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sábado, 25 de junio de 2011

Mundos de cine (IV)

El paso acelerado hacia aquello que de-ninguna-manera deberíamos perdernos: ése parecía el mandato parisino. Una adrenalina inútil, puesto que resulta imposible asir tamaña ciudad monstruo en una sola semana.
¿Qué material dejar afuera, entonces, en la mesa de montaje?
Falso dilema de todos modos, porque aunque camines mucho, poquito o nada (y la acepción de caminar incluye métro, taxi, RER o ascenseur), lo importante es lo que sale al cruce, lo que te desvía.

Como esa luz nocturna sobre el Sena, que me convirtió, por un rato, en fotógrafo postimpresionista.




O como el encuentro sorpresivo con uno de los gatitos dibujados en las paredes a los que Chris Marker había filmado, en Chats Perchés, acompañando o discutiendo el efímero retorno de las movilizaciones sociales a principios del nuevo milenio.


















                             (Supongo que dependerá de cada paseante el decodificar su sonrisa como optimista o irónica; a mí el felino me guiñó un ojo).


Ostranenie era, según nos fatigaban en la Carrera de Letras, un concepto con el que los formalistas rusos referían a percibir las cosas que nos eran familiares desde una óptica extraña. O algo así.
En todo caso, fue lo primero que me vino a la cabeza frente a este afiche francés visto al pasar de “nuestro” El hombre de al lado.




Y si de bifurcaciones se trata, caminando hacia el Moulin Rouge, fuimos abducidos por el Museo del Erotismo, un sitio mucho más estimulante que el legendario cabarute y cuya existencia ignorábamos; siete pisos que te llevan desde la reflexión antropológica hasta el goce sensual (que, como corresponde, no se puede explicar).

Botón de muestra: es conocido el término “petit mort” (pequeña muerte) para aludir al éxtasis post-orgásmico, pero nunca tan gráfica su conceptualización como en las esculturas de Jean-Marc Laroche.



(Sí, sí, también fuimos al Museo Rodin, pero intento dar cuenta de imprevistos caminos complementarios).


Sigamos con las penetraciones:
¿Alguna vez entraron a una obra de arte?



No estoy siendo metafórico sino literal, porque exactamente eso fue dejarse engullir por Leviathan, una pieza esférica, gomosa y monocrómica que ocupaba el 90% del Grand Palais.


Como estar en el útero-living de casa con otros compañeritos espermatozoides...






...decidiendo si nacer o morir.









Más Eros y Tánatos espolvoreando nuestros paseos. Monmartre, sus callecitas y ¡epa!: el Studio 28.


Dos amantes desesperados por fundirse en un solo abrazo mientras luchan violenta y físicamente contra todo aquello que intenta impedirlo, las instituciones desde ya (policía, iglesia, etc).
La película era La Edad de Oro de Buñuel, y ése era el cine donde se había estrenado con lleno total en 1930: una sala que no habría quedado en la historia si las hordas ultraconservadoras se hubieran abstenido de destrozar butacas y  arrojar bombas.

Hoy sigue proyectando producciones por fuera del pochoclerismo.
Mientras, una de sus vitrinas internas actualiza eso de que (los hechos de) las vanguardias terminan en el museo.



(No se pierdan  los últimos, conclusivos capítulos de esta saga errática. Buenas noches)

jueves, 9 de junio de 2011

Mundos de cine (III)


¿Qué es un cementerio? Un perímetro en el que se alinean (o se apilan) cuerpos muertos en cajas. Hay, según el poder de evocación que ejercen en cada quien, unos más bellos que otros; pero yo no tengo preferencias, una vez muerto, mátenme de nuevo y ahórrenme la inmovilidad rectangular.
Por otra parte, el recuerdo sentido del que se fue suele asaltarme, hacerse presente sin supeditarse a sitio alguno; entonces, excepto para acompañar gente querida y viva para la que sí es importante el tributo in situ, trato de eludir tales lugares.

Pero en Paris los cementerios son paseos, con su arquitectura, su diseño, y sus cadáveres famosos. Diga a qué intelectual quiere ofrendar y le diré a cuál dirigirse. ¿Existencialista?: vaya a Montparnasse, pregunte por Sartre; ¿nostálgico del rock psicodélico?: Jim Morrison (si es que en verdad murió) lo espera en Père-Lachaise.

¿Y si por un maravilloso juego dadaísta sacáramos a los difuntos célebres de su actual emplazamiento sin cambiar los nombres que figuran en sus lápidas? ¿seguiríamos venerando nichos ocupados por impostores?

Más allá de preguntas incómodas, lo cierto es que ante ciertas magias de la realidad -que afortunadamente acontecen-, la ironía se me desactiva:
En Monmartre, en una necrópolis atravesada por un puente de acero y regada de árboles, la tumba de Francois Truffaut, surgida al paso, me agarró del corazón.



¿Habrá sido el contraste de tanto sepulcro ornamentado con voluntad trascendental, frente al liso mármol que sólo portaba su nombre y sus fechas?
¿o la efervescencia súbita de los mil antoine doinel que yo mismo fui a lo largo del tiempo?
Aún lo ignoro; sí sé que busqué imperiosamente lápiz y papel: era escribir o se venían las lágrimas.




La piedrita y el texto, qué chicos se veían mientras me alejaba, y cuánto me conmovían en su insignificancia.
Con mi esposa nos preguntábamos, ¿qué designio misterioso había hecho que en la escala anterior a París eligiéramos ver, del abundante stock de películas cargadas en la notebook, El Hombre que amaba a las mujeres de Truffaut , que comienza con un cameo suyo en un cementerio.



La había visto décadas atrás en el SHA y sólo recordaba piernas femeninas que, deseables en su variedad, iban y venían ante la mirada del personaje principal. Pero es mucho más que eso, como descubrí esta segunda vez: partiendo de un entierro al que sólo concurren mujeres, El hombre… es un flashback sobre la vida de alguien que, como el Doinel de El amor en fuga, no puede sino amarlas a todas y parir un libro para rozar una explicación. Que el feo Charles Denner parezca más seductor que un, pongamos, George Clooney, no puede sino ser mérito del director.

Y ahora que lo pienso, hay algo ahí que puede ayudar a descifrar (aunque mucho no importe, en realidad) toda esa emoción a borbotones que me acometió frente a esa tumba de Monmartre. A diferencia de otros cineastas a los que uno admira desde la distancia que nos proponen sus obras, Francois Truffaut siempre nos resultó cercano y sus pelis profundamente afectivizadas. Yo viví en La piel dura, en La noche americana y en especial en el corto Antoine y Colette, ¿y ustedes?

Pero Truffaut murió y mi saludo no careció de tristeza.
Philip Roth, en un reportaje reciente, comentó: “no hay nada que te convenza más de la muerte que la muerte de tus amigos”.
Intuyo que tiene razón.
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miércoles, 1 de junio de 2011

Mundos de cine (II)

Aterrizar en Barcelona la semana en que coincidieron el fervor celebratorio por el Barsa y las multitudinarias manifestaciones contra el recorte en las políticas sociales nos alejó rápidamente, tanto a mi esposa como a mí, de la fría onda todo-bajo-control del sajón Edinburgo de donde veníamos.



Color, excitación, multietnia, y una oferta cultural que, si sos voraz, te pone al borde de la taquicardia, nos cambió el timing del viaje. Claro que con la ciudad y sus Gaudí ya había suficiente, pero cómo no intentar el trazado de un eje que en siete días nos permitiera pasar por todo lo que queríamos ver y caminar, del Barrio Gótico a Las Ramblas, de Montjuïc al Parque Güell, de Joan Miró a Antoni Tàpies. Y más aún.



De lo planeado a lo contingente, enganchamos justo La Nit dels Museus, el equivalente a nuestra porteña Noche de los Museos, y a pesar de la lluvia torrencial logramos llegar a dos: al de Picasso y al del Chocolate; ¿atenta contra nuestra imagen confesar que disfrutamos mucho más del segundo?



Pero esta casquivana apenas nos dejó raspar su superficie dionisíaca. Amable y sanguínea, Barcelona no quiso estirar la cantidad de horas que usualmente tiene un día, y por ello nos perdimos, por ejemplo, a Lee Ranaldo, el guitarrista de Sonic Youth, tocando y recitando poemas de su libro sobre el spam en Internet (!), en un Festival Internacional de Poesía organizado por la Generalitat de Catalunya que también incluía a la operística, gemidora (y un poco terrorífica) Diamanda Galas.
Sin embargo, la última noche antes de partir, Barcelona nos tendió una alfombra de mullida ensoñación hacia nuestro siguiente destino. Bah, en realidad no fue ella sino Woody Allen (sin Vicky ni Cristina).



Con mucho cuidado de no ingresar a un cine que la proyectara doblada al español -la mayoría de las salas, herencia cultural del franquismo- vimos Midnight in Paris unas pocas horas antes de llegar precisamente allí. Y fuimos felices, porque sentimos que había sido filmada para nosotros, para el momento exacto que estábamos por vivir.

Comedia romántica que a partir de un dispositivo del guión planea por todas las idealizaciones parisinas posibles, hay tanta joie de vivre en la película (conviviendo con su contracara amarga, el engañarse con que todo pasado fue mejor), que nos fue gozosamente inevitable recuperarla a lo largo de los siguientes días, mientras caminábamos por sus mismísimas locaciones.
Podría decirse, entonces, que en Paris estuvimos vagando a orillas del Sena con Owen Wilson, tomando café con Hemingway en Les Deux Magots, y visitando los jardines del Museo Rodin guiados por Carla Bruni.

Con todo, ni por asomo podía intuir los fuertes estremecimientos cinéfilos que aún estaban por acontecer y que iban a ponerle la frutilla del postre al viaje.
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miércoles, 25 de mayo de 2011

Mundos de cine (I)

No hay caso, adonde vaya me llevo puesto, sin apelación ni pido gancho.
Las guías turísticas y las recomendaciones podrán estructurar itinerarios posibles, sugerirme pasar del sitio A (fortaleza antigua) al sitio B (museo interactivo) y luego hacer un alto en C (el bistró con las mejores baguettes del mundo), que pronto la lógica azarosa de mi propio deseo termina borroneando los puntos prefijados. Y superponiéndoles otro mapa, personal, que resignifica el geográfico.


Honores reales.


Edinburgo posee la magia de lo medieval palpable en cada callejuela céntrica, y recorrer el trecho que va desde el Castillo rocoso que domina la ciudad hasta el Palacio de Holyroodhouse, con sus lujosos aposentos, su abadía derruida y su monumentalismo, es como pasear fuera del tiempo. Un único signo de modernidad explícita corta el encanto: un plasma en el salón más espacioso del palacete repite en loop el momento en que, hace más de una década, la reina invistió a Sean Connery con el título de Sir. No pude evitar sentir que lo que le reconocía era haber estado, como James Bond, “al servicio secreto de Su Majestad”, que el premio era menos para la persona que para el personaje.


El Filmhouse.


Comparar fotos de ambas ciudades lo metaforiza muy bien: en términos idiosincráticos, Edinburgo y Buenos Aires no pueden ser más distintas. Sin embargo, hubo un lugar en el que me sentí en casa: el Filmhouse, al que volví varias veces.

Ubicado en la Lothian Road, una de las avenidas más céntricas, es un poco cinemateca y otro poco club de encuentro. Su confitería, donde es posible deleitarse con unos bagels rellenos de salmón y queso filadelfia (había que decirlo), exuda libertad y tolerancia hacia todo tipo de parejas. A la vez, siendo sede del Edinburgh International Film Festival, uno de los más prestigiosos de Europa y con perfil cercano a nuestro Bafici, programa permanentemente ciclos demasiado apetecibles a los que complementa con muestras en museos.
La cuestión es que, entre afiches de El acorazado Potemkin y de Taxi Driver (cuyas versiones restauradas ya estaban coming soon), y un collage auditivo casual armado con fragmentos de conversaciones cinéfilas flotantes, de puro entusiasta y sin el menor sentido del pudor, me puse a charlar de películas con mimetismo a lo Zelig, impostando un improbable acento scotish.


GlobalizaSion.


Allí mismo, en un escritorio lateral respecto de la boletería, un punk de lo más pulcro promovía un interesante mini festival de terror de 96 horas continuadas llamado "Dead by Dawn", a llevarse a cabo en una de las salas. Momento kodak: la breve discusión que tuve respecto de Cold Fish, la última de Sono Sion a la que él adoraba y a mí me parece una degradación oriental de Los Perros de Paja.


¿De dónde te tengo?


En un día convenientemente lluvioso mi cuñado escocés y su familia nos llevaron a pasear a una zona un poco más lejana que, lo anticiparon, iba a gustarnos.
No se equivocaron: el Forth Bridge, un gigantesco puente ferroviario de acero que conecta el noroeste con el sureste del país y al que los británicos quieren proponer como Patrimonio de la Humanidad, gana en ensoñación cuando la neblina deja ver donde comienza pero no dónde termina.
De repente, la chicharra cinéfila empezó a atosigarme: maldito puente, te conozco, de alguna manera alguna vez atravesé tus rieles, sólo dame unos minutos…

Será tema de un (psico)análisis futuro el porqué de mi malhumor prolongado cuando no consigo asir un dato literario o cinéfilo que me bailotea en la punta de la lengua.
Horas más tarde, ya asumida la derrota, en medio de la cena en un pub y pensando en otras cosas saltó la respuesta como el arlequín de una caja de sorpresas: ¡el tren de Los 39 escalones! ¡Hitchcock!
Ahora, a las fotos que saqué allí, por más color que tengan, las veo en blanco y negro.

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miércoles, 11 de mayo de 2011

Apunte edin(burgués)

Difícil decidir qué ponerse. Aquí, en Edinburgo, cada día porta las cuatro estaciones, y una frase da cuenta de esta histeria meteorológica: si no te gusta el tiempo, esperá cinco minutos…
Que el grueso de la población fije su horario de cena a las 18:00 y a las 21:00 ya esté durmiendo (mientras afuera brilla el sol) tampoco ayuda a superar la extrañeza de unos visitantes porteños deseosos de aventura. Y todo es tan verde y silencioso que could be dangerous for our health.



Pero sólo es una cara de la moneda, la luz apenas deja entrever el costado Twin Peaks del asunto. Oxgangs, el suburbio sudoeste donde estamos parando, con sus edificaciones a repetición y su poco movimiento, sugiere –y nos han comentado al respecto- sórdidas historias de alcohol y drogas duras, hayan acontecido o no, que generan dudas en muchas familias a la hora de permitirles a sus niños elegir con quien jugar. Aún así, es un lindo barrio lleno de parques y buenos modales, a sólo 10 minutos del centro de la ciudad, donde están los castillos que nos hacen soñar.
Habrá barrios terribles seguramente inspiradores de las novelas de Irvine Welsh, pero a Oxgangs lo veo más bien como un lugar de clase media o media baja en donde el inglés Mike Leigh podría haber ubicado a los típicos personajes de sus películas, esos con trabajos intermitentes, afecto contenido y dificultad para relacionarse.



La mirada es turística y, lo admito, puede pecar de generalización. Sin embargo, ¿no es evidente, mientras se recorre Edinburgo, cómo su fisonomía expresa tironeos que sólo pueden ser políticos?
Como en todas las ciudades de la vieja Europa, los rastros palpables (y bien conservados) de siglos de historia conviven con la más desaforada hipermodernidad.
Lo particular aquí es que todo viene salpicado por una marca incómoda, la de la soberanía inglesa, presente en las banderas que flamean en los más bellos palacios. Y en primorosos comercios temáticos armados especialmente por la boda de William y Kate, algo que emboba a muchos súbditos y a otros indigna (“Nada que festejar: un casamiento al que no te invitaron y todos estamos pagando”).

Esta dialéctica que quise leer paseando por la ciudad se ha explicitado en las elecciones parlamentarias de hace pocos días:
El Scotish National Party, que quiere la independencia de Escocia y que ya venía con Primer Ministro en el gobierno, ganó por afano, sumo unas cuantas bancas y demanda ahora más poderes a Londres, sobre todo en lo que hace al manejo de su economía. Al Partido Laborista, su único rival con posibilidades, le fue mal, perdió asientos y –con esto hizo campaña- advirtió acerca del peligro del separatismo y la desprotección que podría padecer Escocia ante una crisis global sin el paraguas inglés.

Interesting, isn´t it?
Después de Egipto, Libia, Siria…¿¿¿Escocia???
Apenas podemos contener la ansiedad ¡todo nuestro apoyo a las Brigadas Revolucionarias María Estuardo!

martes, 3 de mayo de 2011

Way to Scotland


Asesinado Osama hace unas horas, hermoso día para atravesar tres aduanas.
Que es exactamente lo que a mi esposa y a mí nos tocó vivir en Sâo Paulo, en Heathrow y en Gatwick, desde donde estoy escribiendo ahora. Por un puro azar no damos con el physic du rol que, racismo de por medio, pone a todo sospechado de oriental a contestar demasiadas preguntas.

El próximo vuelo y nuestro destino final es Edinburgo, tenemos familia allí, y si bien hemos estado en Londres hace un par de años, Escocia nos resulta por completo una terra incognita.

Bueno, no tanto, sabemos que muchos de sus habitantes odian a los ingleses y que su Primer Ministro no es laborista ni conservador sino del Scotish National Party, que pregona por la autonomía del país (mientras el petróleo del Mar del Norte se legisla desde Inglaterra). Y un dato leído al sesgo: estamos llegando en semana de elecciones parlamentarias.

Por lo demás, y en plan de recabar nuestra pobre enciclopedia, nos viene a la memoria una de Los tres chiflados en la que Moe, Larry y Shemp eran detectives escoceses en un castillo cuyo dueño los convidaba con un añejo licor… ¡pero sólo permitiéndoles oler el corcho!


¿Qué más?

¿Encontraremos rastros del Edimburgo que plasmó Sylvain Chomet en su dibujado homenaje a Tati? ¿y yonquis maldiciendo la mala suerte scottish de haber sido colonizados por un Imperio decadente, como en Trainspotting?

Sí sé que voy a intentar localizar a Stevenson, a Conan Doyle y al Walter Scott de Ivanhoe, para agradecerles mi temprana pasión por la lectura cuando los conocí mediados por la colección Robin Hood y los libros juveniles de Iridium.

Y que voy a visitar el palacio de Holyroodhouse, donde reinó brevemente Katherine Hepburn (es decir: María Estuardo), y en cuya recámara presenció el vil asesinato de su secretario John Carradine (es decir: el italiano Rizzio). La película se llamó Mary of Scotland, la dirigió John Ford y no era un western.


Conque, suddenly, el blog pasa a estar intervenido por un viaje.
Y, como de costumbre, un mapa cultural inescindible de mí recubre las geografías y me las potencia en emoción.

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viernes, 5 de noviembre de 2010

Miramar Visconti

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Miramar era un paraíso.

Pero no por la playa de patios angostos con alma de ghetto, ni por los edificios construídos frente a la costa que obturaban el sol y obligaban a rajarse tempranito.
Los rituales, repetidos año a año, se daban por supuestos, y cualquier niño de clase media -yo era uno de ellos- sabía que durante sus vacaciones familiares pasaría por la rutina de bajar a la mañana, subir para almorzar, guardarse dos horas (¡¡la digestión!!), volver a bajar, volver a subir, bañarse y dar la vuelta de perro nocturna por la principal.
Podría sumar, extrayendo del viejo arcón, el ruido de la ruleta del barquillero, el olor dulzón del Nubevital P, los canjes de revistas mexicanas, las sacrosantas bicicletas bordeando la rambla y, tajantemente, Pibelandia, cuyas fichas de flipper fueron mi primer parámetro personal de medición económica (¿cuantas eran una coca? ¿y un helado?). Con matices, nada que no haya sido descripto por Mariano Llinás en Balnearios, ningún edén.
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Pero Miramar era un paraíso, un lugar de excitación permanente, mi Shangri-La, y la razón pasaba por otro lado.

Allí, en los cines de “la ciudad de los niños” me dejaban entrar a ver las “prohibidas para menores de 18”.
Voraz, me empachaba de películas que sentía que me ubicaban en la pole position de la cinefilia. En los templos paganos miramarenses experimentaba mis primeros Ken Russells, Ferraras, Allens, Bruces Lees y - confieso que he vivido – los gimoteos de Sandro en Quiero llenarme de ti.

Conque, veranos de invocar lluvias incesantes que favorecieran mis planes: ver películas ad eternum y eludir la espantosa homogeneidad étnico-playera.
La felicidad.
Y la paradoja: reincidiendo siempre en el mismo sitio, aún tallados en piedra los hábitos familiares amorosamente esclavizantes, mis vacaciones nunca resultaban iguales.

¿Cómo hubieran podido serlo?

Si luego de Operación Dragón, mi imitación de Bruce Lee clavando sus pies en el esternón rival (primer plano de su rostro enloqueciendo en ralenti, sonido en off de huesos quebrándose), desternillaría de risa a mis compañeros de colegio.


Si la pútrida Angel de Venganza me abría los caminos del gore, cuando su muda protagonista, violada dos veces la misma noche, salía a matar para triturar posteriormente la carne de sus cadáveres y dársela a los pichichos.
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Si seducido por la lisergia operística de Tommy llegaba a la música de los Who (esa debilidad).
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Si el desparpajo esnob de Diane Keaton en Annie Hall me impulsaba a buscar chicas así de preciosas y ridículas.
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Etc.

El Gran Rex era el santuario mayor, una sala grande con aroma de alfombra húmeda y varias luces laterales equidistantes con forma de rosetas. Los minutos previos a las películas, en el presente considerados tiempos muertos, eran allí muchas veces más gozosos que lo que estaba por proyectarse, la expectativa en estado puro.
Y como la programación cambiaba día a día y los "noticiarios" que antecedían al plato principal no, había semanas en que terminaba recitando algunos al unísono por haberlos visto cinco o seis veces. (Estremecimiento: todavía conservo, nítida, una secuencia con Massera navegando en un barquito por el Río de la Plata e inaugurando no sé que cosa. Todo estaba bien, el país trabajaba y avanzaba)

Un día, un febrero, se presentó mi desafío supremo.
Se anunciaba Grupo de Familia de Luchino Visconti.
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Del cine italiano tenía un preconcepto intimidante. Estaba convencido de que siempre aludía o estaba irremediablemente anclado a urgentes circunstancias políticas, y que entenderlo requería estar empapado de su entramado. O sea, que si no estabas informado, esclarecido y "concientizado" sobre las Brigadas Rojas, Aldo Moro, la rivoluzione y demás, te quedabas afuera.
Con ese bagaje, y con la autoimposición de necesitar un Visconti para el carnet cinéfilo -tal la estupidez del fetichista a cualquier edad- fui a la función de las 19:45, solo.
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El profesor que hace Burt Lancaster vive semi recluído en una imponente casona rodeado de pinturas y objetos de colección. Mucho color ocre. Decadencia.
(Qué viejo está -me acuerdo que pensé-, ya no es El Pirata Hidalgo).
Eso cambia cuando se le mete una familia casi de prepo para alquilarle el piso de arriba, es la vida real con sus claroscuros la que irrumpe entonces en los días del que había clausurado su puerta al mundo.
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La marquesa Brumonti junto a su hija y el novio, y en especial su amante Konrad, "toman" la casa.

(Pero esta manera de contarles su argumento ya delata que la volví a ver años más tarde, sin la perplejidad del que siente que todo se le escapa. Vuelvo.)

De repente, a menos de una hora de comenzado el relato, bum, una explosión: Konrad se suicida y el profesor muere en su cama con un gesto de cuadro renacentista.
Rarísimo, porque Konrad reaparece en la siguiente escena sorprendido en un ménage à trois por un también resucitado profesor.
Rebuscaba en mi mente adolescente maneras de encastrar las piezas: ¿las muertes eran simbólicas? ¿esto es lo que llaman avant garde? ¿se relaciona con eso de asustar al burgués?
No. El proyeccionista había equivocado el orden de los rollos del film.

En la sala casi llena la gente comenzó a patear butacas, la indignación subió, y los pocos gritos aislados derivaron pronto en un clamor generalizado que pedía no la rivoluzione sino que le devolvieran la plata de las entradas.

Yo me quedé, no obstante, hasta que el planteo se hizo nudo argumental y se encendieron las luces; es decir: cuando terminó la película y el desenlace había ocurrido hacía tres cuartos de hora.

Los años pasaron, a Grupo de Familia volví a verla, conocí los distintos matices de la filmografía de Visconti y, por supuesto, pronto pude desactivar mis ridículos prejuicios sobre el cine italiano.
Pero esa es otra historia. ¡Viva el Gran Rex de Miramar!
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sábado, 2 de enero de 2010

Enviados especiales

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Como jubilados, mis viejos se habían anotado en una lista para ir unos días a Mar del Plata de la mano de la obra social OSECAC. La casualidad quiso que les saliera el viaje la misma semana del Festival Internacional de Cine.
Que mi papá fue decisivo en mi formación cinéfila es algo que desarrollé en esta entrada, que mi mamá – computadora mediante – se muestra progresivamente interesada en nuevas cinematografías también es un hecho.
Asimismo, no dejaban de ser auténticos outsiders respecto del público cinéfilo de los festivales, conque la oportunidad estaba servida, les sugerí algunos títulos no muy “experimentales” del nutrido catálogo y… ¡flor de representantes exclusivos especiales tuvo viviendodosveces en Mardel!
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La siguiente es una breve entrevista que les hice a su regreso.


LA ATMÓSFERA FESTIVALERA

- Cuando llegaron a Mar del Plata, ¿notaron un clima de festival semejante a la efervescencia que se da aquí, en Buenos Aires, con el BAFICI?

Mamá - De ninguna manera, apenas unos carteles en negocios.
Para ver qué daban específicamente tenías que acercarte al Auditórium, donde había mesas con chicas jóvenes que te orientaban y te recomendaban aunque no conocieran la calidad de las películas. Te daban los horarios y entonces enganchabas.
Nosotros teníamos una lista que habíamos traído desde casa, armada con sugerencias de un hijo nuestro muy cinéfilo.

Papá – Mucha de la gente acudió por la baratura de las entradas: por 4 pesos si tenías suerte podías llegar a ver una buena película.

- ¿Y si no tenías suerte?

P – Te dormías una buena siesta.

M – Ojo, los estudiantes pagaban 6 pesos.

- ¿Había muchos?

M - Sí. Mucha gente joven muy informada. Te digo esto porque estábamos en la fila esperando para entrar y hacían comentarios de las películas que habían visto. Se los notaba muy metidos en el tema.

P – Lo que yo noté es que cuando veías en las proximidades del cine cierto estilo de gente joven, sabías que iban para allá, podías intuirlo, tenían como un aura, algo que los delataba.

- Bien, vamos de lo general a lo particular, ¿qué películas vieron?

M – Mother. Era coreana.

- ¿Recuerdan el nombre del director o qué otras cosas hizo?

M – Nooo, en absoluto.
También vimos Un hombre serio, de los hermanos Coen, a éstos sí los conocíamos.

- ¿Habían visto algo anterior de ellos?

P – Síííí…una que…la de Arizona… encuentran a un bebé…

M – “Conociendo a Arizona”

- Educando a Arizona

M – Sí, una película de muchos años.
Y la tercera película que fuimos a ver en Mar del Plata era argentina: Francia, de Israel Caetano (1)


MOTHER, de Bong joon-ho








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- ¿Mother les gustó?

M - Muchísimo.

P – A mí podría haberme gustado, pero hubo lapsos muy prolongados en que me quedé dormido.

- ¿Se duerme bien con ese tipo de films?

P – No. Hubo muchos sobresaltos. En determinados momentos provocaban ruidos no sé con qué.

- ¿En la pantalla o en las butacas?

P – En la pantalla. La gente no molestaba, estaba atenta.

- ¿Muchos espectadores para Mother?

M – A sala casi llena.

- ¿Otra película coreana que recuerden haber visto en sus vidas?

M – Yo me confundo con las chinas.

P – Hace tiempo veía muchas japonesas: El hombre del Rickshaw …

M – Departures, más reciente y fantástica

Tía Marta (81 años, participante circunstancial de la entrevista) – Rashomon se veía frecuentemente en Buenos Aires

P – Antes se estrenaban regularmente películas de todos los orígenes: checoslovacas, yugoslavas, polacas, rusas.
Había cines que sólo programaban este tipo de material, por ejemplo: el Cosmos.
¿Vos te acordás del cine Astoria en la época de la 2da Guerra Mundial? Después se convirtió en el cine Biarritz, pero antes tenía como decorado parte de un avión Stuka alemán, porque ahí se pasaban casi exclusivamente películas alemanas y era algo así como un reducto de nazis o filonazis. (2)

M - ¿Y vos, Pablot, recordás Me compré un papá o Pasaron las grullas?

- Sí, me llevaban a verlas y las disfrutaba y padecía al mismo tiempo.

P -¿Y El 41? (3)

- Volvamos. ¿Cómo es que se dispararon todos estos comentarios cuando les pregunté si recordaban películas coreanas?

P – Es que los coreanos en esa época estaban peleándose entre ellos.

Tía Marta (sorprendiendo con su nivel de actualización) – Las coreanas empezaron a verse después de los ´90

- ¿De qué iba Mother?

M – Como lo dice el título, es una madre luchando en defensa de su hijo discapacitado cuando se producen una serie de acciones y termina acusado de un asesinato, aparentemente en forma injusta. Ella tenía mucha polenta.

P – Yo la vi de a ratos porque dormitaba. Pero no necesito ver una película entera, incluso me satisface más ver sólo algunas partes y completar con mis propias ideas (4)

- Ya contaron de qué trataba, ¿cómo estaba filmado, cómo se contaba esto?

M – Hay una escenografía, unos paisajes, un color fan-tás-ti-co que te predisponen y no te cansan, si bien la película es bastante lenta.

- ¿Lenta en qué sentido?

M – De pronto, en una escena, esta madre aparece saltando o casi bailando por el campo sembrado. Es todo como una poesía. Esa parte se ve al principio y se repite al final.


A SERIOUS MAN, de Ethan & Joel Coen






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P – Lo que me atrajo y sabía que me iba a interesar era la temática judía, el hecho de que hubiera personajes judíos.
Hay un padre que estaba atento a las necesidades de su familia y tenía problemas con su hijo. La hija tenía un hábito permanente, siempre estaba con el pelo revuelto.

Pero no se profundizaba nada, los personajes eran grotescos, como las caricaturas que podían pensar los nazis de los judíos. (5)

- ¿No filman los Coen así a la gente en general, caricaturizándola?

P y M - (...)

- ¿Hay un prólogo en idisch, verdad?

P - Sí pero, no sé si por una cuestión de audio o qué, no sonaba con claridad, y a mí me hubiera interesado mucho entenderlo.
O tal vez era un idish de otra zona, distinto al que mis padres hablaban, y por eso no pude captarlo.
Bah, todo eso sumado a que no tengo un buen oído ultimamente, no escucho muy bien y a veces me pierdo cosas.

M - Hay algo que comentamos mucho: aparecen tres rabinos de, digamos, distintas categorías. uno espera frases brillantes de esos rabinos porque el personaje principal se va a hacer aconsejar porque no sabe a quién recurrir ante el conflicto que tiene con su mujer.
Yo no te voy a contar el argumento porque sería contar la peli, pero cuando se acerca a los rabinos, ellos no tienen respuesta ni lo orientan. Él va a ver a un rabino elemental para llegar a un tercero, un intocable al que cuesta llegar y que al final también termina diciéndole que fuera tranquilo, que todo iba a estar bien. Eso es lo que no nos gustó, que nadie le diera bolilla.

P - Lo que me llamó la atención es que, cuando sale, después de haber intentado hablar con el rab...

M - El Gran Rabino

P - ...vuelve sobre sus pasos y le pregunta: "¿Por qué no me atiende?, ¿por qué no me ayuda si no está haciendo nada?"

Y el rabino le contesta: "Estoy pensando". Uhhhhhhh !

M - Eso se lo dice la secretaria, no el rabino.

- ¿Les gustó o no?

M - Podía haber sido mucho mejor

P - A mí no. La mandaron a un festival a buscar laureles que no se merece.

- ¿Vos crees que todas las películas de los festivales tienen méritos o son originales?

FRANCIA, de Israel Adrián Caetano











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P - En la de Caetano, que nosotros vimos por la Oreiro, la única que tiene un papel aceptable es ella.

- ¿Fueron a verla porque actuaba Natalia Oreiro?

P - Sí.

M - Además, porque nos venían bien los horarios. Era una película argentina corta, las demás eran largas.


- O sea que también decidieron por la duración...

M - No, no tanto. Estaba ella y pensamos que era un paso de comedia.

Y nada que ver.
Hay una nena, interpretada por la hija de Caetano, que es el personaje que aparentemente no ve nada pero en realidad se da cuenta de todo lo que pasa en la casa.

- ¿La historia se cuenta desde el punto de vista de ella?

M - Sí. Incluso creo que es la que la relata. Ella ve la situación.

- ¿Cómo es esa situación?

M - La madre trabaja, el padre tiene un trabajo elemental o está desocupado, entonces hay fricciones en la pareja, y ella más de lo que hace no puede hacer. La trama es bastante primaria.

P - No va a ningún lado.

M - No hay una resolución del tema ni se explica por qué se llama Francia.

P - Son situaciones de trabajo y de dinero que no alcanza.

- ¿Algo que les haya llamado la atención del estilo en que está filmada?

P - Sí, la forma epiléptica.

M - Un hogar muy sencillo.

P - Por ahí está la nena crecidita y de pronto se ve la escena de su parto. La verdad, muy fuera de lugar.

M - Sí, como un... playback (¡sic!): el momento del nacimiento de la nena y ellos como pareja siendo muy felices.

P - Igual, no hay situaciones que te "atrapen", son bastante baratas.

M - Tuvo un premio en España. Por qué se llama Francia no sé. Lástima que no vimos la mejicana que salió premiada.

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Notas

(1) Memoria selectiva de raigambre judaica: ¿cuánta gente nombra al director de Pizza, birra, faso y Crónica de una fuga Adrián Caetano como Israel Caetano?
Mi sospecha es que mis viejos eligieron ver Francia porque la dirigía un tipo que se llamaba Israel. Si esto es cierto, nunca lo admitirán.

(2) Otra hipótesis: todos los temas llevan necesariamente a hablar sobre nazis y judíos.

(3) El hombre del rickshaw (Hiroshi Inagaki, 1958, Japón)

Departures (Yojiro Takita, 2008, Japón)

Rashomon (Akira Kurosawa, 1950, Japón)

Me compré un papá (Ilya Frez, 1962, URSS)

Pasaron las grullas - (Mikhail Kalatosov, URSS, 1957)

El 41 (Grigori Chujrai, 1956, URSS)
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(4) ¡Toda una teoría estética!
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(5) Ídem nota (2)

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jueves, 24 de diciembre de 2009

El origen de un impulso

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Cuatro días robados a la rutina de Buenos Aires y los poros se abren, respiramos mejor.
Eso volví a constatar junto a mi esposa al recalar en Mar de las Pampas hace pocas semanas. El lugar posee –todavía- copiosos bosques que, además, se complementan con playas aptas para la caminata.
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Ocurrió imprevistamente, como un pinchazo psicofísico.
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En el luctuoso día gris, mientras vagaba entre los altos árboles espigados,
la espesura y la encerrona vegetal comenzaron a provocarme temor, a hacerme secretar una adrenalina injustificada.



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Comencé a sacar fotos con mi celular.















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Pronto entendí que me estaban intersectando imágenes de Antichrist, la película que había visto y defenestrado poco tiempo antes.
Esa cualidad de irrumpir para proyectar su ominosa ficcionalidad al bosque real que estaba transitando, me hizo pensar que tal vez debía darle otra oportunidad.

El resto es historia. Volví a verla e impulsó la escritura de una pequeña nouvelle en capítulos (Popcorn con el Anticristo: Intro, Pena, Dolor, Desesperación, Los tres mendigos).

Persiste aún lo más inquietante del asunto.
Porque la arboleda de altos troncos, la frondosidad boscosa y el cielo plomizo de aquel momento vivido en Mar de las Pampas, casi parecen fundirse con los delineados por Lars von Trier, cuesta diferenciarlos.
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Vean sino las fotos.
Sepan que en todo este post LAS ÚNICAS que pertenecen al film son aquellas donde se ve a Charlotte Gainsbourg.
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