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miércoles, 17 de febrero de 2010

Aquellas tetas

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En el final de Cinema Paradiso, su protagonista asistía emocionado al montaje de besos que la censura había escamoteado a las películas que había visto y amado en su infanto-adolescencia siciliana.
Y hete aquí que a los cuarentones y cincuentones porteños se nos ofrenda un documental con todas las tetas robadas de los films de Armando Bo.
(¡Y en el distinguido Malba!, la vereda de enfrente de los cines rasca donde nos rateábamos para ver Éxtasis tropical o Una Mariposa en la noche).

Algo raro me pasó, no obstante, porque sentí más angustia retrospectiva que catarsis liberadora.

Flaaashbaaackk...

En la ominosa segunda mitad de los 70´s, a los adolescentes se nos transmitía desde medios e instituciones un concepto de lo sexual como asunto non sancto, algo que debía ser ocultado o directamente combatido con, por ejemplo, más vida al aire libre (¿?). Para que nos entendamos: un clima de tradición, familia y propiedad en el contexto de una dictadura.
Nuestros viejos de clase media, pobrecitos, que vivían como problema esa incipiente ebullición hormonal de sus hijos, procedían como creían correcto, ya sea zampándoles una charla rígida sobre cómo protegerse (si eras barón) o cómo abstenerse (si eras mujer), cuando no directamente llevando al machito a debutar.
Del deseo, del placer y del erotismo, de eso no se hablaba.

En la tele, mientras tanto, Porcel haciendo de carnicero miraba libidinosamente a las chicas y todas sus frases de doble sentido connotaban más la represión del espectador que la calidad de un humor inexistente. Al igual que las películas con él y Olmedo que producía Aries en cantidades industriales: bastaba que una chica se les agachara delante para que comenzaran a gesticular y a morderse los labios en grotesca impotencia. Qué gracioso.

Así las cosas, el colegio secundario era el lugar por donde circulaban nuestros embrionarios descubrimientos e intuiciones, un espacio de códigos compartidos en el que el cine, incluyendo sus afiches callejeros, también operaba disparando fantasías.
Y entre colegialas que se confesaban y enfermeras de noche, se hallaba el sitial privilegiado de la Coca Sarli.






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Ella ingenua o ella caliente, protectores y abusadores, arpas paraguayas u organitos de acento melodramático, copias buenas o hilachas de celuloide, nada de eso importaba, lo único, la pregunta que debía contestarnos quien lograba colarse a ver una de sus películas era: "che, ¿se ve algo?"
Porque en la aptitud para transmitir eso a los compañeros de aula -más inventando que transcribiendo- lograba fortalecerse un onanismo en común, tal vez vivido como zona de resistencia.
Y el pubis entrevisto, la teta pudorosa en el fondo del plano y el baño exuberante que a la Coca le hacía vocalizar orgasmos, se terminaban constituyendo en nuestra educación sexual alternativa.
Hasta que cada cual intentara sus propios caminos al conocimiento.


(Yo soñaba con Jane Birkin, su flaco cuerpo de sensualidad indecible, sus labios, el mínimo gesto de su hermoso rostro erizándome la piel. Pero ella estaba lejos del paradigma Sarli de voluptuosidad, sólo existía para mí)

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Vendrían después los años en que ver Carne, Furia Infernal o Fuego significarían para mi generación reírse cariñosamente de las incongruencias del guión, de los planos cortados a los hachazos o de la escasa sincronización entre los diálogos y la imagen ("¡mové la boca, Coca!" - gritó un espectador cierta vez en la Lugones).
Ése es el sentimiento que sobrevuela Carne sobre carne, un guiño con el que es posible comulgar, pero que no debería obturar el recuerdo de la seriedad con la que tantos adolescentes calenturientos tomábamos a Isabel Sarli en una época siniestra de la Argentina (y, decididamente, muy fea para ser joven).












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Se sabe que a partir de dos camiones de mudanza repleto de escenas borradas, cortadas o alternativas, el director Curubeto armó la posibilidad de ensamblar y mostrar momentos nunca vistos de los films de Armando Bo.
Lo que recibimos -dejando de lado reportajes atractivos y ficcionalizaciones chatas - es una profusión de planos de los globos de Isabel Sarli, un atosigamiento ocular de tetas acariciadas, estrujadas o lamidas por los siempre desesperados hombres o por ella misma.

Me hubiera gustado verlas hace treinta años y a cada una en su respectivo film: un contexto para cada seno y resultando la conclusión lógica ante el respectivo amague de desnudez.
Porque hoy, así, ensambladas, amontonadas para su mitificación documental, aquellas tetas pierden su cualidad de deseadas en el recuerdo para convertirse en un efecto más de la disponibilidad global al alcance de un click del mouse. Sin relieve emocional, todas juntas por primera vez pero desinfladas de relevancia.

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