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miércoles, 9 de junio de 2010

Engaño lícito

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(A propósito de La Soufriere, Alemania, 1977)
( y a manera de agregado al dossier sobre Werner Herzog publicado en el flamante número de la revista La Otra, que incluye algunos escritos míos)

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Es preciso hacer mía una cita del cónsul romano Marco Tulio Ciceron (“Si no me avergüenza pensarlo, no tendría que avergonzarnos decirlo”) como un acicate para descerrajar la primera sensación al volver a ver La Soufriere, la película del volcán a punto de explotar:
¿Por qué Herzog, con todo el pueblo de la isla caribeña de Guadalupe evacuado, porfía en ubicarse al borde de la montaña, en la primera fila, para registrar la inminente catástrofe (y de paso, morir)? , ¿es estúpido o qué?

Lo solemos catalogar de romántico, siempre en busca de la imagen virgen, del lugar inexplorado con un plus de etnografía fantástica.
En este caso, su dulce voz de narrador omnipresente nos informa que en ese verano de 1976 vienen sucediendo grandes catástrofes en muchas partes del mundo, con la tierra temblando por doquier - ¡cuan inquietantes reverberan sus palabras con los recientes sismos chilenos aquí al lado! - y que hay fuertes señales de que en Guadalupe, un archipiélago insular de jurisdicción francesa, se viene no la erupción normal del volcán La Soufriere sino una total explosión de la montaña con la fuerza de 5 o 6 bombas atómicas.
Declaradamente fascinado por ese hecho y por la noticia de que un pobre campesino se niega a ser evacuado de la ladera en que vive, se pone en marcha con su cámara y un crew de dos personas.
El mediometraje tiene partes bien diferenciadas.
La primera, el registro de casas, calles, rutas y hospitales vacíos en la capital Basse-Terre sólo poblada por animales buscando comida en la carroña, está filmada en travellings manuales, automovilísticos o aéreos. Permanentemente escandidos por un subliminal suspense provisto por la convivencia de una voz narradora calma y su avisar de la cercana hecatombe.
La palabra “miedo” aparece. El suelo, a medida que se sube la montaña, se siente caliente e inestable.
Luego, un hecho similar al que se espera, acontecido en la isla de Martinica en 1902 -ciudad de Saint Pierre/volcán/¡¡boom!!/ “hombres como aglomerado carbonizado”/buitres dando vueltas/ pan negro petrificado- nos es relatado a partir de fotos y obra de separador, a manera de indicio en flashback, del goce tanático que le espera a nuestro intrépido alemán.
Hay algo de La Jetée de Chris Marker en todo esto…
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( Y el tábano continúa atosigándome: ¿por qué? ¿por qué hace lo que hace?)
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La última parte entrega imágenes plásticas de una belleza que casi linda la abstracción, en tanto unos encuadres que dividen naturalmente el plano en una mitad inferior terrosa (la montaña) y en otra gaseosa (las nubes de sulfuro) demuestran – como las incursiones debajo del hielo polar en la casi 30 años posterior The Wild Blue Yonder – que la topografía es una cuestión de talento para el pincel.
Aquí se producen los encuentros con aquellos que, conociendo perfectamente el peligro al que se hallan expuestos, rehusan abandonar su lugar. Y cuyo no temer a la muerte resulta variable de su extrema pobreza, de no tener nada ni dónde ir.
Si Herzog imaginaba encontrar románticos dispuestos al sacrificio – el tipo de personajes en el que ama proyectarse – encuentra en su lugar seres simplemente resignados a la voluntad de Dios. Acaso el verdadero fracaso de su viaje.
Porque el manifiesto, teniendo en cuenta el subtítulo del film (“Esperando por un desastre inevitable”), es que los síntomas de la catástrofe van disminuyendo y el volcán termina no explotando.
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En Capturing Reality: The Art of Documentary (Pepita Ferrari, Canadá, 2008), Herzog dice que si La Soufriere hubiera explotado al menos habría conquistado una imagen espectacular.
Sin duda, frente al adocenamiento del noventa por ciento del cine actual esta profesión de fe y coherencia sigue embelesándonos. Pero como no creo en la inmolación en nombre del arte, no deja de estar sonándome como algo un poco gratuito, una estupidez.

Así que una de dos:
O suspendemos la incredulidad y nos entregamos a la pulsión tanática de un artista capaz de sacrificar su vida (y la de los demás) para lograr planos inéditos.
O bien damos lugar a la sospecha de que cuando marchó a la isla de Guadalupe ya sabía que el volcán no iba a estallar y se mandó una flor de puesta en escena, un engaño lícito.

Si éste último fuera el caso, podríamos disfrutar de La Soufriere como si fuera una falsificación de Orson Welles.
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lunes, 20 de julio de 2009

Volcanes, soldaditos, gimnasios y un lirista indescifrable

(DVD 2 del Pack Werner Herzog, Documentales y cortometrajes: La Cajita Feliz)















¿Alguien recuerda cuando Wim Wenders (en Tokio Ga, de 1985) mostraba a Werner Herzog en el alto mirador de una gigantesca torre tokyota explicando su presencia allí para intentar captar alguna imagen del mundo que aun no hubiera sido filmada?
Esta motivación, toda una vertiente del cine de Werner, es susceptible de ser inferida a partir del mediometraje La Soufriere.
Veamos.
Se espera en forma inminente la erupción de un volcán ubicado en una isla habitada de las Antillas francesas. La catástrofe sería de tal grado que imperiosamente se evacua la villa a sus pies, quedando abandonada e intacta, un pueblo fantasma habitado por animales y basura.

El suceso fascina a Herzog que, en la piel del realizador intrépido y buscador de lo inexplorado – papel que iría perfeccionando a lo largo de los años (ver The white diamond, del 2004, o Encounters at the end of the world, del 2008) -, se dirige allí, arriesgándose él y su equipo. En el lugar, además de toparse con ciertos marginales que pese al peligro rehusan marcharse – típicos excéntricos non fiction de su cine -, registra imágenes al borde de la abstracción, tan extraterrestres como las que la NASA le facilitaría luego para The wild blue yonder, del 2005.
Las nubes de gas bordeando los alrededores del volcán, borrando progresivamente los contornos geográficos de referencia: inolvidables.
El asunto es que los indicios del desastre comienzan a disminuir y la gente regresa a sus hogares para retomar su vida, situación que Herzog vive como fracaso personal; él había ido a filmar el Apocalipsis desde la primera fila:
“El giro de esta película nos resultó penoso y así acabó todo, en la absoluta nadería y el absoluto ridículo. Ahora se convierte en un reportaje sobre una catástrofe inevitable que nunca tuvo lugar.”
Su ambición devenida en esfuerzo inútil lo convierte también a él en una de sus invenciones, en un Aguirre, un Cobra Verde, un Fitzcarraldo más.
(La Soufriere – 1977)

















Un humanismo nada subrayado, porque los hechos hablan y la filmación de niños usados como carne de cañón no incurre en zooms abyectos.
En un pueblo indígena cuyo territorio es la selva nicaragüense, los miskitos, organizados por siglos en la práctica de un socialismo primitivo, pelean aliados del sandinismo ante la invasión de su hábitat por parte de Somoza. Sin embargo, cuando éste cae, los sandinistas en el poder los reprimen violentamente, tanto a ellos como a sus peticiones.
Entonces, la división de niños-soldados de esta etnia comienzan a ser entrenados y pertrechados ahora por los contras, siendo adoctrinados contra “el comunismo”: concepto vacío que les fuerzan a identificar con la matanza de seres queridos. Un colonialismo territorial, sí, pero también del lenguaje.
Estos chicos morirán, qué duda cabe, todos los bandos los utilizan sucesivamente porque – parafraseando a John Ford – they are expendable.

Muy lejos del estereotipo con el que muchos rotulan al director, aquí no hay foco en protagonistas megalómanos capaces de aplastar a quienes se interpongan en sus proyectos delirantes, sino una luz tenue, un grito ahogado a favor de los más débiles.
Y dos de las imágenes más tristes de toda su filmografía: el plano secuencia con niños sometidos a la práctica del disparo con mortero, y la visión del lánguido soldadito cantando su balada.
(La balada del pequeño soldado – 1984)
















Acá si que cuesta encontrar los rastros de lo que vendría después.
Montaje paralelo entre imágenes de fisiculturistas y desastres automovilísticos, bombardeos en ciudades e ítems similares puntuados por música a lo Coltrane y frases sobreimpresas de ironía canchera muy de esa época. Ejemplo: un forzudo ejercitando sus músculos y la pregunta en pantalla "¿podrá vencer a las Amazonas?", corte e inmediatamente se nos muestran mujeres soldado marchando.
Y así todo en éste, su primer corto.
También los gigantes comenzaron pequeños.
(Heracles - 1962)















Incomprensible este viejo que toca la lira pero no habla, casi un Kaspar Hauser que, en lugar de una vida encerrado en un sótano, porta una existencia anterior recluído por voluntad propia en una isla.
"Lo sacamos de allí, lo salvamos" manifiestan a duo dos policías, sobreactuando orgullosamente ante cámara.
Pero cuando un testigo narra que cuando lo tomaron por la fuerza para subirlo a un barco dijo: "no podeis hacerme daño, estoy al mando de toda una flota", y el encuadre muestra que esa flota, sus barcos, no son más que un dibujo tallado en la roca, el personaje quedará para nosotros inmediatamente adscripto al linaje de los excéntricos románticos que Herzog siempre supo encontrar (o inventar).
(Últimas palabras - 1968)
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