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lunes, 31 de mayo de 2010

Un triunfo de Lost

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Lost adhirió a los festejos del Bicentenario de la mejor manera: terminando.
Y el desenlace fue más digno de lo que podíamos prever.
Es decir, unos cuantos ítems no cerraron, eso era imposible por más que siguieran metiendo flashbacks, forwards, ucronías y planos paralelos. Pero la idea del encuentro-despedida de los más entrañables personajes en ese templo de sincretismo new age situado fuera del tiempo funciona. Y, más importante, emociona.

Tan acogedor como el preembarque de un aeropuerto o la propia isla, ese ¿limbo?¿purgatorio? que deja en la puerta al buenazo de Benjamin Linus mientras adentro están todos a los abrazos, resulta un truco argumental verosímil para generarle a Jack la ilusión de que es posible conocer la version final de uno mismo y de los otros.

Hay aquí una interesantísima idea a ser pensada más allá del capítulo (y las religiones):
Abolir todas las escisiones temporo-espaciales que nos constituyen como individuos historizados a los fines de que brote nuestra "esencia". Y descubrir que ésta es, simplemente, la capacidad de relacionarnos afectivamente con los demás.
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miércoles, 3 de febrero de 2010

¿Qué Herzog? ¿el guionista de Lost?

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(A propósito de Wings of hope de Werner Herzog, Alemania, 2000, vista en la Sala Lugones del TGSM a sala llena)
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Es 1971.
Un avión cae en el Amazonas.
El vuelo, de Lima a Cuzco, ya venía precedido por oscuros presagios: pésima línea aérea, demoras, accidentes anteriores…
Un cineasta, que en esa época andaba filmando por la región las demenciales aventuras de un conquistador español del Siglo XVI, zafa mágicamente de abordar el aparato debido a la suspensión de un vuelo previo (pero recuerda haberse codeado en el aeropuerto con los pasajeros del fatídico episodio).
Una sola sobreviviente, alemana, cuyo padre biólogo dirige un a estación de estudios en plena selva, logra abrirse camino merced a un ímpetu positivista y a cierto conocimiento empírico de la naturaleza. Con sus llagas, avanza trabajosamente desde los despojos del avión hasta el arroyo que, presume, pronto la depositará en un río donde alguna embarcación terminará rescatándola.
Sin embargo, salvarse no resulta tan fácil: mucho más tarde, una recorrida aérea por el lugar demuestra que el arroyo confluía en un riacho de serpenteante forma, nada navegable e, irónicamente, cerca del correcto.
Juliane Koepke, puro triunfo de la voluntad, persiste en la senda equivocada hasta que a los 12 días avista una cabaña en la ribera.

Casi tres décadas después, Juliane, animada por aquel cineasta que acaso pudo haber muerto en la misma catástrofe, vuelve al lugar a reconstruir su periplo, empezando por la caída en tirabuzón hacia esas nutridas copas de árboles que desde arriba asemejan brócolis, hasta el reencuentro con su salvador.
Mientras nuevos restos del crash florecen, ella, a quien es difícil no catalogar de masoquista - salvo que creamos en que para liberarse de un trauma hay que volver a pasar por la misma situación que le dio origen (¡gracias, Hollywood!) - recorre otra vez la senda para explicar, incólume, didáctica y mirándonos a los ojos, a qué cosas temerle y a cuáles no, más lo relativo a la vegetación, a los animales salvajes y a la búsqueda de comida.

Y la cámara está ahí.
Permitiendo que el presente se superponga con el pasado y lo onírico supure.
O desviándose hacia la belleza sorpresiva que el mundo regala a los atentos (como en esa inesperada toma a la niña de tímida sonrisa).
En un devenir pausado, apenas escandido por la dulce voz narrativa de uno de nuestros directores/anfitriones favoritos.

Pero, aguarden…aviones que se caen, destinados encuentros en aeropuertos, flashbacks y flashforwards, gente macheteando la vegetación para abrirse paso, una estación de estudios biológicos en plena selva, una versión alternativa de lo ocurrido (en el extracto de un impresentable film alemán sobre Juliane), un travelling que deja entrever un oso taxidermizado…¿no remiten a cierta serie de alcance global?




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Mientras se siguen deshilachando los múltiples cabos que, a manera de fuga hacia delante, se fueron abriendo en las temporadas anteriores de Lost (los cuales, no les quepa duda, derivarán en una enclenque solución deux ex machina), la única lucha de los guionistas en esta final no será con la lógica interna de la historia sino con la medición de rating, presionados para que los espectadores no abandonen el barco (o el avión), la tele o la compu.
Y del otro lado de la pantalla, la furibunda audiencia global estará demandando por un supuesto derecho a no ser estafada en su devoción adrenalínica. Ignoran, pobrecitos, que por toda respuesta recibirán malas digestiones de Philip K Dick.

Para Werner Herzog, completamente en otra sintonía, la cosa parece tanto más sencilla. Se trata de estar abierto a las historias que ya existen para descubrir en ellas personajes que, de tan increíbles, sólo pueden pertenecer a este mundo en que vivimos: un adorador de osos, Juliane, unos científicos en la Antártica, ¿Kinski?
Coherencia visual y sonora en universos inventados que están todos en éste, fluyendo sin demandar puntos finales.

Pienso: así como en formato televisivo David Lynch pudo desarrollar Twin Peaks o Fassbinder su Berlin Alexanderplatz, ¿qué no podría hacer Herzog con un avión cayendo, una isla fuera de radar, personajes mesiánicos, y dinero para la producción de unas cuantas temporadas?
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sábado, 2 de mayo de 2009

Contra el ingenio (3): A propósito de Lost y otras máquinas para dar vueltas de tuerca

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A Rocío.


Cuando tenemos un problema que no podemos resolver en forma sencilla, nos angustiamos, explotamos de impotencia o, pragmaticamente, lo pateamos para adelante y seguimos participando...


A esta altura del partido, con 3/4 partes de la 5ta temporada en el aire, no queda otra que rendirse ante la evidencia, ¡que astutos son los guionistas de Lost!: cada año logran reformular todo lo visto anteriormente introduciendo una nueva "cláusula" argumental que pone en una perspectiva distinta todo el conocimiento que manejábamos de esa adictiva enciclopedia de datos inútiles.
En fuga permanente hacia adelante, sin posibilidad real de cerrar la totalidad de las puertas que fueron dejando abiertas, lo más interesante termina resultando asistir al ingenio de los guionistas para continuar dándole vueltas al asunto, a la verdadera ecuación a resolver: cómo seguir estirando.
No voy a reseñar aquí la serie ni puntearla con exhaustividad, para eso cuentan ustedes con infinitos lugares en la web (desde muy cholulos a muy esclarecidos), y hasta pueden comprar libros llenos de pistas (contradictorias, por supuesto) destinadas a los watsons de este siglo.
En particular, me interesa ahondar en las claves metodológicas que utilizan productores y guionistas para conseguir semejante rango de alcance, a resumirse en una muy evidente: se apropian de todo.
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Multiétnica, multitarget y multigenérica, Lost estructura cada capítulo focalizando en uno de los personajes, al que "explica" por medio de flashbacks de pasado pre-isla, dotándolo de su correspondiente rosebud. Corrijo: "explicaba", porque el recurso, al igual que la adición de nuevos caracteres, se fue agotando hacia fines de la 3era temporada, obligando a nuevas tretas del guión, que resultaron...flashforwards post-isla sobre Kate, Jack, Hugo y algunos otros.

¿Y qué está pasando desde fines de la 4ta, cuando los saltos para atrás y para adelante se han ido burocratizando?
Pues el plan "C": planos temporales paralelos.
¡Si está clarísimo!, el presente de la acción en la isla es el pasado previo al accidente aéreo, y ahora ellos, nuestros héroes, son los "otros", trabajando felices para Dharma (esto incluye la recentísima superposición de un personaje con su doble: Miles se ve a sí mismo de bebé con el padre - factotum dharmático - que habrá de abandonarlo).


Poco antes, ya estaba pareciendo demasiado para la tolerancia del televidente promedio que la isla consiguiera moverse horizontalmente (de lugar) y verticalmente (de tiempo) a piacere. Entonces, probablemente presionados para una mayor inteligibilidad de los combos temporales, nuestros escritores bajaron su voltaje de ingenio y recurrieron a la ramplonería de anunciar cada desplazamiento espacio/tiempo con un gran estruendo, personajes tapándose los oídos y fundido a blanco de la imagen. Esta última berretada formal de la que no es posible vanagloriarse debía cesar, y cesó, previo trámite de justificación seudocientífica vía el autocentrado Faraday, a quien los guionistas suelen endilgarle la carga de un supuesto conocimiento (silencioso) que podría dar cuenta de muchos de los misterios.
(La próxima jugada ajedrecística debería ser eliminarlo y sepultar con él la necesidad de explicaciones. Bah, es un decir, porque si en la coctelera espacio/tiempo vale todo, con la muerte aquí ocurre lo mismo: si alguien muere no hay garantía de que no reaparezca; ahí lo tienen a Locke, asesinado pero circulando).


Y la numerología, los osos polares, la escotilla (por favor, qué habilidad para alargar lo de la escotilla), el humo (que ahora viene a corporizar la culpa de Ben por la muerte de su hija: sí, también la serie engulle vulgata psicológicista), todos motivos que reaparecen para generar la ilusión de esclarecimiento cuando, en realidad, sólo refuerzan la ilusión de coherencia.

Les aclaro que no tengo nada contra las historias que no "cierran", ni problemas con las obras sin centro gravitacional y armadas a base de disgresiones narrativas; hay mucho disfrute que brinda el cine contemporáneo con eso. Dos ejemplos al azar podrían ser Historias Extraordinarias de Mariano Llinás y A Cock and Bull Story de Michael Winterbottom; éste último un caso interesantísimo, porque el director parte de la novela del SXVIII Tristram Shandy de Laurence Sterne, considerada extravagante y moderna para su época (cuyo narrador intenta contar su biografía pero se pierde en meandros contextuales y anecdótico-picarescos que prácticamente anulan el avance de la trama), y logra transpolar ese espíritu juguetón a una película posmoderna (pero no cool a lo Tarantino).


El problema es que a nadie le gusta que lo estafen, y si la serie - y su publicista creador J.J. Abrams - promete develar todos los misterios mientras nos propone que juguemos a ser detectives, debe cumplir.
No vale seguir enterrándonos en abrumadores sistemas de citas para autolegitimarse - los nombres de los protagonistas llevan a filósofos, los libros que leen sugieren claves K. Dick, Bioy, Castaneda -, ni cerrar un interrogante para abrir tres.
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Pero esto es soplar en el viento, el marketing manda; y si las mediciones registran que el público femenino desplazó a Jack por Sawyer en sus suspiros pues, guionistas: a reacomodar la trama para que aparezca más (y cuanto menos vestido mejor), encuentren coartadas.
Ese es el paradigma con el cual la máquina funciona, y si eventualmente, el rating baja, teniendo en cuenta que el negocio ya rindió beneficios comerciales, siempre quedará el rédito cultural de "serie de culto".

24, por mencionar otro smash hit, apela basicamente a dos recursos que le rinden: a la adrenalina para tapar la inverosimilitud, y a la rotación de valores como fórmula para simular originalidades (un presidente es ético en una temporada y otro es villano en la siguiente, un colega de Bauer es virtuoso en una y se transforma en criminal en la siguiente, la amenaza llega de afuera en tal temporada y al año llega de adentro, etc).

Y podríamos continuar hasta el infinito, porque las vueltas de tuerca no se limitan a lo argumental, ni a las series de televisión que se bajan de Internet; vean cómo la industria fagocita a un reconocido auteur cinematográfico para volverlo digerible:

¿Hay expectativa razonable de que, a esta altura, Tim Burton, genere algo como Ed Wood o como El Joven Manos de Tijera?. No, porque Burton ahora es una marca que "vende" productos fílmicos sin alma pero repletos de producción brillosa, condenado a filmar estereotipos emo-góticos o pesadillas infantiles de diseño, destinado not happily ever after a ser un ilustrador de cuentos (era fija que el proyecto Alicia en el País de las Maravillas le iba a caer a él).

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Volviendo a la serie que nos ocupa, mal que nos pese, en casa la consumimos.
Con mi hija, capítulo a capítulo vamos discurriendo acerca de las vicisitudes de los verdaderos protagonistas, que no son otros que unos guionistas tratando de salir indemnes de sus trampas.
Una instalación en donde se exponen mecanismos. No hay mucho más.

Distintas aristas para una misma estrategia de segmentación del consumo cultural masivo: para algunos Tinelli, para otros Lost.
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