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sábado, 22 de agosto de 2009

Educación cinéfila: el triunfo de la voluntad (paterna)

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A mi papá, por supuesto.

Sensible y hormonal, el pibe de 16 va derrapando en sus estudios mientras el padre, preocupado, avizora el desastre; entonces le propone largar el colegio para vivir a su aire - excepto drogas -, pero comprometiéndose semanalmente a ver tres películas junto a y escogidas por él en plan de educación no formal.

Una muy buena idea estructurando una novela que gira sin matices sobre su eje hasta hacerse olvidable .
No obstante, en virtud de su punto de arranque, esta Cineclub del canadiense David Gilmour me interpelaba por partida doble: como hijo y como padre.

La victoria de papá

En principio, el libro me atraía por mi propio pasado infanto adolescente de envión cinéfilo familiar en domingos de comer afuera + cine (período golden age de la clase media porteña). Y con el Electric de la calle Lavalle y el Cosmos de la avenida Corrientes, q.e.p.d. ambos, como salas emblemáticas de esas salidas.

Algunas películas - de las tantas - elegidas por mi viejo que en el recuerdo representan ese aleatorio período formativo:






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El fascismo al desnudo (Mikhail Romm, 1965, URSS) o "conoce, hijo, las atrocidades de los nazis en el documental que los soviéticos armaron a partir de imágenes propagandísticas que filmó Goebbels".

















Me compré un papá (Ilya Frez, 1962, URSS) o "mira a ese niño Dimka convencido de que a su madre no le alcanzó el dinero para proveerle papá y yendo a comprar uno con sus ahorros, pobrecito". En la evocación, ésta se me confunde y entremezcla con otro "hit"(¿?) de aquellos tiempos: Saltando los charcos (Karel Kachyna, 1970, Checoslovaquia) sobre un chico idealizando a su padre - toma subjetiva viéndolo a través de un caleidoscopio de colores - y, si la memoria no me falla, anhelando cabalgar. Como sea, ambos destilaban un humanismo ramplón puro y duro frecuentemente sobrevalorado en casa.




















La esclava del amor (Nikita Mijalkov, 1976, URSS) o "la apasionante historia de la toma de conciencia bolchevique que emprende una diva del cine mudo a través del amor". No sé si mi papá estaba enamorado de la actriz protagonista o qué, sigo sin explicarme el entusiasmo por este bodoque. (Gran parte del estereotipo "películas rusas pesadísimas" es responsabilidad de lo perpetrado por Mijalkov a lo largo de los años).




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Buenas noches Alejandro (Yves Robert, 1968, Francia) o "prestá atención, hijo, la vida es para disfrutarla; las cosas...ya van a llegar, no vale la pena romperse el alma trabajando". El campesino que hace Noiret, liberado de trabajar como un burro al morir su esposa explotadora, decide vivir como quiere, haciendo lo que se le canta y, sobre todo, fiaca. Chapeau en ésta, mon papa, porque comulgaba con tu credo y lograste elevar sus postulados a un dogma inquebrantable vigente para vos aun hoy. Por otra parte, tal como pasa en el film, la "gente" ve en quien no vive para producir - y es feliz - un elemento incómodo y potencialmente subversivo: ¡peor para ella! Buenas noches... es la demostración de la sustentabilidad de las teorías políticas de mi viejo.




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Reto a Muerte (Steven Spielberg, 1971, EEUU) o "fijate qué nervio ese director para tenernos agarrados a la butaca haciendo jugar sólo un auto, un camión y una ruta". Cuando terminó la proyección en el Monumental de la calle Lavalle hubo una intuición compartida padre-hijo: este tipo es una cosa seria, qué talentoso, ¿de dónde salió?, habrá que seguirlo... (mi viejo: "aparte, debe ser de la cole" = puntos valorativos extra). La cuestión es que, así como la leyenda marca que Argentina "descubrió" a Ingmar Bergman, nosotros dos "descubrimos" que iba a existir - y gravitar - un Steven Spielberg.

Además, a fines de los 60´s y principios de los 70´s, sin opción de comprar, grabar o "bajar" películas, con la única posibilidad de volver a verlas si las reestrenaban - poco probable, salvo elefantes como Lo que el viento se llevó, Lawrence de Arabia o ¡Esto es cinerama! - o esporádicamente en cinematecas, poder transmitir el entusiasmo que te generaba un film implicaba afinar tu competencia narrativa oral. Lo tenías que contar a los demás con cierto timing, atento al argumento y a transmitir cómo se desplegaba en pantalla.
Recuerdo noches familiares en que los relatos se armaban colectivamente, arrancando uno y completando con detalles otro, siempre con el objetivo de entusiasmar al ocasional interlocutor para que, cuando dieran tal o cual película, no la dejara pasar.

No todo, por supuesto, era tan idealizable, y en el pack cinéfilo educativo de mi viejo también se colaban las comedias populares de Louis de Funes (vistas desde la actualidad, absolutamente indigeribles),












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así como las de Los Cinco Locos (como conocíamos por aquí a Les Charlots, que a veces eran cuatro, pero en los títulos que les inventaba el distribuidor permanecían cinco).












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Ya cerca de la dignidad, El Distraído (Pierre Richard, 1970, Francia), o las de Trinity, en especial la primera Me llaman Trinity (E.B.Clucher, 1970, Italia),



relectura spaghetti de Siete Hombres y un Destino de Sturges que a la vez releía Los Siete Samurais de Kurosawa: hilos de la historia del cine que, con pasión, empezaría a despuntar un poco más adelante.




Un misterio:















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¿qué era, qué quería significar ese afiche con el tipo desgreñado de ojos lunáticos mirándote y esgrimiendo una carta en la puerta del cine Cosmos? En ese entonces me quedé con el interrogante. Faltarían unos cuantos años para zambullirme por las mías en el mundo de Werner Herzog - un tipo de director que mi papá ignoraba olímpicamente (¿por ser alemán?) - y resolver El Enigma de Kaspar Hauser.

Sobresaltos también los hubo. Un ejemplo: cuando los hermanos eramos muy pequeños y nos hallábamos en el preescolar de la formación cinéfila (es decir: cuando la rutina dominguera luego del almuerzo consistía en ir al cine Real con mamá y papá a ver dibujos animados), cierta vez se nos propuso un gran desafío:
"¿Se animan a ver una película "de verdad"?
Y como nuestra respuesta fue un categórico sí, nos llevaron al cine Arizona a ver La Momia, con Peter Cushing y Christopher Lee. Consecuencia: incontables noches pidiendo que dejaran prendida la luz del pasillo que daba a nuestra pieza.
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Detalles nomás en un contexto de posteriores nuevos descubrimientos audiovisuales, como los que experimentaba en sabatinos programas ¡triples! acompañado por amigos en el cine Atalaya (otro q.e.p.d.), en donde en una sola tarde podías pasar de John Wayne a Peter Sellers y luego, curiosamente, a un objeto no tan facilmente encuadrable como El Niño Salvaje, el primer Truffaut que conocí. En una búsqueda arqueológica ubicaría la adquisición de mi eclecticismo degustativo en esas coordenadas de Canning y Córdoba.
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Eso sí, los lunes en el colegio me sentía bastante solo frente al saber futbolístico de mis compañeros, ese mundo tan ajeno e indescifrable...
(Aproximadamente 30 años más tarde, la pasión contagiosa de mi hijo por ese deporte provocó el milagro de acercármelo, hinchar por su equipo y...entender cómo se suman puntos en un campeonato).
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Flashforward...
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El año pasado mi viejo estuvo internado durante casi un mes, gravemente enfermo. Una imagen difícil de soportar frente a su perseverante vivir libre de ataduras.
Una noche sanatorial, acompañándolo en esa habitación de luz mortecina, suero y lipotimia, me topé con la gran Taxi Driver en medio del aburrido zapping televisivo.
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La volví a ver enterita, paladeando la historia, su realismo sucio, la entrega de un De Niro aun no aggiornado y, aquella vez destacándose más, el crescendo infinitamente triste de la melodía de Bernard Herrmann. En simultáneo, contemplaba a papá casi dormido y corroboraba lo mucho que le debía en relación a mi capacidad de gozar de los films en toda su dimensión.
Un tributo íntimo, silencioso.
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Hoy, repuesto, ya no parece interesado en eso que tanto le gustaba tiempo atrás (supongo que me pasó la antorcha), y es ahora mi mamá la que pide material (“pero no esas raras que solés ver vos”). Un chispazo de aquel entusiasmo reapareció cuando ella lo sentó a ver la japonesa Departures que yo le había arrimado; acaso debido a su cálido tratamiento de los afectos, la vejez y la muerte.
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A los amigos, a la familia, lo cierto es que disfruto prestando los bocados que voy consiguiendo. Mi cinefilia nunca fue de ghetto y, en ese sentido, al propiciar desde mi infancia una manera de entender el cine, mi viejo logró moldearme parecido.
La experiencia de una película - lo heredé de él - sólo se completa al compartirla con aquellos que amamos.
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Eso sí papá, admití que te salí un poco freak .
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