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miércoles, 10 de marzo de 2010

Fast food, una niña afgana y el Oscar a Campanella

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En nuestro vernáculo Pumper Nic, mientras te comías unas Frenys y tu alimentación iba seteándose en forma inconsciente para el desembarco de Mc Donalds, podías observar una galería de fotos que engalanaban el lugar. Sumadas a la tenue iluminación del salón, generaban la percepción de algo mullido y agradable, daba ganas de estar allí.
Es que esas imágenes de campesinos, chicos descalzos a la vera de un camino y gauchos de arrugada tez, tan calculadamente compuestas en contrastado blanco y negro por el chaqueño internacional Pedro Luis Raota, eran bellas.

Limitado en ese momento a engullir mis hamburguesas y a soñar con las chicas que me gustaban, sólo años después, al volver a toparme con algunas de las fotos, pude percibir retrospectivamente que sí, que eran “bellas”, pero en un sentido abyecto: se convertía a los pobres en íconos hermosos y deshistorizados, acomodándolos en el estante del tipismo for export.




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Desde siempre, nuestra percepción de la realidad latinoamericana (o asiática) viene contaminada por este tipo de operaciones est(no)éticas. Babel o Slumdog Millionaire, por dar ejemplos cinematográficos recientes, descienden de esa prosapia.

Y temía lo peor cuando el domingo pasado fui a la muestra fotográfica del norteamericano Steve McCurry en el Centro Cultural Borges, sobre todo por la lectura de artículos previos que lo sindicaban más o menos como un Indiana Jones de la Nacional Geographic, capaz de disfrazarse para cruzar fronteras peligrosas y esconder fotos cosiéndolas a su ropa, de cubrir conflictos como Irán-Irak, Beirut y la desintegración de Yugoslavia, o de hacer más de 75 viajes por India, Nepal y el Tibet para retratar monasterios y monjes budistas. Uf, demasiada leyenda…

Sin embargo, debí rendirme ante la evidencia. Sus fotos denotaban circunstancias históricas precisas y aludían a tragedias colectivas a partir de potentes retratos individuales que no caían ni en el miserabilismo ni en la pasteurización.


Aquel famoso de la refugiada niña afgana con sus ojazos verdes, al que a priori lo sospechaba de exotismo, no te deja indemne: enfrentar esa mirada que proyecta un mix de debilidad y orgullo resistente conmociona de verdad, y es mérito del artista, que estuvo allí e intuyó el momento preciso para captarla.










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El de esa técnica de pesca en la costa de Sri-Lanka podrá inmortalizar una tradición destinada a perderse, pero las preguntas que surgen son otras: ¿dónde está ubicada la cámara de McCurry? ¿cómo logra semejante cualidad pictórica capaz de hacernos desestimar, hasta que nos acercamos demasiado, su condición de fotografía y hacernos apostar que es un lienzo pintado a la témpera?




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Entre la cotidianeidad de dos ferroviarios y el mármol del Taj Mahal como telón de fondo onírico, la imagen “bella” se poluye con el humo negro de la locomotora. Sudor laboral + palacio legendario + suciedad de lo real.
















Este encuadre de la escuela para chicos refugiados en Bamiyán (ciudad ubicada en el centro de Afganistán) permite entreverlos inquietos, con miradas tal vez saludablemente desconfiadas. Me recuerdan las películas de Abbas Kiarostami, en especial esa sutil saga de la resistencia infantil al autoritarismo adulto llamada ¿Dónde está la casa de mi amigo?.
Puede resultar una nota al pie saber que pertenecen a la etnia hazara, discriminada y agredida por los talibanes , y que Steve McCurry interviene activamente en comités de ayuda, pero el desasosiego que produce la foto interpela por sí solo.

Exceptuando algunas fotografías que muestran desprotegidos niños con armas (una conjunción canallesca que, a mi entender, únicamente busca generar lástima), la exposición Culturas es magnífica.
Te moviliza y no te deja estúpidamente extático sino que te incomoda, sea porque querés saber más - ¿entender más? - al mismo tiempo en que algo inevitablemente se te escapa.
¿Qué se hace con esa emoción?

Horas más tarde, ese mismo día, en la vereda del adocenamiento...












And the Oscar went to... El secreto de sus ojos (mi opinión aquí), una película que no es cualitativamente mejor que el promedio de las producciones de HBO, pero que vuelve a señalar al mundo que, más allá del color local, si querés ser premiado y que te distribuyan industrialmente, tenés que contar tu historia al estilo estándar norteamericano.
Vamos, que lo demás no es Cine.
O, en todo caso, es elitista y ha de quedar confinado a los puros guetos (de Cannes al Bafici).
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domingo, 4 de octubre de 2009

Apuntes sueltos acerca de El Secreto de sus Ojos

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Dos vectores en lucha: la narrativa del cine policial norteamericano versus los clichés del cine argentino más demagógico. Cuanto más se ciñe Campanella al primero (expertise desarrollado filmando series para EEUU) más atrapante la película, pero cuando escande las escenas con los remanidos toques del mainstream local (explicaciones redundantes, puteadas de más, parrafadas "profundas"), bueno...ahí la película me expulsa.

"Pará - dice el angelito que habita el sector derecho de mi conciencia - la historia es sólida, fluye y está bien contada, hay dos o tres escenas de gran voltaje (el interrogatorio, la persecución en la cancha y el encuentro claustrofóbico en el ascensor), y no podés negar que casi todos están muy bien en sus papeles (Darín cumple, Villamil dignifica y enamora, Francella y Gioia sorprenden), ¿no tendrás los sensores demasiado sensibles?"

"De ninguna manera - responde el diablito que mora en mi hemisferio mental izquierdo - , El Secreto de sus Ojos es simplemente un thriller correcto y tan poco innovador como los que pueden verse a todas horas en todos lados; precisamente por eso resulta lógico - si creemos en la justicia de los festivales - que no haya ganado en San Sebastián."

Ambos tienen razón.

Confieso que terminé viendo el blockbuster argentino de este año un poco por la culpa de haberla prejuzgado a partir de productos anteriores del director (como puede leerse aquí), y otro poco por la recomendación/presión de amigos bienintencionados. Y que mientras transcurría su metraje y desmontaba mis reparos ante las fortalezas evidentes del film - una no menor: la adecuación del suspense del relato al período histórico retratado, que viene a ser nuesta época "huevo de la serpiente" - sufría el hato de lugares comunes típicos del cine argentino explícitamente comercial ( la misma lluvia, parafraseando a Campanella):

Los nombres de los personajes
- El personaje de Darín se encuentra vacío y desamparado de amor, por eso se llama Expósito, perdón: Espósito.
- La magistrada viene de buena familia, es fina y distinguida, lejana a la clase social de la que proviene Espósito, por eso se llama Irene Menéndez Hastings (pronúnciese Jeistings, de ascendencia escocesa).
- Y la figura que condensa el planteo ético de la película se llama...¡Morales!
No comment.

Puteadas de más
Si no existe ya un estudio teórico sobre la puteada como categoría estética en el cine nacional (con Federico Luppi en el lugar más alto), habría que hacerlo (¿alguien con vocación de servicio?).
Aquí, del tribunal a la cancha, del bar de borrachos al diálogo en la calle, abundan. ¿Por qué me molestaron tanto si en esos ambientes hablamos así?
Pues porque la mayoría está más en función del efectismo, del remate seudohumorístico para provocar la risa boba que nos despabile en una película básicamente seria a la que hay que seguir con atención (y al espectador medio, ya se sabe, hay que alivianarle el camino, ¿verdad?).
El discreto encanto el populismo.

Parrafadas "profundas"
El efecto Solos en la Madrugada - acabo de inventarlo -, consiste en la inclusión de reflexiones o declamaciones "trascendentes" en boca de los protagonistas con el fin de insuflar artificialmente importancia o profundidad a lo que se cuenta en términos visuales.
En la de Garci, desde un estudio radiofónico, José Sacristán profería hacia el final (del film y de la dictadura franquista) que no podíamos pasarnos otros 40 años hablando de esos 40 años; y la película, hecha en el lugar y el momento adecuado, fue un exitazo motorizador de una catársis socio-política más que necesaria. Hoy, excepto por su valor arqueológico, mucho no se sostiene, y aquel alegato suena pomposo y apolillado.
El Secreto... logra salvarse de los fatuos chaparrones discursivos del El Hijo de la Novia o de Luna de Avellaneda en tanto que su mismo devenir plantea cuestiones sociales muy movilizantes sin necesidad de impostaciones de profundidad. Por eso, digo, no estaría de más extirpar, en un nuevo montaje, pesadas frases tales como (cito de memoria): "llevo 25 años dándole vuelta al asunto", o "¿cómo se llena una vida de vacío?"

Explicaciones redundantes
En el fondo, una de dos: o se subestima al espectador o a la propia habilidad para decir con imágenes. (¡Guarda ahora que cuento el final!).

Décadas después de la arbitraria liberación del Servicio Gómez, violador y asesino confeso de una joven, el ahora jubilado judicial Benjamin Espósito, desde siempre obsesionado por el caso, descubre que el viudo Morales, en la quinta que habita, mantiene desde entonces al homicida encerrado en una celda.

La sorpresa de Espósito al revelársele esto ante sus propios ojos - luego de un sinuoso acercamiento bordeando las paredes del lugar - en el justo y virtuoso plano que encuadra a Gómez tras los barrotes y a Morales de costado, más atrás y levemente fuera de foco, no necesitaba más nada.
Pero Campanella elige desactivar lo sugestivo y anclar la cosa: "Ud dijo Perpetua", reprocha Morales a Espósito la literal promesa incumplida por la Justicia.
Obviando el final feliz que comienza a desarrollarse a partir del encuadre de las flores (colores vivos: basta de pálidas), esa frase concluye, explica didácticamente y, sobre todo - una pena - desactiva el remanente de significación que el silencio hubiera generado (¿qué haríamos en el lugar del personaje?).

No, cero ambiguedad, mejor irse de la sala satisfechos por haberlo entendido todo.
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sábado, 5 de septiembre de 2009

Argentinas en cartel

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Voy a terminar yendo a ver El secreto de tus ojos para poder participar en debates que me interesan más que ella misma.
Suena a prejuicio y tal vez lo sea, pero si no fuera porque personas que tienen con qué la defienden o la atacan fundamentándolo con inteligencia y sin ser funcionales al lobby (o a la demagogia) del cine nacional, a mí para un Campanella no me agarrás. Hay razones para ello: sus últimas dos películas.

Practicando una especie de populismo hacia la clase media argentina tanto El hijo de la novia como Luna de Avellaneda se dedicaban a contar las penurias y la decadencia de su supuesta bondad. Así, aquel restaurante o club de barrio que representaba el lugar primigenio de la felicidad a partir del ascenso social de la familia argentina en la década del ´50, ahora estaba siendo amenazado por deudas y ofertas empresariales imposibles de rechazar.

El dilema del héroe - siempre Darín - era su tironeo entre el legado familiar y los nuevos vientos. Pero, sobando el lomo a sus espectadores, Campanella lo ubicaba en la encrucijada de una Historia nacional (contextualizando su historia individual) en la que él y su clase parecerían no tener nada que ver.

Mística de un pasado presentado como impoluto, héroe víctima de circunstancias buscando salvarse (como si fuera un periodista yanqui cubriendo una revolución en un país africano), la década del ´90 como corruptora de valores puros encarnados por nuestra gente (Darín, Aleandro, Alterio: la santísima trinidad), empresarios de hoy que por el sólo hecho de serlo son "los malos", un comic relief pintado como loser para enternecer pero que da verguenza ajena - siempre Eduardo Blanco -, costumbrismo de cotillón...
Un cine manipulador, reaccionario, destinado a una clase que suele proclamarse perjudicada por "el país" o "los políticos" (en abstracto) y que jamás asume responsabilidad alguna por las cosas que le pasan.
Y -raro en un experto en filmar capítulos de series norteamericanas- poco fluído narrativamente, acaso embarrado el timing por las declamaciones morales de sus protagonistas.

Sé que puedo estar siendo injusto a priori con El secreto... que aun no ví.
Para acercarme a ella de una manera neutral voy a tener que lograr desactivar el lente del auteurismo (esa manera tan cinéfila de aproximación a una película a partir de rastrear los rasgos personales del universo fílmico de un director en cada nueva cosa que produce).

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En cuanto a Anita, la otra producción argentina destinada al consumo masivo, bueno, no necesito para saltearla otra razón que ese indignante afiche.
Ya leí algunas reseñas sobre ella pero vamos a eludirlas, concentrémonos en el poster:

La señora actriz Norma Aleandro (que eternamente da como bienpensante) abraza y sonríe en forma complaciente a la chica down que, aniñada, parece jugar tocándole la nariz. Trajecito oscuro versus leñadora a cuadritos, estas vestimentas metonimizan respectivamente la condición de adulta seria (con la que hay que identificarse) y la de pobrecita minusvalida a la cual se debe proteger.
El diminutivo del título también la rebaja un poco a la chica con capacidades diferentes: la corrección política de este tipo de productos implica esa sutil subestimación.
El texto "La vida puede cambiar en un instante" reforzando el contexto optimista del cartel, ¿a qué se refiere?, ¿tendrá algo que ver con lo que pasa en el argumento o estará más ligado a esa tradición de rotular publicitariamente que tal o cual film es "un canto a la vida"?
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Ahora bien, Anita trata de Anita deambulando por las calles buscando a su mamá muerta en la explosión de Amia.
No voy a caer en la obviedad de señalar la bajeza chirriante de la dupla "atentado traumático" + "huérfana con síndrome de down" (y demos gracias a que el director Carnevale, según las críticas que leí, no agrega subtramas de desaparecidos durante la Dictadura), aunque...ups, lo hice.
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Lo que sí me interesa es destacar nuevamente el texto de ese afiche desbordante de optimismo y su resignificación cuando lo volvemos a leer sabiendo de qué trata la película.
¿Que muera asesinada tu familia y te quedes sola? ¿a eso remite "La vida puede cambiar en un instante" en medio del alegre entusiasmo que transmite la imagen? Amigos: esa línea es una canallada abyecta.
En cuanto a ver Anita...preferiría no hacerlo..
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