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viernes, 17 de septiembre de 2010

(...)

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El ojo derecho, cuesta abrirlo. El sudor pesa.
No hay otro punto de referencia que la oscuridad enmarcando mi rostro.
Intento escrutar el espacio limitado. Todavía se puede respirar.
¿Un laberinto?
Algo se activa, soy movido. Una punta brilla.
Algo se me clava.
Una línea de sangre cae vertical por la frente.
¿Qué? ¿dónde? ¿cómo?
Un portón metálico acaba de cerrarse. Eso parece.
Intuyo estar del lado de adentro.
¿De qué? ¿desde cuando?
Me palpo. Un líquido denso a la altura del estómago.
¿Es mía esta sangre?

Intentar pensar. No se puede.
Lo único es esta estrechez ahogándome.
(Sí, sí, tranquilizarnos creyendo estar en un sueño indoloro)
¿Dónde estaba yo antes de esto?

Mierda. Imposible pararse, el techo cavernoso está a centímetros de mi cuerpo horizontal.
Me arrastro.
Un tubo metálico recorre, hasta donde puedo ver, toda la pared lateral. Su frenético desplazamiento traba mi mandíbula y obliga a que mi boca se mantenga abierta. Mis dientes rechinan, hacen chispas.
Ya ni siquiera puedo gritar.



CLANC, CLANC. ¿Escucho o es la banda sonora que imagino para esta tortura?
Ahora no sé si estoy parado o acostado, ni si es agua o viruta lo que salpica mi cara.
Una certeza: duele.
Y la nueva pregunta: ¿soy yo el que se está rompiendo?

Un estrépito sonoro inicia súbitas aceleraciones.
Todo está más negro que antes y me cuesta despegar el cráneo de estos clavos.

Al sesgo descubro otros cuerpos lamentándose. Necesito no habérmelos inventado. ¡Que sean reales, por favor!
La carne lacerada aúlla.
(¿Es el purgatorio? ¿cuantos somos?)

Razonar, razonar.
¿Descarto ser prisionero de guerra? ¿estoy siendo sometido a un brainwashing? ¿de quién soy el juguete?
Si pudiera recordar qué era antes de convertirme en esto que repta.

Esfuerzo estéril. Mientras pienso, el lugar se comprime aún más.
¡Maldición! No consigo discernir si es un conducto, una caja o un océano.
¿Me drogaron?



De repente, lo ocre de las paredes musgosas explota en una solarización intermitente. Un electroshock centelleante que lastima mi visión y me obliga a pronunciar disculpas.
Perdón, perdón...

Me pesa todo: las uñas de los pies, el hombro, los codos.
¿Dónde empiezo yo, dónde este cubículo? ¿Hay una frontera que nos divida?

A pocos centímetros, un agujero al ras del suelo.
Puedo empujarme hasta allí.
Lo hago, me deslizo adentro.
Estoy en la misma situación que antes pero en un túnel más estrecho.
Imposible gatear, menos incorporarme.
Soy un lagarto en terreno pantanoso. Busco una esclusa.

Vislumbro otro cuerpo a poca distancia.
Su gotear rojo y su mutilación certifican la imposibilidad de una salida.
Flotar desmembrado en este charco, ése parece el destino.



Una hermosa mujer,
ojos amados, labios púrpura
(¿la veo? ¿la recuerdo?),
sugiere que me refugie en la introspección.
Pero al hacerlo,
la ristra de momentos recuperados (que la incluyen),
me provoca lágrimas más dolorosas que el tormento físico.
Es otra trampa. Prefiero concentrarme en un escape y hacer de cuenta que estas agujas oxidadas que escarban mi epidermis son, apenas, detalles del frío húmedo.

(Pronto, aventar esa otra amenaza psíquica: la certidumbre de que nada espectacular nos espera incluso si, de alguna forma, salimos de aquí.)

Apoyo los antebrazos, me impulso con la voz, pero avanzo menos,
porque el terreno se puso acuoso y no puedo ignorar que estos resbaladizos montículos que intento hacer a un lado son restos de cuerpos.
¿Quién montó esta instalación?
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Hacia atrás, un rumor de agua, de inminente torrente.
Poco aire.
O buceo o me ahogo.
¡Vamos!
Despejo el cardumen de manos inertes que flotan y entorpecen.



Un microsegundo en líquido amniótico,
una breve ensoñación que, de todos modos, se interrumpe.
Porque mi realidad
¿horizontal? ¿vertical?
es que estoy atrapado en un bloque rectangular de cemento,
inundado hasta la cintura,
y con el techo descendiendo y presionándome la cabeza.
¡No va a doblegarme! ¡YO voy a atravesarlo!
¿Qué más da, a esta altura, un parietal fracturado?

Lo logro.



Si acabo de morir o no carece de relevancia. Salí del laberinto y ahora, tendido en el piso blanco de mi luminoso estudio, mientras mi sangre se expande en círculos concentricos y se intersecta con la de mi mujer, ecos de una vejez que nunca habremos de vivir terminan de bajar el interruptor.


(Texto escrito inmediatamente luego de ver Haze de Shinya Tsukamoto, Japón, 2005.
Las fotos pertenecen a la película, así como la frase, que copié textual: "Nada espectacular nos espera incluso si, de alguna forma, salimos de aquí").
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domingo, 13 de junio de 2010

¿A quién se le ocurre hablar de cine durante el Mundial?

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Pues, upalalá, a...¡Fernando Niembro!, uno de los comentaristas futbolísticos más parapetados del establishment televisivo argentino.

Y no lo hace en el contexto de la tradicional nota de color que intenta encubrir los tiempos muertos antes de un partido.
Nones, lo suyo es tomar riesgos. Lo hace en pleno Nigeria- Argentina, más precisamente en medio de una ofensiva cercana al arco africano.

El chip de autoencendido (¿se lo habrán implantado?) se le activó redepente, y descerrajó [cito de memoria] :
"¿saben cuál es el país que produce más películas?"
(y la dejó picando un rato, como el actual modelo de pelota mundialista, que va para cualquier lado)
"el primero es India"
(Messi, Tevez e Higuaín en la medialuna intentando penetrar la defensa, pero a quién le importa)
"el segundo no es Estados Unidos, Hollywood sino...Nigeria"

El mismo sentido de la oportunidad que reconoceríamos en Víctor Hugo Morales si se pusiera a describir el segundo acto de La Bohème en la inminencia de un penal, con la salvedad de que conoce más éste de ópera que Niembro de cine.

Pero seríamos injustos si sólo señaláramos sus frases tautológicas (como una de hoy más o menos así: "X es ligero, X es rápido, X es veloz"), o su costumbre de hablar siempre demasiado bien de determinados jugadores - Verón, ostensiblemente - ocultando sus bajas performances bajo el sencillo trámite de enterrar a otros que no son santos de su lobbysmo.

Saludamos su iniciativa al agregar un plus cultural al partido (fútbol + cine, si hubiera mencionado al tango tendríamos "los tres berretines"), y aguardamos con ansiedad que en mitad de Argentina-Corea levante la apuesta y se explaye acerca de las inusuales mezclas genéricas de Park Chan-Wook o Bong Joon-ho, señeros directores cinematográficos de ese país asiático.
E inclusive que, contra Grecia, cada vez que acontezca una sucesión de elegantes pases hacia adelante sin que se corte el juego, se anime a señalarnos el paralelismo formal con los bellos planos secuencia característicos de Theo Angelopoulos.
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miércoles, 19 de mayo de 2010

¡Aquí podemos hacerlo!

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Nota: Lo que sigue es un esbozo de historia pergeñada luego de ver El escritor oculto, la última de Roman Polanski.


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Desde el bunker de C.S.M en Anillaco se terceriza la búsqueda de un escritor que lo ayude a finalizar sus memorias.
La apetitosa cantidad de dinero que se le ofrece a "X", que resulta seleccionado, le hace dejar de lado sus reparos bienpensantes, y hacia allí se dirige en el avión especialmente fletado desde Buenos Aires para aterrizar en la pista riojana propia construída con dinero de vaya uno a saber dónde.

Fornidos hombres de seguridad, intercomunicados por walkie-talkies, lo conducen al interior de esa amplia mansión enclavada en el relieve montañoso.
Mientras atraviesa salones de hipertrofia barroca, humildes empleados domésticos, rostros de sospechados familiares (más tarde dudará haberlos visto) y hombres trajeados que imagina asesores, lo observan con sorna e indolencia.
Cuando la doble puerta del salón principal se abre de par en par, copa en mano y sonrisa seductora, C.S.M en persona lo recibe y le da instrucciones, deseoso de perpetuar la verdadera historia de su vida, la de él, la autorizada.
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"X" deberá corregir, completar y dar forma elegante a las casi trescientas páginas ya escritas por "W", su antecesor en la tarea fallecido días atrás. Eventualmente, si resultara necesario para la coherencia del texto, podrá conversar con el ex-presidente sobre temas puntuales.

La habitación que se le asigna para su estadía resulta óptima: una vista estupenda de las sierras, una cama mullida, un plasma de 42" y un escritorio con notebook.
Pero a poco de comenzar a leer, "X" experimenta la inconsistencia del relato, la autoindulgencia del retratado ("todo, hasta mis errores deben enmarcarse en mi gesta por construir el mejor país del mundo") y, sobre todo, muchísimo aburrimiento.

Como le dieron un mes para cumplir el encargo, se relaja y prende el televisor. Sólo para sorprenderse con la noticia de que el Tribunal Penal Internacional de La Haya, a partir de pruebas fehacientes, acusa a su biografiado de haber sido, en 1995, el cerebro inductor de la voladura de los depósitos de la Fábrica Militar de Río Tercero. Así, un hecho oficialmente etiquetado y archivado como accidente con saldo de muertos resucita, e incluso expande las conjeturas de entonces: el fiscal del Tribunal asegura poder probar que la explosión que encubrió la exportación de armamento a Croacia y a Ecuador tuvo el apoyo logístico de un hombre clave de la política militar estadounidense.

"X", que para aceptar ser el "escritor oculto" de C.S.M había conseguido obturar su ética, focalizarse en el suculento dinero que recibiría y no pensar en la corrupción de ciertas privatizaciones ni en los factibles encubrimientos a los responsables del atentado a la AMIA, siente ahora que es mejor apagar el aparato y salir a caminar, tomar aire.

Mente en blanco, se aleja hasta perder el sentido de la orientación. Una casita precaria aparece en el horizonte y con ella la posibilidad de preguntarle a alguien exactamente cómo volver. El morador, un viejo con la cara curtida, le dice que se aleje de la mansión de C.S.M, que en la última semana un visitante, un tal "W", fue asesinado.

"X" se sobresalta. Piensa: ¿"W", su antecesor en la tarea de redactar las memorias de C.S.M., eliminado?
Sudando, comenzando a temerle a cosas que no alcanza a discernir, acelera su paso de regreso a la mansión mientras toma conciencia, mirando al sesgo, de que un automóvil lo sigue a distancia desde el mismísimo momento en que salió a ventilarse.

Ya en su cuarto retoma la lectura -esta vez más atenta- del material escrito por "W", notando ciertas letras casi imperceptiblemente remarcadas en la página con doblez que refiere a la época en que el ex presidente cursaba abogacía.
De repente, cae en cuenta de que está alojado en el mismo espacio en que lo estuvo el posible asesinado, y no tarda en descubrir en la ropa que aun permanece en el placard un papel con un número de celular manuscrito.
Temeroso, pero más que nada intrigado, llama utilizando el suyo (no quiere usar el teléfono de línea por prevención). Cuando atienden, reconoce la voz ronca de un conocido ex funcionario sobreseído en demasiadas causas. Siente un escalofrío. Corta.
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Una cosa está clara: fue un estúpido al usar su teléfono para comunicarse; ahora este oscuro personaje lo tiene registrado.
Y súbitamente otra cuestión lo está: vista esa página del libro desde cierta distancia, las letras remarcadas en los distintos renglones generan la ilusión de un espiral descendente. Al explicitar el dibujo uniendo las letras con un lápiz, "X" visualiza un nombre: "Richard Bruce Cheney"
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Las hipótesis comienzan a danzar en carrusel por su cabeza y todas son ominosas.
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Bueno, no quiero ir más lejos en el experimento. Simplemente se me ocurrió que si el guionista de El escritor oculto pudo convertir en script su desencanto por la genuflexión de Tony Blair ante las políticas estadounidenses en Irak, ¿qué no podría hacer algún memorioso guionista argentino con toda su desilusión?
Luego, sólo restaría conseguirnos un Polanski.

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viernes, 10 de julio de 2009

El Diccionario del Campeón

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Por: Lucas Taskar













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(NOTA DEL EDITOR: nos vamos bien, bien fuera de programa hacia otro tipo de fiesta no cinematográfica pero tan igualmente inolvidable como la de Peter Sellers: Vélez campeón del Clausura y mi hijo debutando en el blog. Único caso conocido de chico que hace a su padre hincha de un club de fútbol y no viceversa como dicta la tradición.
¡Bienvenida tu pasión, Lucas Taskar!)
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Antes de comenzar: sé que el contexto cinéfilo de este Blog no me avala, pero al habitual lector de este espacio cibernético puede llegar a interesarle percibir la mutación de los genes del interés, que mientras en mi padre se presentan con la letra c de cine, en el mío se presentan con la f de fútbol, o mejor dicho, con la v de Vélez. Al futbolero nada más que lea y disfrute (o sufra).

Durante mi vida académica, que todavía continúa, aprendí cosas. Muchísimas cosas.
Aprendí a leer, a escribir sin equivocarme, a sumar, a multiplicar, a entender, a organizarme.
Creo que especialmente el colegio primario es esencial ya que son los primeros años de vida en los que uno empieza a absorber conocimientos que luego utilizará el resto de su vida.
Pero más allá de lo tanto que valoro todo ese proceso por el cuál ya pasé, también sigo enojado, molesto y un poco preocupado por la importancia que se le da a un elemento puntual. Un elemento el cual según pude averiguar parece ser imprescindible para todas las escuelas, e incluso muchos trabajadores de estos establecimientos, los queridísimos maestros, lo dignifican y lo utilizan como escudo frente a preguntas que muy ignorantemente no saben contestar.

Sí señores, ustedes saben que estoy hablando del diccionario.

Realmente nunca lograron convencerme de su eficacia y su valor, así como tampoco tuve suficientes pretextos como para descalificarlo.
Pero hoy me encuentro festejando un nuevo campeonato de mi querido Vélez Sarsfield y al repasar lo sucedido durante estas 19 fechas que culminaron con nuestro Fortín en lo más alto, pude confirmar mi teoría: el diccionario no sirve. Nos dice lo que quiere, como quiere, achica las definiciones, abrevia palabras pretendiendo que uno adivine y hasta miente.
Entiendo que desde mi humilde lugar es muy complicado revolucionar al mundo escolar y erradicar de una vez por todas aquel innombrable elemento, pero mi espíritu de lucha no me permite dejar de hacer un aporte para mejorar la calidad de este nefasto objeto.

A continuación realizaré un servicio para la comunidad: la aclaración y el desarrollo de ciertas palabras del diccionario acorde a lo aprendido durante el Torneo Clausura 2009, que se pintó de azul y blanco.

Popular: Que es peculiar del pueblo o procede de él.
Realmente es un enunciado bastante pobre para aquel lugar al que concurrí cada fin de semana. La popular es grito, es color, es energía, es mucha gente. Es bandera, es amigos y es una identidad. Popular es fiesta y locura.

Loco: Que ha perdido la razón. De poco juicio, disparatado e imprudente.
Si esta es la definición, no termino de entender por qué a lo largo de este torneo fui llamado por amigos y familiares de esa forma. Si viajé por el país para ver a mi equipo lo hice siempre con cordura, con alegría y haciéndome cargo de mis actos, feliz de seguir a Vélez. La definición de loco es entonces errónea, así como se han equivocado todos aquellos que usaron esa denominación para referirse a mi pasión.

Pasión: Estado pasivo en el sujeto.
Una definición impresentable. Lo que menos significa la pasión es la pasividad del sujeto, quien de manera totalmente contraria se encuentra muy activo. La pasión hace del hombre un ser casi incontrolable, muy decidido y sobre todo feliz. La pasión se refleja en cada momento junto al equipo, en un viaje a Rosario, Santa Fé, Tucumán o Jujuy, en cada grito, en el aliento.

Aliento: Respiración, aire que se respira.
Si el aliento es el aire que se respira, ¡cuánto oxígeno que tiene ese aire! Sí es cierto que el aliento te da energía como el aire, pero es mucho más que eso. Es un grito unánime, un coro de voces que te hacen sentir que uno pertenece a algo que quiere pertenecer. Aliento es mirar al que está al lado tuyo y verte reflejado en su rostro. Quien alienta canta, pide y felicita. Ama al gol, insulta al que no es como él y exige huevo.

Huevo: Cuerpo orgánico puesto por las hembras de algunos animales, que contiene el embrión y que da origen a una nuevo ser, en especial, el de la gallina.
Una de las definiciones más erradas del diccionario. El motivo principal de este grosero error es que relaciona al huevo con la gallina cuando 19 fechas, sumadas a algunos partidos de torneos sudamericanos nos mostraron que lo que menos se puede relacionar con el huevo es a la(s) gallina(s). Huevo queda definido por aquellos once muchachos con la V azulada en el pecho que en Santa Fé meten 4 goles cuando comienzan perdiendo por 2. Huevo significa empatar un partido contra un equipo con los colores argentinos dirigido por un vendehumo y respaldado por el ex presidente de la nación. Huevo es también olvidarse de todos esos periodistas que toman partido y que se hacen llamar profesionales, así como olvidarse de los hinchas del resto de los equipos que al no tener al suyo en situación de emoción, y al ser envidiosos de la institución futbolera más prestigiosa del país, pugnan por la derrota de aquella. Huevo es el Vélez campeón.

Campeón: Persona o equipo que obtiene la victoria en un campeonato.
Una definición no tan desacertada, pero si pensamos en el Vélez del Tigre Gareca podemos agregar: que pierde un solo partido, que tiene una base sólida, que prioriza el juego en equipo a las individualidades, que no sufre las lesiones, que tiene armonía en su vestuario, que lo merece, que no necesita de cábalas.

Cábala: Interpretación esotérica de la Biblia por los judíos.
Otra definición que no entiendo. Los que se hacen llamar periodistas quisieron relacionar a la palabra cábala con una campera negra que Gareca usó durante casi todos los partidos. Haber estado la cancha en 18 de los 19 partidos, siendo esa única falta en el encuentro que Vélez perdió, me hizo merecedor de este término. Yo prefiero eliminarlo del diccionario y dejar nada más que “suerte”. Esa suerte que le faltó a Huracán.

Huracán: Suceso o acontecimiento que causa destrucciones o grandes males.
Mucho me costó seguir escribiendo después de leer esta definición, de las más graciosas que leí en el diccionario. Huracán es (o fue) una moda, Huracán fue pura ilusión, Huracán es algo bastante chico y muy rara vez logra causar destrucciones o grandes males. Huracán es un técnico que habló mucho y que terminó siendo un llorón.

Llorón: Que llora con poco motivo o se queja habitualmente.
No estoy en desacuerdo con esta definición, pero agregaría un ejemplo: Ángel Cappa. En un fútbol tan poco digno como el argentino, en un fútbol en donde los árbitros se equivocan más de lo que aciertan, es de llorón recorrer canales de televisión al día siguiente de perder la final para exhibir un sentimiento de injusticia y de robo cuando durante todo el semestre esa persona se dedicó a hablar de “la magia” de su equipo, olvidándose que el árbitro se equivocó muy groseramente para Vélez también. Es de llorón también pensar que un árbitro cobraría a propósito a favor de la institución más odiada por el eterno y odioso presidente de la AFA.

Algunas otras definiciones que me parecieron incompletas:

Chapa: Trozo plano, delgado, y de grosor uniforme, de cualquier material duro.
Esta definición se completaría con: que corre y no para de correr hasta quedarse sin piernas. Hombre de zurda prodigiosa, que cambia la imagen frente al público. Distribuidor y ordenador. Sinónimo: Zapata

Uruguayo: de Uruguay.
Otra definición a la que le faltan detalles: que hace goles. Que tiene orgullo, que muestra sus ganas de cambiar la imagen. Que grita, que patea penales y no se decae si los erra. Que siente la camiseta. Sinónimo: Rodrigo López.

Poroto: especie de alubia.
No logro entender esta definición y supongo que nadie lo hará porque todos sabemos la verdadera: emblema de la garra, la fuerza y el sentimiento. Que se tira al piso siempre que es necesario. De esposa rubia de profesión modelo. Sinónimo: ídolo.

Ciertos términos no los pude encontrar pero, concordando con el diccionario, no merecen definición, probablemente porque no existan o porque sean una mentira: “Tiki Tiki”, “Subcampeón”, “Periodismo”, “San Lorenzo”, “Boca”, “River”.










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Otro torneo más que viví pendiente de mi Vélez Sarsfield.
Un torneo que me encontró viajando a todos lados para ver al equipo del tigre Gareca, para el asombro de la gente que me rodea y el sufrimiento de mis padres.
Un torneo que desde el principio dio indicios de que podía ser de Vélez.
Un Otamendi impresionante, un Cubero con pura entrega, un Montoya seguro, un Seba Dominguez que vino para ganar, un papa de selección, un Gastón Díaz importante, un Nico Cabrera que es parte de esta fiesta, un Razzoti que se vistió de Somoza, un Moralez que fue clave, un Larrivey que sintió la camiseta antes de jugar, un López que mostró quien realmente es, un Cristaldo con gambetas parecidas a las de Mauro Zárate, un burrito Martinez clave en las levantadas, un Nanni del que se percibe la onda que le ponía al grupo, un Ponce que pese a las lesiones estuvo presente, un Ocampo con goles claves, un Velázquez que creció mucho, un coronel que cuando entró cumplió.

Un equipo que logró que hasta mi viejo alquilara el codificado para ver la final.
Un equipo que emocionó y que da para ilusionarse a futuro.
Un equipo que aumentó la envidia del resto de la gente.
Un torneo que sacó a la luz lo antivélez que son los medios.
Un torneo en el que terminé llorando y gritando campeón.

GRACIAS VÉLEZ SARSFIELD DE MI VIDA POR OTRA ALEGRÍA!!!!!
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jueves, 2 de julio de 2009

Proust meets Godzilla (and Mothra)

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Del jardín de infantes al fin de la secundaria, todo por dos: las matrículas, las cuotas, las reuniones con maestros y profesores, el estar para ayudarlos, o el apartarnos cuando nuestra presencia los irritaba.
Ser padre de mellizos también hizo que me correspondiera ir a dos ceremonias de graduación distintas en la misma semana. Y, es notable, frente a la rigidez que tenían esos eventos de egresados a fines de los 70´s – me niego a escribir “en mi época” - instando a jurar fidelidad a tonterías o morir, con patriotismo prusiano y reaccionarismo a lo Miguel Cané, los actuales, más flexibles, luchan por desmarcarse de ese anatema, a veces histéricamente.
El marketing de algunos colegios privados es bifronte: hacia los chicos (¡somos un colegio cool!) y hacia los padres (¡somos la excelencia académica!), una dualidad esquizoide perfectamente comprobable en esos eventos de despedida. Que, por otra parte, ya casi no se llevan a cabo en los mismos lugares de estudio sino en auditorios o teatros. La “onda pedagógica" también entra por los ojos.

Dos días después de la graduación de mi hija aconteció la de mi hijo en el ND Ateneo, un espacio cultural de conciertos y debates en pleno centro de Buenos Aires. Allí me dirigí junto a mi esposa, mi mamá y la hermana del homenajeado, con entradas no muy baratas que previamente hubo que adquirir y que, justo es decirlo, estuvieron justificadas en el constatable despliegue de producción visto arriba del escenario. Porque eso fue un show, ¿o qué creían?.

Mucha gente, excitación adolescente y saludos por doquier entre los padres, intercambio de palabras con el rector piola - progre, a veces sus notas aparecen en Página12 -, profes contentos y empáticos, hermanitos que podrían llegar a ser nuevos clientes…
Del hall fuimos pasando a la sala, la música ya iba sonando y, ubicados en nuestras butacas – atrás y al costado, eso nos tocó -, el fade in de los reflectores del escenario, coincidiendo con el gradual fade out de las luces de la sala, indicaba en forma inequívoca el comienzo del evento o, mejor dicho, de la función.

Y fueron desfilando breves discursos - como conscientes de que el ritmo del espectáculo no debía decaer -, estudiantes emocionados subiendo a recibir reconocimientos, videos de profesores parodiando su rol y guiños para la “tribuna”. Un espectáculo escandido en su totalidad por performances musicales de diversa índole a cargo de los chicos: Coldplay por ensamble de cuerdas, "Somebody to Love" por grupo pop, tango femenino, y hasta un solo de batería ejecutado por el flaco de limpieza y mantenimiento de la institución.
Sonido e iluminación, impecables, teñían la experiencia de un sabor in concert, realzado también por el back projecting en la pantalla ubicada detrás del escenario.

Una banda un poco más rockera comenzó a versionar a Zappa, mientras a sus espaldas imágenes del Godzilla sesentoso, contundente en la destrucción de Tokyo, arrasaba edificios y ferrocarriles: el combo música/fragmento visual guardaba gran cohesión.
Apoltronado en mi asiento, me sumaba al entusiasmo moderado del auditorio.

De repente, un plano de Mothra, el monstruo lepidóptero, la polilla gigante, irrumpió en el segmento fílmico.
- Vas a ver que ahora vienen dos mellicitas en una cajita - comenté mecánicamente a Maré, sentada a mi izquierda.
- ¿Qué? - giró para mirarme con expresión a mitad de camino entre no haber escuchado y no comprender.


La imagen de las dos pequeñísimas hadas en la caja irrumpió allí adelante casi en simultáneo con mis palabras.








Mi esposa se sorprendió pero no demasiado, acostumbrada a mi instinto cinéfillo-eruptivo de activación espontánea, pero sí percibí perplejidad en algunas personas de la fila de atrás que, evidentemente, también oyeron y corroboraron al segundo la súbita aparición de lo que había anticipado.
Y yo, no por haberlo intuido menos impactado ante la emergencia de ese plano guardado vaya uno a saber en qué área de la mente, me fui de esa realidad de padres, hijos, colegios y graduaciones, eyectado espiritualmente de la sala hacia otro lugar...


...casi quemados los bifecitos a la plancha del sábado al mediodía mientras las Aelitas hablaban las dos al mismo tiempo y se comunicaban telepáticamente con Mothra que pasaba de larva a mariposa parecida a los colgantes de resorte de las habitaciones infantiles y allá iba por los mares de Japón a proteger el huevo gigante apropiado vilmente por empresarios inescrupulosos que querían ganar plata exhibiéndolo en un parque de diversiones en el blanco y negro de Cine de Superacción y Godzilla le eructaba ¿gases? pero un periodista y una chica trataban de que el ejército no le disparara al bello insecto y yo comía aliviado porque sí mamá sí papá ya hice deporte a la mañana en el club pero quién era el monstruo bueno y quién el malo me preguntaba mientras la super polilla batía sus alas y creaba maremotos y ciclones para que viéramos volar esos hermosos edificios, tanquecitos y personitas matchbox hasta que comenzara en continuado la peli que seguía y "¿otra vez la misma, no la pasaron hace poco?" la voz de algún hermano en el pasillo burlándose de mi enganche con Furankenshutain que era el Frankenstein de los nipones estudios Toho que obvio también se enfrentaba a un simil Godzilla y también protagonizaba ese momento que nada que ver pero que provocaba microsegundos de calentura fugaz en mis hormonas inocentes cuando se le iba al humo a la doctora que lo revisaba mirándole fijo ¿el guardapolvos? ¿las tetas? y al final tanto lío y sólo le sacaba la cadenita de oro y la hacía pendular babeando qué tarado aunque insondable qué le decía todo eso a un pibe de 11 en medio del almuerzo y discando entel para coordinar con amigos la salida de los sábados a la tarde opción favorita triple programa en el cine Atalaya de Canning y Córdoba siempre que no hubiera cumpleaños de alguien del grado entonces regalo varón libro de la colección Robin Hood o si mujer perfume Coqueterías salvo que fuera la que más me gustaba y entonces adosar tarjetita rectangular para una amiga muy especial o alguna que otra frase inventada que al final de tan críptica no revelaba nada salvo mi timidez para transmitirle eso mismo que quería decir o sea que me gustaba mucho y entonces malhumor hasta el día siguiente pero momento! en el cine Argos de Colegiales el mecha King Kong otro bicho gigante de Ishiro Honda me persiguió meses en mis pesadillas y lo que más miedo me daba era el ruidito metálico chirriante que producía su paso de robot al avanzar pero también el tipo alto canoso con poder para hipnotizar que lo había creado para que venciera al verdadero Kong gran combate desenlace en la punta de la Tokyo Tower y por una vez en la vida el simio peludo no terminaba muriendo estrellado por su enamorada sino volviendo a su isla solo pero vivito y coleando...

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Films aludidos:

Mothra, de Ishiro Honda, 1961;
Godzilla vs Mothra, de Ishiro Honda, 1964;
King Kong Escapes, de Ishiro Honda, 1967;

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miércoles, 18 de marzo de 2009

Desde arriba

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La luz cae vertical y pone blanco en la habitación desprovista de objetos, si exceptuamos la silla en que me siento (tan endeble una de sus patas, como enclenque la mesa que soporta el cuaderno donde garabateo estas palabras).
Decía, entonces, una lamparita colgando del cable perpendicular al techo, tan humilde como efectiva; acaso meciéndose levemente debido a una brisa que pugna por suavizar la mañana de verano.
La habitación, la luz y un silencio íntimo.

Pero yo no estoy allí.
Regurgitado hacia la calle por el subterráneo e ignorado por el magma del que formo parte, me dirijo ¿adónde?: no necesito pensarlo, me llevo solo.
Y la analogía es perfecta: el encapotado emergía en un batimóvil que no sólo conocía palmo a palmo el recorrido a Ciudad Gótica sino sus vicisitudes (la salida camuflada, el falso cartel). Lo mismo: conozco cada baldosa, las áreas a esquivar, dónde mantener un instante la mirada baja para no saludar a nadie, cómo posibilitar la conjunción caminar/leer sin que exista un alrededor que estorbe la posibilidad del goce de unas páginas más entre la salida de la estación y el destino laboral.
Todo ese remanente de calidad de vida se completa con eventuales pulsiones eróticas espontáneas, que irrumpen por roces casuales o por el pinchazo de un recuerdo que no necesita de la mente – abstraída en el libro – para accionar el mecanismo y erizarme la piel.
El calor, el zigzag intuitivo, el olor, la complicidad automática y desdeñosa de todos ante los que piden algo (¿monedas?, ¿mejoras salariales?, ¿visibilidad?), los titulares leídos al sesgo, la colonización visual y auditiva.
Nunca quiero comprar, nunca quiero el comienzo “oficial” del día.
Y es con estos pensamientos intrusos que la vida porfía en arrebatarme los últimos segundos de disfrute entrópico, porque ya estoy en las baldosas que sostienen la gigantesca torre corporativa para la que trabajo. Aquí es donde el psicodélico Batman de la infancia muta en el Dark Knight de Frank Miller: un Vigilante que posee una ciudad a la que ve en toda su dimensión panorámica desde el alero del piso 43, a la que observa en toda su dimensión entomológica: puro hervor expresado en calles y avenidas, torrentes sanguíneos hormigueando en cámara rápida.
Con la mano haciendo visera miro hacia arriba intentando ubicarlo antes de entrar al edificio, pero el sol me daña los ojos y, además, me empuja la marea humana.
Me basta con imaginar que allí está, necesito sentir esa última muesca fantástica antes de colgar en un perchero mi individualidad y retirarla a las 18:00 horas.
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