacia ellos.
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- La manera en que miramos cambia el valor de lo que estamos mirando. ¿De quién se había enamorado el detective de esa vieja película, Laura? ¿del cuadro o de la mujer que había posado y cuyo asesinato estaba investigando?
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¿y qué, sino una vida familiar mediocre, hacía que el profesor de, precisamente, La mujer del cuadro, se obsesionara hasta el crimen con el retrato al oleo exhibido en el escaparate de un negocio?
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- Basta, te pones maníaco y pierdes sentido de la realidad. Ni siquiera sabes bien quién es la persona que vive contigo hace tantos años.
- Eres la mujer que elegí, y también eres distinta a ella. Mira esta foto que guardo en la billetera...
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- Odio esa foto mía.
- La odias porque envidias a esa joven que me apasionaba y que ya no existe más. El original de ti.
- Pues mi versión actual es, en parte, responsabilidad tuya, me he vuelto una sombra poco atractiva.
¿Sabes qué?, el hecho de que lleves esa foto contigo demuestra hasta qué punto nuestro matrimonio siempre ha estado condicionado por tus idealizaciones.
- Exageras...
- Uf, ¿recuerdas aquella pareja que casualmente conocimos cuando viajamos a la Argentina? Durante meses, y sólo porque parecía quererse y llevarse bien, sentenciaste que debíamos tomarla como modelo de la felicidad conyugal.
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(continúa aquí)
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Las fotos:
1 - El auditorio de Copie Conforme (Abbas Kiarostami, Francia, Italia, Irán, 2010),
2 - La presentación del libro. William Shimell en Copie Conforme,
3 - Juliette Binoche en Copie Conforme,
4 - Shimell y Binoche camino a Lucignano en Copie Conforme,
5 - Ingrid Bergman y George Sanders camino a Nápoles en Viaggio in Italia (Roberto Rossellini, Italia, Francia, 1954),
6 - La Bergman en Viaggio in Italia,
7 - La Binoche en Copie Conforme,
8 - Shimell y Binoche en Copie Conforme,
9 - Juliette Binoche y el cuadro "La Copia Original" en el museo de Lucignano en Copie Conforme,
10 - Kim Novak en el museo de Vértigo (Alfred Hitchcock, USA, 1958),
11 - El cuadro de la Dama Carlota en Vértigo,
12 - Kim Novak contemplándolo en Vértigo,
13 - Shimell y Binoche por los senderos de Lucignano en Copie Conforme,
14 - Dana Andrews contemplando el cuadro de Laura en Laura (Otto Preminger, USA, 1944),
15 - Edward G Robinson contemplando el cuadro de Joan Bennett en La Mujer del Cuadro (Fritz Lang, USA, 1944),
16 - Juliette Binoche en La Insoportable Levedad del Ser (Philip Kaufman, USA, 1988),
17 - Maré y Pablot en Road to Salta (Alan Smithee, Argentina, 2007)
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lunes, 21 de septiembre de 2009

Un programa doble sorprendentemente compatible

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Pude saldar una vieja deuda conmigo mismo: ver ¿Dónde está la casa de mi amigo? de Abbas Kiarostami. El mero azar quiso que fuera sólo tres días después de Bastardos sin gloria.

Despojamiento versus barroquismo, realismo social versus ucronía posmoderna, a primera vista no podría haber películas más antitéticas.
O eso pensaba, pero ya no, porque los días siguientes fueron sedimentando las sensaciones y dando lugar a un pensamiento que las alineó en un mismo horizonte conceptual.
En tono serio o mordaz, en forma directa o elíptica, una desde el Irán de 1987 y la otra desde la Norteamérica del 2009, ambas pueden ser leídas como textos que cuentan estrategias individuales para eludir la opresión de un regimen totalitario.

Uf, esto que percibí evidente se torna farragoso al intentar explicarlo, pero intentémoslo (antes de que los puristas, siempre preparados para ubicar cada obra en su respectivo estante inmóvil, me tiren algo por la cabeza).
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En ¿Dónde está la casa de mi amigo? Ahmed, un chico de 8 años que está por hacer los deberes escolares, se da cuenta de que tomó equivocadamente el cuaderno de un compañero, y que si éste no presenta la tarea al otro día va a ser expulsado por el maestro. Una situación que deriva en las peripecias centrales de la película: la odisea para devolvérselo.
Empatizamos con él en seguida porque se advierte desde el vamos que se mueve en un universo de adultos implacables "bajando línea" e imponiendo su ley sin escuchar razones de niños.
Planos largos muestran al chico por callejuelas y parajes que conectan una región con otra, avanzando en línea ascendente o zigzagueante mientras se va dibujando la paradoja: Ahmed debe transgredir para hacer lo que es correcto.

Como en muchas películas iraníes, los niños son el caballo de troya con que los directores metaforizan el estado de las cosas logrando sortear la tosca censura preparada para detectar lo explícito.
Por otra parte no es caprichoso recordar que en la época en que apareció este film el Ayatollah Komehini, líder supremo de Irán, barriendo de un plumazo la occidentalización previa, manejaba todo desde la ley islámica que había instaurado. O sea, una vida social hipercodificada en donde el control ominímodo era ejercido contra el menor atisbo de sentido común: más o menos lo que cuenta la película.

(Si quieren ahondar un poco más sobre esta cuestión, pueden ver la didáctica animada de la francesa Persépolis de Marjane Satrapi, un recorrido por la Historia contemporánea de Irán a través de la historia autobiográfica de la joven Marjane, otra mirada sobre los efectos del fundamentalismo iraní pero desde un punto de vista netamente europeo y en retrospectiva desde el 2007)



















"Los recuerdos del pasado no son recuerdos de los hechos, sino recuerdos de tu imaginación de los hechos"
(Philip Roth- The facts)

En Bastardos sin gloria el "erase una vez, en la Francia ocupada por los nazis" parece relajarnos para el cuento de hadas - o para no tomarnos demasiado en serio nada de lo que pase -, pero ése es aquí el disfraz.
Por supuesto, podemos deslizarnos por los pasillos mutirreferenciales cool - pochoclo en mano - y babear admirativamente la técnica narrativa Tarantino´s style. Y nos perderíamos la pregunta que subyace más allá de esa capa refulgente: ¿ no es la estética adecuada en función de lo que se nos quiere contar?

Masacrada toda su familia por orden del coronel nazi Hans Landa, la joven judía Shoshanna Dreyfus escapa por un pelo, y deja de ser víctima para forjarse como Emmanuelle Mimieux, mutando de muchacha campesina en mujer independiente, propietaria de una sala cinematográfica que obrará de instrumento de venganza contra Hitler, Goebbels y otros nazis que, causalmente, se congreguen allí.
Ésta, la principal línea argumental de esta obra en capítulos, convive con la de la patrulla comandada por el teniente Raine (los "Bastardos") en búsqueda permanente de soldados alemanes a los que matar en disfrute sádico, así como con la subtrama de la agente doble Bridget von Hammerrsmark - tan parecida a Hanna Schygulla en Lili Marleen -, entre otras peripecias de la trama.
Todo desplegado en un tablero geográfico de un realismo digno del TEG, en el que los encuentros, reencuentros y equívocos entre los personajes se producen por azar o necesidad (del azar).

Y sin embargo, lo que muchos desecharían como pastiche posmoderno - historia tergiversada, diálogos estirados y gratuitos, elementos heterogéneos como Morricone y Bowie en la misma banda de sonido, sadismo sin justificación dramática, y otros etcéteras que los que odian al cine de Tarantino aman denostar - encubre aquí una aguda reflexión muy actual acerca de la violencia, pero no solo la del mundo audiovisual, sino la del mundo a secas.

Porque rasgando la epidermis de Bastardos... (y aclarando pronto que no considero a ningún tipo de cine mímesis de la realidad) es posible advertir que ...

- los soldados americanos - Brad Pitt a la cabeza - se nos muestran más crueles y perversos que los mismísimos nazis, y que esto no nos suena descabellado a partir de Irak...
- el manipulador "Cazador de judíos" Landa seduce en su perversidad inteligente tal como seguramente lograba hacerlo el Yago de Otelo con los espectadores contemporáneos al teatro isabelino. El mal y el oportunismo incomodando pero provocando fascinación, ¿desde dónde lo estamos admirando a tamaño hijo de puta?
- Shoshanna termina quemando viva a mucha gente menos al que asesinó a su familia. Lulú abriendo la Caja de Pandora y ocasionando el único holocausto explícito visible en la película. Interesante fábula sobre la justicia por mano propia.
- El propio embeleso que nos puede producir el juego de ver nazis ardiendo en una sala cuyas puertas están atrancadas obturando la salida - sí, ya sé en qué están pensando - debería luchar contra la repulsión que tendríamos que sentir frente a esas personas concretas muriendo carbonizadas ante la risa -diabólica - de quien se está vengando acaso en nombre de todas las víctimas.


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Conque, dos obras que nos permiten ingresar en mundos inventados - no engañarse por la ilusión documentalista de la iraní - pero que plantean, con estéticas diferentes, maneras de resolver situaciones individuales de opresión: Ahmed desde el ingenio un poco naif y la esperanza de una flor en un cuaderno, Shoshanna desde su condición progresivamente adquirida de ángel vengador implacable.

Pero...¿son TAN distintas en los recursos narrativos que utilizan?

Más allá de los oropeles que intentan disimularlo, la de Tarantino (al igual que la de Kiarostami) respeta a rajatablas el planteo, nudo y desenlace que prescribe la poética aristotélica. Ambas, además, trabajan una noción de suspenso hitchcockiana: ¿llegará Ahmed a entregarle el cuaderno a su amigo antes del día siguiente? (presenciamos cómo el día corre y el tiempo se le acaba), ¿explotarán la bombas ubicadas debajo de las butacas del cine de Shoshanna? (el montaje paralelo de acciones simultáneas en espacios diferentes retrasan la resolución y logran inquietarnos).

La experiencia de verlas con pocos días de diferencia ratificó hasta qué punto cines tan disímiles en su estética y/o condiciones de producción pueden igualmente increparnos acerca de nuestra apreciación de lo ético, un principio permanentemente sometido a corrosión.
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