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sábado, 25 de junio de 2011

Mundos de cine (IV)

El paso acelerado hacia aquello que de-ninguna-manera deberíamos perdernos: ése parecía el mandato parisino. Una adrenalina inútil, puesto que resulta imposible asir tamaña ciudad monstruo en una sola semana.
¿Qué material dejar afuera, entonces, en la mesa de montaje?
Falso dilema de todos modos, porque aunque camines mucho, poquito o nada (y la acepción de caminar incluye métro, taxi, RER o ascenseur), lo importante es lo que sale al cruce, lo que te desvía.

Como esa luz nocturna sobre el Sena, que me convirtió, por un rato, en fotógrafo postimpresionista.




O como el encuentro sorpresivo con uno de los gatitos dibujados en las paredes a los que Chris Marker había filmado, en Chats Perchés, acompañando o discutiendo el efímero retorno de las movilizaciones sociales a principios del nuevo milenio.


















                             (Supongo que dependerá de cada paseante el decodificar su sonrisa como optimista o irónica; a mí el felino me guiñó un ojo).


Ostranenie era, según nos fatigaban en la Carrera de Letras, un concepto con el que los formalistas rusos referían a percibir las cosas que nos eran familiares desde una óptica extraña. O algo así.
En todo caso, fue lo primero que me vino a la cabeza frente a este afiche francés visto al pasar de “nuestro” El hombre de al lado.




Y si de bifurcaciones se trata, caminando hacia el Moulin Rouge, fuimos abducidos por el Museo del Erotismo, un sitio mucho más estimulante que el legendario cabarute y cuya existencia ignorábamos; siete pisos que te llevan desde la reflexión antropológica hasta el goce sensual (que, como corresponde, no se puede explicar).

Botón de muestra: es conocido el término “petit mort” (pequeña muerte) para aludir al éxtasis post-orgásmico, pero nunca tan gráfica su conceptualización como en las esculturas de Jean-Marc Laroche.



(Sí, sí, también fuimos al Museo Rodin, pero intento dar cuenta de imprevistos caminos complementarios).


Sigamos con las penetraciones:
¿Alguna vez entraron a una obra de arte?



No estoy siendo metafórico sino literal, porque exactamente eso fue dejarse engullir por Leviathan, una pieza esférica, gomosa y monocrómica que ocupaba el 90% del Grand Palais.


Como estar en el útero-living de casa con otros compañeritos espermatozoides...






...decidiendo si nacer o morir.









Más Eros y Tánatos espolvoreando nuestros paseos. Monmartre, sus callecitas y ¡epa!: el Studio 28.


Dos amantes desesperados por fundirse en un solo abrazo mientras luchan violenta y físicamente contra todo aquello que intenta impedirlo, las instituciones desde ya (policía, iglesia, etc).
La película era La Edad de Oro de Buñuel, y ése era el cine donde se había estrenado con lleno total en 1930: una sala que no habría quedado en la historia si las hordas ultraconservadoras se hubieran abstenido de destrozar butacas y  arrojar bombas.

Hoy sigue proyectando producciones por fuera del pochoclerismo.
Mientras, una de sus vitrinas internas actualiza eso de que (los hechos de) las vanguardias terminan en el museo.



(No se pierdan  los últimos, conclusivos capítulos de esta saga errática. Buenas noches)

jueves, 9 de junio de 2011

Mundos de cine (III)


¿Qué es un cementerio? Un perímetro en el que se alinean (o se apilan) cuerpos muertos en cajas. Hay, según el poder de evocación que ejercen en cada quien, unos más bellos que otros; pero yo no tengo preferencias, una vez muerto, mátenme de nuevo y ahórrenme la inmovilidad rectangular.
Por otra parte, el recuerdo sentido del que se fue suele asaltarme, hacerse presente sin supeditarse a sitio alguno; entonces, excepto para acompañar gente querida y viva para la que sí es importante el tributo in situ, trato de eludir tales lugares.

Pero en Paris los cementerios son paseos, con su arquitectura, su diseño, y sus cadáveres famosos. Diga a qué intelectual quiere ofrendar y le diré a cuál dirigirse. ¿Existencialista?: vaya a Montparnasse, pregunte por Sartre; ¿nostálgico del rock psicodélico?: Jim Morrison (si es que en verdad murió) lo espera en Père-Lachaise.

¿Y si por un maravilloso juego dadaísta sacáramos a los difuntos célebres de su actual emplazamiento sin cambiar los nombres que figuran en sus lápidas? ¿seguiríamos venerando nichos ocupados por impostores?

Más allá de preguntas incómodas, lo cierto es que ante ciertas magias de la realidad -que afortunadamente acontecen-, la ironía se me desactiva:
En Monmartre, en una necrópolis atravesada por un puente de acero y regada de árboles, la tumba de Francois Truffaut, surgida al paso, me agarró del corazón.



¿Habrá sido el contraste de tanto sepulcro ornamentado con voluntad trascendental, frente al liso mármol que sólo portaba su nombre y sus fechas?
¿o la efervescencia súbita de los mil antoine doinel que yo mismo fui a lo largo del tiempo?
Aún lo ignoro; sí sé que busqué imperiosamente lápiz y papel: era escribir o se venían las lágrimas.




La piedrita y el texto, qué chicos se veían mientras me alejaba, y cuánto me conmovían en su insignificancia.
Con mi esposa nos preguntábamos, ¿qué designio misterioso había hecho que en la escala anterior a París eligiéramos ver, del abundante stock de películas cargadas en la notebook, El Hombre que amaba a las mujeres de Truffaut , que comienza con un cameo suyo en un cementerio.



La había visto décadas atrás en el SHA y sólo recordaba piernas femeninas que, deseables en su variedad, iban y venían ante la mirada del personaje principal. Pero es mucho más que eso, como descubrí esta segunda vez: partiendo de un entierro al que sólo concurren mujeres, El hombre… es un flashback sobre la vida de alguien que, como el Doinel de El amor en fuga, no puede sino amarlas a todas y parir un libro para rozar una explicación. Que el feo Charles Denner parezca más seductor que un, pongamos, George Clooney, no puede sino ser mérito del director.

Y ahora que lo pienso, hay algo ahí que puede ayudar a descifrar (aunque mucho no importe, en realidad) toda esa emoción a borbotones que me acometió frente a esa tumba de Monmartre. A diferencia de otros cineastas a los que uno admira desde la distancia que nos proponen sus obras, Francois Truffaut siempre nos resultó cercano y sus pelis profundamente afectivizadas. Yo viví en La piel dura, en La noche americana y en especial en el corto Antoine y Colette, ¿y ustedes?

Pero Truffaut murió y mi saludo no careció de tristeza.
Philip Roth, en un reportaje reciente, comentó: “no hay nada que te convenza más de la muerte que la muerte de tus amigos”.
Intuyo que tiene razón.
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miércoles, 1 de junio de 2011

Mundos de cine (II)

Aterrizar en Barcelona la semana en que coincidieron el fervor celebratorio por el Barsa y las multitudinarias manifestaciones contra el recorte en las políticas sociales nos alejó rápidamente, tanto a mi esposa como a mí, de la fría onda todo-bajo-control del sajón Edinburgo de donde veníamos.



Color, excitación, multietnia, y una oferta cultural que, si sos voraz, te pone al borde de la taquicardia, nos cambió el timing del viaje. Claro que con la ciudad y sus Gaudí ya había suficiente, pero cómo no intentar el trazado de un eje que en siete días nos permitiera pasar por todo lo que queríamos ver y caminar, del Barrio Gótico a Las Ramblas, de Montjuïc al Parque Güell, de Joan Miró a Antoni Tàpies. Y más aún.



De lo planeado a lo contingente, enganchamos justo La Nit dels Museus, el equivalente a nuestra porteña Noche de los Museos, y a pesar de la lluvia torrencial logramos llegar a dos: al de Picasso y al del Chocolate; ¿atenta contra nuestra imagen confesar que disfrutamos mucho más del segundo?



Pero esta casquivana apenas nos dejó raspar su superficie dionisíaca. Amable y sanguínea, Barcelona no quiso estirar la cantidad de horas que usualmente tiene un día, y por ello nos perdimos, por ejemplo, a Lee Ranaldo, el guitarrista de Sonic Youth, tocando y recitando poemas de su libro sobre el spam en Internet (!), en un Festival Internacional de Poesía organizado por la Generalitat de Catalunya que también incluía a la operística, gemidora (y un poco terrorífica) Diamanda Galas.
Sin embargo, la última noche antes de partir, Barcelona nos tendió una alfombra de mullida ensoñación hacia nuestro siguiente destino. Bah, en realidad no fue ella sino Woody Allen (sin Vicky ni Cristina).



Con mucho cuidado de no ingresar a un cine que la proyectara doblada al español -la mayoría de las salas, herencia cultural del franquismo- vimos Midnight in Paris unas pocas horas antes de llegar precisamente allí. Y fuimos felices, porque sentimos que había sido filmada para nosotros, para el momento exacto que estábamos por vivir.

Comedia romántica que a partir de un dispositivo del guión planea por todas las idealizaciones parisinas posibles, hay tanta joie de vivre en la película (conviviendo con su contracara amarga, el engañarse con que todo pasado fue mejor), que nos fue gozosamente inevitable recuperarla a lo largo de los siguientes días, mientras caminábamos por sus mismísimas locaciones.
Podría decirse, entonces, que en Paris estuvimos vagando a orillas del Sena con Owen Wilson, tomando café con Hemingway en Les Deux Magots, y visitando los jardines del Museo Rodin guiados por Carla Bruni.

Con todo, ni por asomo podía intuir los fuertes estremecimientos cinéfilos que aún estaban por acontecer y que iban a ponerle la frutilla del postre al viaje.
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miércoles, 25 de mayo de 2011

Mundos de cine (I)

No hay caso, adonde vaya me llevo puesto, sin apelación ni pido gancho.
Las guías turísticas y las recomendaciones podrán estructurar itinerarios posibles, sugerirme pasar del sitio A (fortaleza antigua) al sitio B (museo interactivo) y luego hacer un alto en C (el bistró con las mejores baguettes del mundo), que pronto la lógica azarosa de mi propio deseo termina borroneando los puntos prefijados. Y superponiéndoles otro mapa, personal, que resignifica el geográfico.


Honores reales.


Edinburgo posee la magia de lo medieval palpable en cada callejuela céntrica, y recorrer el trecho que va desde el Castillo rocoso que domina la ciudad hasta el Palacio de Holyroodhouse, con sus lujosos aposentos, su abadía derruida y su monumentalismo, es como pasear fuera del tiempo. Un único signo de modernidad explícita corta el encanto: un plasma en el salón más espacioso del palacete repite en loop el momento en que, hace más de una década, la reina invistió a Sean Connery con el título de Sir. No pude evitar sentir que lo que le reconocía era haber estado, como James Bond, “al servicio secreto de Su Majestad”, que el premio era menos para la persona que para el personaje.


El Filmhouse.


Comparar fotos de ambas ciudades lo metaforiza muy bien: en términos idiosincráticos, Edinburgo y Buenos Aires no pueden ser más distintas. Sin embargo, hubo un lugar en el que me sentí en casa: el Filmhouse, al que volví varias veces.

Ubicado en la Lothian Road, una de las avenidas más céntricas, es un poco cinemateca y otro poco club de encuentro. Su confitería, donde es posible deleitarse con unos bagels rellenos de salmón y queso filadelfia (había que decirlo), exuda libertad y tolerancia hacia todo tipo de parejas. A la vez, siendo sede del Edinburgh International Film Festival, uno de los más prestigiosos de Europa y con perfil cercano a nuestro Bafici, programa permanentemente ciclos demasiado apetecibles a los que complementa con muestras en museos.
La cuestión es que, entre afiches de El acorazado Potemkin y de Taxi Driver (cuyas versiones restauradas ya estaban coming soon), y un collage auditivo casual armado con fragmentos de conversaciones cinéfilas flotantes, de puro entusiasta y sin el menor sentido del pudor, me puse a charlar de películas con mimetismo a lo Zelig, impostando un improbable acento scotish.


GlobalizaSion.


Allí mismo, en un escritorio lateral respecto de la boletería, un punk de lo más pulcro promovía un interesante mini festival de terror de 96 horas continuadas llamado "Dead by Dawn", a llevarse a cabo en una de las salas. Momento kodak: la breve discusión que tuve respecto de Cold Fish, la última de Sono Sion a la que él adoraba y a mí me parece una degradación oriental de Los Perros de Paja.


¿De dónde te tengo?


En un día convenientemente lluvioso mi cuñado escocés y su familia nos llevaron a pasear a una zona un poco más lejana que, lo anticiparon, iba a gustarnos.
No se equivocaron: el Forth Bridge, un gigantesco puente ferroviario de acero que conecta el noroeste con el sureste del país y al que los británicos quieren proponer como Patrimonio de la Humanidad, gana en ensoñación cuando la neblina deja ver donde comienza pero no dónde termina.
De repente, la chicharra cinéfila empezó a atosigarme: maldito puente, te conozco, de alguna manera alguna vez atravesé tus rieles, sólo dame unos minutos…

Será tema de un (psico)análisis futuro el porqué de mi malhumor prolongado cuando no consigo asir un dato literario o cinéfilo que me bailotea en la punta de la lengua.
Horas más tarde, ya asumida la derrota, en medio de la cena en un pub y pensando en otras cosas saltó la respuesta como el arlequín de una caja de sorpresas: ¡el tren de Los 39 escalones! ¡Hitchcock!
Ahora, a las fotos que saqué allí, por más color que tengan, las veo en blanco y negro.

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