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Cuando era adolescente consideraba que no había cineasta más conceptualmente transgresor que Luis Buñuel (y cerca Marco Ferreri). Llegando a mis 50 sigo creyéndolo.
Unas justificaciones al paso:
Un perro andaluz y La edad de oro, mudos escándalos de finales de los ´20, mezclando surrealismo, entomología, deseo carnal y simbología católica, anticiparon (luego lo vimos) toda la imaginería en sucesión veloz de los más supuestamente provocadores videoclips.
Más tarde, en Las Hurdes (conocida como Tierra sin pan) el tipo armaba, respecto del esperable registro socio geográfico inocuo, un contundente contra-documental (¡censurado por la República!) sobre la miseria y el atraso en una región estéril, con imágenes de la realidad que parecían filmadas desde el subconsciente.
Las películas de su posterior estadía mexicana filtraban, desde el melodrama tradicional, un fetichismo por ciertas zonas del cuerpo femenino y un nada soterrado sentimiento anticlerical (Él, Los olvidados, El angel exterminador, ¿no las vieron?: ¡verguenza debería darles!).
Nazarin, Viridiana, Simón del desierto, ya copaban la simbología católica y demostraban alegóricamente la futilidad de la flagelación personal y el sacrificio. Belle de Jour o Tristana, en cambio, presentaban la represión sexual en clave de cuento moral. Y nadie filmó más apetecible a Catherine Deneuve.
Las que más circulaban en las cinematecas que frecuentábamos eran las de su último período francés: El discreto encanto de la burguesía, El fantasma de la libertad y Ese oscuro objeto del deseo. Divertidas, más juguetonas que escandalizantes,
Y a las otras las veíamos en las copias que podíamos, generalmente vapuleadas, con cortes (intencionales o no), y con serios problemas de audio.
Tal el caso de La Vía Láctea, que vi en el 80 y pico en la Lugones y de la cual recordaba poco y nada.
El Bafici, entonces, obró un milagro, porque copia nueva y...
¿¿un Buñuel en el Hoyts??
¿qué diría Pochoclín, mascota institucional de esta cadena (a quien, a juzgar por su palpable ausencia, no le deben haber renovado el contrato)?

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La Vía Láctea es una road movie de dos caminantes pobres que peregrinan a Santiago de Compostela desde Francia y, como bien dicta el subgénero, van encontrando a su paso gentes y atravesando vicisitudes. Como estamos en el terreno de la alegoría, se van desplegado conceptos que apuntan a algo mayor que la suma de sus partes: a mostrar lo absurdo no de la religión católica sino de sus dogmas. Los desarrapados Jean y Pierre catalizan, a lo largo de su viaje, la crueldad y el ridículo de la letra escrita a la que suele ceñirse la doctrina. Y Buñuel aclara, al final, los documentos teológicos (de donde saca párrafos enteros para hacérselos decir a sus personajes).
La trama, articulada por el camino, trabaja sincrónica y diacrónicamente, porque no sólo va en línea horizontal sino que es atravesada por episodios de otras épocas que, inclusive, llegan a mezclarse.
Así, mientras en una representación escolar las niñas más pequeñas recitan acciones prohibidas por el dogma y los adultos replican en voz alta: "¡anatema!", nos cruzamos con Cristo en un banquete donde sus discípulos le instan a que hable (¡y Jesús cuenta un chiste!); el jefe de mozos de un delicado restaurante explica a sus subordinados porqué la hostia es y no es el cuerpo de Cristo usando como término de comparación el paté de liebre, que es liebre y a la vez paté; uno de los protagonistas imagina el fusilamiento del Papa y un tipo a su lado le pregunta si no escuchó una explosión.
Contrario a lo que pueda sugerir esta enumeración, todo se cuenta de manera muy seria, casi recatada. Y, entre las prácticas inquisitorias (del clero, de la policía, de los militares) y la falta de solidaridad hacia los que menos tienen, la película finaliza, vigente.

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¿Incorporaría hoy Buñuel a este desfile alguna alusión a la abrumadora cantidad de curas pedófilos que en el mundo están siendo?
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