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sábado, 5 de septiembre de 2009

Argentinas en cartel

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Voy a terminar yendo a ver El secreto de tus ojos para poder participar en debates que me interesan más que ella misma.
Suena a prejuicio y tal vez lo sea, pero si no fuera porque personas que tienen con qué la defienden o la atacan fundamentándolo con inteligencia y sin ser funcionales al lobby (o a la demagogia) del cine nacional, a mí para un Campanella no me agarrás. Hay razones para ello: sus últimas dos películas.

Practicando una especie de populismo hacia la clase media argentina tanto El hijo de la novia como Luna de Avellaneda se dedicaban a contar las penurias y la decadencia de su supuesta bondad. Así, aquel restaurante o club de barrio que representaba el lugar primigenio de la felicidad a partir del ascenso social de la familia argentina en la década del ´50, ahora estaba siendo amenazado por deudas y ofertas empresariales imposibles de rechazar.

El dilema del héroe - siempre Darín - era su tironeo entre el legado familiar y los nuevos vientos. Pero, sobando el lomo a sus espectadores, Campanella lo ubicaba en la encrucijada de una Historia nacional (contextualizando su historia individual) en la que él y su clase parecerían no tener nada que ver.

Mística de un pasado presentado como impoluto, héroe víctima de circunstancias buscando salvarse (como si fuera un periodista yanqui cubriendo una revolución en un país africano), la década del ´90 como corruptora de valores puros encarnados por nuestra gente (Darín, Aleandro, Alterio: la santísima trinidad), empresarios de hoy que por el sólo hecho de serlo son "los malos", un comic relief pintado como loser para enternecer pero que da verguenza ajena - siempre Eduardo Blanco -, costumbrismo de cotillón...
Un cine manipulador, reaccionario, destinado a una clase que suele proclamarse perjudicada por "el país" o "los políticos" (en abstracto) y que jamás asume responsabilidad alguna por las cosas que le pasan.
Y -raro en un experto en filmar capítulos de series norteamericanas- poco fluído narrativamente, acaso embarrado el timing por las declamaciones morales de sus protagonistas.

Sé que puedo estar siendo injusto a priori con El secreto... que aun no ví.
Para acercarme a ella de una manera neutral voy a tener que lograr desactivar el lente del auteurismo (esa manera tan cinéfila de aproximación a una película a partir de rastrear los rasgos personales del universo fílmico de un director en cada nueva cosa que produce).

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En cuanto a Anita, la otra producción argentina destinada al consumo masivo, bueno, no necesito para saltearla otra razón que ese indignante afiche.
Ya leí algunas reseñas sobre ella pero vamos a eludirlas, concentrémonos en el poster:

La señora actriz Norma Aleandro (que eternamente da como bienpensante) abraza y sonríe en forma complaciente a la chica down que, aniñada, parece jugar tocándole la nariz. Trajecito oscuro versus leñadora a cuadritos, estas vestimentas metonimizan respectivamente la condición de adulta seria (con la que hay que identificarse) y la de pobrecita minusvalida a la cual se debe proteger.
El diminutivo del título también la rebaja un poco a la chica con capacidades diferentes: la corrección política de este tipo de productos implica esa sutil subestimación.
El texto "La vida puede cambiar en un instante" reforzando el contexto optimista del cartel, ¿a qué se refiere?, ¿tendrá algo que ver con lo que pasa en el argumento o estará más ligado a esa tradición de rotular publicitariamente que tal o cual film es "un canto a la vida"?
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Ahora bien, Anita trata de Anita deambulando por las calles buscando a su mamá muerta en la explosión de Amia.
No voy a caer en la obviedad de señalar la bajeza chirriante de la dupla "atentado traumático" + "huérfana con síndrome de down" (y demos gracias a que el director Carnevale, según las críticas que leí, no agrega subtramas de desaparecidos durante la Dictadura), aunque...ups, lo hice.
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Lo que sí me interesa es destacar nuevamente el texto de ese afiche desbordante de optimismo y su resignificación cuando lo volvemos a leer sabiendo de qué trata la película.
¿Que muera asesinada tu familia y te quedes sola? ¿a eso remite "La vida puede cambiar en un instante" en medio del alegre entusiasmo que transmite la imagen? Amigos: esa línea es una canallada abyecta.
En cuanto a ver Anita...preferiría no hacerlo..
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miércoles, 27 de mayo de 2009

Entre los Muros: Dos películas y una duda


Por: Norberto G.
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La muy buena película de Laurent Cantet puede ser leída como dos películas.
La primera de ellas desde el comienzo hasta el insulto del profesor a Sandra una de sus alumnas, llamándola pétasse que significa algo así como trola, y la segunda sobre cómo este hecho es vivido por los actores del relato y las consecuencias que origina.

El film transcurre en el colegio Dolto en un barrio de París (20e Arrondissement) y no como erróneamente se mencionó en la banlieue parisiense, es decir que la mezcla de razas y la marginalidad se da en el corazón de la ciudad lumière y no en los barrios más postergados de las afueras.
En esa primera parte se describen las relaciones entre François Bégaudeau, el autor del libro sobre el que se basa el film, que hace de sí mismo, y los alumnos en su mayoría inmigrantes venidos de las ex colonias francesas.
Las dificultades del maestro para intentar que los alumnos se interesen en los temas que lleva a la clase y los alumnos que sienten que la mayoría de ellos están muy lejos de su vida cotidiana (y que además los ven inútiles para sacarlos de la situación de exclusión en las que viven), son el centro de una dinámica rica en anécdotas que se cuentan lejos de cualquier esquematismo.
Apenas aparece un evento que ya prefigura la segunda parte cuando en el medio de una reunión de profesores se menciona la amenaza de expulsión (por falta de papeles) que pende sobre el padre de uno de los alumnos. Si bien la reacción de los maestros es comprensiva no se organiza ninguna reacción ni institucional ni grupal.
Muy interesante cómo los alumnos muestran las facetas de sus personalidades desde el racismo entre pares (el narcisismo de las pequeñas diferencias) hasta el ingenio y la diversión adolescente y cómo el profesor interactúa intentando la comprensión y la empatía. (Como nota de color diremos que en la vida diaria del colegio Dolto los profesores fueron muy críticos con la propuesta pedagógica de Bégaudeau).

Luego llega el insulto y se delinea otra película o, cómo veremos, los límites de la primera parte, ya que una vez que el profesor llama trola a la alumna en lugar de disculparse e intentar circunscribir el evento a una furia pasajera, se justifica y nunca da la razón a Sandra; es decir: toda la orientación comprensiva sobre el otro y la intención de darles voz a los alumnos inmigrantes se hace astillas, ya que condena a la alumna al silencio o peor a la impotencia de no ser escuchada.

Después llega el proceso escolar a uno de los alumnos que accidentalmente o no golpea a Sandra, pero más allá del perdón de sus pares, la escuela como institución da inicio a un proceso de expulsión. El Director le pide al maestro que escriba en su descargo que había insultado a una alumna solo con el fin de no dejar cabos sueltos a la defensa que hace la institución de uno de sus miembros
Hermosa metáfora la escena de la madre del alumno de Mali que va a la escuela a escuchar la acusación contra su hijo, la mujer no sabe francés y el alegato es traducido por su hijo, la falta de voz de los inmigrantes en la sociedad de los países centrales queda en evidencia sin una sola palabra, sólo con la fuerza de su mirada.

El profesor más allá de su punto de vista progresista y empático con los alumnos frente al conflicto se repliega y se encierra en su razón de clase tratando de minimizar el incidente en tanto que Sandra le dice que no es normal el ser insultada por un maestro.

Lo concreto es que no solo él niega lo sucedido sino la institución lo hace en su conjunto.
¿Será por esta toma de posición que la derecha ha elogiado el film además del oportunismo que le es característico? Christine Albanel ministra de cultura pidió que el film sea divulgado en las escuelas y el mismo Nicolás Sarkozi alabó el tacto y la finesa del director al retratar a los profesores, desde luego para él los inmigrantes no tienen el mismo peso protagónico que los maestros.

Creo entonces que es un film que permite varias lecturas, pero ¿cómo un film de comprensión e inclusión y otro de castigo y exclusión pueden convivir en una sola cinta?
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lunes, 25 de mayo de 2009

Z32, Entre los Muros y Ultima Parada 174: nada o todo que ver

.Por: Maré
Por: Maré

Tres películas bien diferentes y sin embargo, me llevan al mismo punto de interrogación: ¿hasta qué punto estamos condenados por la sociedad en que vivimos y somos producto de ella? ¿Es posible salir de ese condicionamiento ciego?

Estas tres películas hablan de la violencia:
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- Z32 (Avi Mograbi, Israel/Francia, 2008), a través de un soldado israelí que cuenta su participación en la matanza de unos policías palestinos por vengarse de una masacre de la que ni siquiera estos policías tuvieron noticias.

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- Entre los Muros (Laurent Cantet, Francia, 2008) nos muestra la violencia del sistema educativo en el que es imposible enseñar, aprender, dialogar, comprender.

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- Última Parada - 174 (Bruno Barreto, Brasil, 2008) nos relata la historia de un chico brasileño que llega a secuestrar un ómnibus durante 7 horas y luego él mismo muere asfixiado por la multitud vengativa…

Y uno se pregunta, más allá de la calidad cinematográfica de cada una de estas películas: ¿podrían, cada uno de estos personajes –todos cercanos a la vida real- haber actuado de otra manera?

Y sí, todos sabemos (o queremos creer) que en cada uno de nosotros está la voluntad de decir que NO, de no hacer juego a lo que “nos proponen” (todos podemos elegir no ver a Tinelli), pero me pregunto sobre la posibilidad real de cada uno de estos personajes de salirse de su cotidianeidad y de “reflexionar críticamente” sobre lo que están haciendo. Acaso la lógica de su día a día no les permita pensar / pensarse de otra manera.

¿Qué posibilidades tiene el soldado de Z32 de pensar que no está bien salir a matar personas (palestinos, en este caso) cuando en el ejército le lavan la cabeza (¡y qué buen shampú deben estar usando!), como para hacerles creer que la experiencia más excitante de su vida es ir a la guerra y matar a sus “enemigos de siempre”?

¿Pueden los chicos de Entre los Muros actuar de un modo diferente cuando son hijos de inmigrantes en país que vive excluyéndolos, en el que saben que no van a tener oportunidades de desarrollarse y en el que viven el peligro permanente de ser deportados? ¿Y pueden esos docentes no explotar de vez en cuando, preguntándose una y otra vez cómo intentar que algo finalmente pueda interesarle a esos chicos?

¿Y podría Sandro no haber llegado a secuestrar el ómnibus cuando su vida estuvo signada por la muerte violenta, la vida infantil en la calle con matanzas a cargo de los Escuadrones de la Muerte, el acceso cotidiano a las drogas facilitado por los mismos adultos que luego lo condenaron a morir por represalia?

¿Cómo llegaron todos ellos hasta ahí?
¿Y de quién es la responsabilidad de que esto no siga sucediendo?

No se trata de “echar culpas”, pero sí de pensar con inteligencia que en la vida y en este mundo, por mucho que nos pese, las cosas no son blancas o negras, que hay muchas variables que la hacen más compleja y que por lo tanto, las soluciones no son simples. Por eso, en estas tres películas se hace difícil identificarse con uno de los personajes, todos tienen su lado oscuro, y todos tienen sus razones.
A veces estamos del lado de los “buenos” y a veces pensamos que los “malos” por algo lo son. Pero ni eso importa tanto…

Porque lo que mejor logran es que nos preguntemos: ¿cómo es que llegamos a construir este mundo tan nefasto? ¿será posible cambiarlo?
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viernes, 22 de mayo de 2009

Entre los muros: un poco más del lado de los alumnos

.Hace poco una amiga me contaba que, discutiendo fuerte con su hijo adolescente, él se mando un exabrupto cuestionándole elecciones absolutamente personales e íntimas. Estaban en un bar y mi amiga, explotando, se levantó y se fue.
Luego llevó este episodio a su terapia, y lo que le devolvió el analista fue que como madre y adulta, ella tenía más responsabilidades en el manejo de ese momento tenso que su hija, por lo que no debía estallar cortando toda posibilidad de diálogo sino, simplemente, decirle: "ese es un tema mío y no corresponde que te metas", y enfilar la discusión hacia asuntos relacionados con ambos.


Episodio perfecto para ilustrar la relación profesores-alumnos en esta película (y en la vida).

¡A François no se le puede soltar la cadena y decirle "¡zorra!" a una alumna! (esto en la traducción, porque según mi amigo Norberto la palabra "¡pétasse!" del original es mucho más fuerte y refiere a una vaga perdida, a una puta barata), y por más agobio que tenga - hasta con justa razón - siempre habrá una asimetría: él representa a la institución que fija las reglas, al poder.

Cantet, a pura puesta en escena, nos mete en un aula de reducido espacio a transpirar con los intentos socráticos del maestro frente a ese universo social en miniatura representado por sus alumnos, que:

- Por sus extracciones, razas y países de origen inclusive tienen que ver poco entre ellos.

- No sienten como propio el lenguaje del maestro, por ser ajeno a su cotidianeidad hogareña y callejera.

- Más allá de los “muros” escolares, seguramente los veríamos viviendo la exclusión a la que se los somete.

a. Es fácil imaginar la precarización laboral de sus padres.
b. Hagan un paneo por las propuestas sociales de Sarkozy.
c. Recordemos que no hace mucho - ¿un año?, ¿dos? – hubo una irrupción
de este malestar de los inmigrantes discriminados en el extrarradio parisino,
con bombas y todo.

- Además, padecen la propia ebullición de sus hormonas adolescentes.


El gran logro de Entre los Muros es, en ese agobio y encierro para todos, hacer oscilar nuestra identificación entre el maestro y sus educandos, una y otra vez, ida y vuelta, en una zozobra de nuestra empatización de espectadores; porque aquí no hay buenos versus malos – ni “el muchacho” contra “la pandilla de forajidos” – sino una situación emergente de otra mucho mayor a la que, generalizando, definiríamos como “el estado del mundo”, y particularizando: “la vida como ciudadanos de segunda de los inmigrantes en Francia”.

Por eso, podrá ser elogiable el esfuerzo docente al trabajar con los emergentes sin considerar al grupo mero receptáculo curricular, y podremos entender lo difícil de su tarea tironeado entre lo progre y lo Sarkozy, pero ganarse la vida en el colegio – lugar que exhibe como pocos las contradicciones de la sociedad – lleva implícito no desbarrancarse.
Salvo en la sala de profesores, esa especie de bunker solidario y neurótico.

La otra es simplificar el asunto y despacharlo con un : “¡son unos salvajes, no pueden aprender nada!”, a lo que algún taxista porteño agregaría: “¡hay que matarlos a todos!”.
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miércoles, 20 de mayo de 2009

Entre los muros: del lado de los maestros

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Por: Carla D.

Breve currículum: Estudié en la escuela Bialik. Después me recibí en el conservatorio Manuel de Falla. Desde hace muchos años trabajo de maestra de música en varias escuelas (del gob. de la ciudad y privadas). Escribo libros de cuentos y canciones para chicos que publico donde me dejan (por ahora Ed. Norma, Aique, y Ed. Panamericana de Colombia)


(NOTA DEL EDITOR: Los contenidos del presente post refieren especificamente a la opinión de quien lo escribió)

Entre los Muros es casi el “reality” de un colegio donde un profesor de francés trata de enseñar a unos adolescentes que no quieren aprender o no les interesa.

El guión fue escrito por un profesor de francés (en la vida real) y los intérpretes son alumnos reales que hicieron un taller de teatro en esa escuela, y se quedaron muchos días después de hora para filmar (cero costo en personal actoral, felicitaciones al productor).
La escuela es estatal y está en los suburbios de Paris, altamente poblada de inmigrantes y franceses de bajos recursos (lejos de las clases mas acomodadas).
Las escenas transcurren en tiempo real, o sea que diez minutos de clase son diez minutos de película..

Todo el tiempo los alumnos le cuestionan al profesor lo que les enseña (lo que vulgarmente se diría: “le buscan el pelo al huevo”), en vez de aprovechar la oportunidad que la educación les da de tener una vida mejor que la que tuvieron sus padres.

La película denuncia que los chicos pasan de año sin saber nada, sólo porque el director tiene miedo de que los padres se le pongan en contra y “no quiere problemas”. Y cuenta a las claras que al Estado no le interesa educar, solo entretener, y por eso el sistema burocrático le quita autoridad al docente. El maestro está solo.

Lo que se genera en el auditorio del cine es una indignación que va creciendo, debido a la asimetría de derechos entre el profesor y los alumnos. Los chicos pueden decirle cualquier cosa al profesor, incluso “cabrón”, que no sé qué significado tendrá para ellos, (para mi solo es una cabra grande) pero parece que allá no es algo bueno.
Pero cuando el profesor se exaspera (mucho después de lo que se exaspera el espectador) y les dice “zorras” a dos alumnas, los alumnos arman un escandalete que pone en riesgo la estabilidad laboral del docente.
Al igual que en las películas de terror, uno se identifica con la víctima (el profesor) y así como en en ellas uno tiene ganas de gritarle al protagonista: “¡Cuidado que el asesino está detrás!”, en esta película uno tiene ganas de gritarle: "¡Ponele 10 amonestaciones!, ¡No dejes que te grite!, ¡Cuidado con el alumno del fondo que te está poniendo a prueba!, ¡No te enganches con el llanto de la de adelante que es un manejo para hacerte sentir culpable!, ¡Guarda que viene el director por el pasillo, hacelos sentar rapido!"

Entre los muros termina de concientizarnos de que sin el respaldo institucional a la autoridad del maestro, los chicos no pueden aprender nada. Cada clase que el profesor quiere dar, los alumnos se la boicotean: “¿por qué hay que aprender a usar bien los verbos si total en la vida cotidiana todos los usan mal?” le pregunta una alumna.
Finalmente el chico que mas le faltó el respeto y además agredió a una compañera físicamente (causándole un corte en la frente) es expulsado. Parecía que todo el cine estaba por gritar ¡Viva Viva!, cuando en realidad el pobre chico tenia que volver a África. O sea, en otro contexto uno se compadecería y diria: “Noooo, no lo echen”, y hasta se nos escaparían unos lagrimones cuando se va del colegio con su mama (que encima lo defendía cuando sabia claramente que atentó contra la integridad fisica de una compañera).

Este punto también es muy interesante: los padres de los alumnos. Nunca tan bien retratados como aquí. Defienden a su hijo, no importa lo que haga, su hijo siempre tiene razon. Los padres critican al maestro porque es “muy exigente”, como si la exigencia fuera algo malo. No se dan cuenta que el mundo laboral es exigente, no el profesor.
El director del colegio le hace firmar al maestro un acta sólo por haber cometido el pecado de defenderse de un insulto con otro insulto, lo trata como si fuera un delincuente citado a declarar.

Si la escuela es una herramienta para fomentar la igualdad de oportunidades para todos, este no es el camino. La falta de exigencias al alumnado, lejos de ser un sistema de inclusión (“todos pueden pasar de grado sepan o no”) es un sistema de exclusión, porque así los chicos no aprenden nada y solo van a llegar a tener mejores trabajos los que se puedan pagar estudios privados específicos.

Casi al final, cuando van a calificar a cada chico (lo que para nosotros es el boletín), opinan los maestros, el director, y dos representantes del alumnado (una especie de centro de estudiantes).
Y ahí termina de desenmascararse la desvalorización de la educación por parte del Estado, porque, si un alumno tiene autoridad para clasificar a otro entonces la educación no tiene razón de ser. ¿Para que necesito alguien que me enseñe si yo ya estoy calificado para evaluarme a mi mismo?

Uno mira la película con la seguridad de que ninguno de esos chicos va a poder trabajar más que en un Mac Donalds. Porque nadie les exige que sirvan para algo más. Si un profesor quiere exigir es tildado de tirano, cuando en realidad lo que está buscando es todo lo contrario: que en un futuro la sociedad no tiranice al chico aprovechándose de su falta de conocimientos.
Lo que sorprende es que una escuela francesa, que se supone del primer mundo, se parezca tanto a una escuela argentina…

Por fin una película sobre educación que no recurre al cliché del maestro represor y los pobres niñitos victimas de su autoritarismo.
“No aprendí nada” le confiesa una alumna al profesor, a fin de año. Esa es prácticamente la frase final de la película, y yo diría que también su síntesis argumental.
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sábado, 2 de mayo de 2009

Contra el ingenio (3): A propósito de Lost y otras máquinas para dar vueltas de tuerca

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A Rocío.


Cuando tenemos un problema que no podemos resolver en forma sencilla, nos angustiamos, explotamos de impotencia o, pragmaticamente, lo pateamos para adelante y seguimos participando...


A esta altura del partido, con 3/4 partes de la 5ta temporada en el aire, no queda otra que rendirse ante la evidencia, ¡que astutos son los guionistas de Lost!: cada año logran reformular todo lo visto anteriormente introduciendo una nueva "cláusula" argumental que pone en una perspectiva distinta todo el conocimiento que manejábamos de esa adictiva enciclopedia de datos inútiles.
En fuga permanente hacia adelante, sin posibilidad real de cerrar la totalidad de las puertas que fueron dejando abiertas, lo más interesante termina resultando asistir al ingenio de los guionistas para continuar dándole vueltas al asunto, a la verdadera ecuación a resolver: cómo seguir estirando.
No voy a reseñar aquí la serie ni puntearla con exhaustividad, para eso cuentan ustedes con infinitos lugares en la web (desde muy cholulos a muy esclarecidos), y hasta pueden comprar libros llenos de pistas (contradictorias, por supuesto) destinadas a los watsons de este siglo.
En particular, me interesa ahondar en las claves metodológicas que utilizan productores y guionistas para conseguir semejante rango de alcance, a resumirse en una muy evidente: se apropian de todo.
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Multiétnica, multitarget y multigenérica, Lost estructura cada capítulo focalizando en uno de los personajes, al que "explica" por medio de flashbacks de pasado pre-isla, dotándolo de su correspondiente rosebud. Corrijo: "explicaba", porque el recurso, al igual que la adición de nuevos caracteres, se fue agotando hacia fines de la 3era temporada, obligando a nuevas tretas del guión, que resultaron...flashforwards post-isla sobre Kate, Jack, Hugo y algunos otros.

¿Y qué está pasando desde fines de la 4ta, cuando los saltos para atrás y para adelante se han ido burocratizando?
Pues el plan "C": planos temporales paralelos.
¡Si está clarísimo!, el presente de la acción en la isla es el pasado previo al accidente aéreo, y ahora ellos, nuestros héroes, son los "otros", trabajando felices para Dharma (esto incluye la recentísima superposición de un personaje con su doble: Miles se ve a sí mismo de bebé con el padre - factotum dharmático - que habrá de abandonarlo).


Poco antes, ya estaba pareciendo demasiado para la tolerancia del televidente promedio que la isla consiguiera moverse horizontalmente (de lugar) y verticalmente (de tiempo) a piacere. Entonces, probablemente presionados para una mayor inteligibilidad de los combos temporales, nuestros escritores bajaron su voltaje de ingenio y recurrieron a la ramplonería de anunciar cada desplazamiento espacio/tiempo con un gran estruendo, personajes tapándose los oídos y fundido a blanco de la imagen. Esta última berretada formal de la que no es posible vanagloriarse debía cesar, y cesó, previo trámite de justificación seudocientífica vía el autocentrado Faraday, a quien los guionistas suelen endilgarle la carga de un supuesto conocimiento (silencioso) que podría dar cuenta de muchos de los misterios.
(La próxima jugada ajedrecística debería ser eliminarlo y sepultar con él la necesidad de explicaciones. Bah, es un decir, porque si en la coctelera espacio/tiempo vale todo, con la muerte aquí ocurre lo mismo: si alguien muere no hay garantía de que no reaparezca; ahí lo tienen a Locke, asesinado pero circulando).


Y la numerología, los osos polares, la escotilla (por favor, qué habilidad para alargar lo de la escotilla), el humo (que ahora viene a corporizar la culpa de Ben por la muerte de su hija: sí, también la serie engulle vulgata psicológicista), todos motivos que reaparecen para generar la ilusión de esclarecimiento cuando, en realidad, sólo refuerzan la ilusión de coherencia.

Les aclaro que no tengo nada contra las historias que no "cierran", ni problemas con las obras sin centro gravitacional y armadas a base de disgresiones narrativas; hay mucho disfrute que brinda el cine contemporáneo con eso. Dos ejemplos al azar podrían ser Historias Extraordinarias de Mariano Llinás y A Cock and Bull Story de Michael Winterbottom; éste último un caso interesantísimo, porque el director parte de la novela del SXVIII Tristram Shandy de Laurence Sterne, considerada extravagante y moderna para su época (cuyo narrador intenta contar su biografía pero se pierde en meandros contextuales y anecdótico-picarescos que prácticamente anulan el avance de la trama), y logra transpolar ese espíritu juguetón a una película posmoderna (pero no cool a lo Tarantino).


El problema es que a nadie le gusta que lo estafen, y si la serie - y su publicista creador J.J. Abrams - promete develar todos los misterios mientras nos propone que juguemos a ser detectives, debe cumplir.
No vale seguir enterrándonos en abrumadores sistemas de citas para autolegitimarse - los nombres de los protagonistas llevan a filósofos, los libros que leen sugieren claves K. Dick, Bioy, Castaneda -, ni cerrar un interrogante para abrir tres.
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Pero esto es soplar en el viento, el marketing manda; y si las mediciones registran que el público femenino desplazó a Jack por Sawyer en sus suspiros pues, guionistas: a reacomodar la trama para que aparezca más (y cuanto menos vestido mejor), encuentren coartadas.
Ese es el paradigma con el cual la máquina funciona, y si eventualmente, el rating baja, teniendo en cuenta que el negocio ya rindió beneficios comerciales, siempre quedará el rédito cultural de "serie de culto".

24, por mencionar otro smash hit, apela basicamente a dos recursos que le rinden: a la adrenalina para tapar la inverosimilitud, y a la rotación de valores como fórmula para simular originalidades (un presidente es ético en una temporada y otro es villano en la siguiente, un colega de Bauer es virtuoso en una y se transforma en criminal en la siguiente, la amenaza llega de afuera en tal temporada y al año llega de adentro, etc).

Y podríamos continuar hasta el infinito, porque las vueltas de tuerca no se limitan a lo argumental, ni a las series de televisión que se bajan de Internet; vean cómo la industria fagocita a un reconocido auteur cinematográfico para volverlo digerible:

¿Hay expectativa razonable de que, a esta altura, Tim Burton, genere algo como Ed Wood o como El Joven Manos de Tijera?. No, porque Burton ahora es una marca que "vende" productos fílmicos sin alma pero repletos de producción brillosa, condenado a filmar estereotipos emo-góticos o pesadillas infantiles de diseño, destinado not happily ever after a ser un ilustrador de cuentos (era fija que el proyecto Alicia en el País de las Maravillas le iba a caer a él).

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Volviendo a la serie que nos ocupa, mal que nos pese, en casa la consumimos.
Con mi hija, capítulo a capítulo vamos discurriendo acerca de las vicisitudes de los verdaderos protagonistas, que no son otros que unos guionistas tratando de salir indemnes de sus trampas.
Una instalación en donde se exponen mecanismos. No hay mucho más.

Distintas aristas para una misma estrategia de segmentación del consumo cultural masivo: para algunos Tinelli, para otros Lost.
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martes, 28 de abril de 2009

Contra el ingenio (2): A propósito de Synecdoche, New York y otros artilugios de Charlie Kaufman


En tu debut como director vas a tener que entregar, a los que te admiran como guionista, algo similar a lo escrito para Spike Jonze o para Michel Gondry en ¿Quieres ser John Malkovich? y en Eterno Resplandor de una mente sin recuerdos respectivamente. Porque esas películas anduvieron muy bien en los nichos a los que estaban destinadas.

No parece tan difícil la tarea, ¿no?, basta con pensar un concepto ingenioso que domine la narración, lo vestís un poco con montaje de videoclip, guiños al teatro off, angulaciones estrambóticas, actores con onda y, ah, no olvides la música, que puede ser un minimalismo Phillip Glass, que siempre da profundo, o un Jon Brion, que viene utilizándose más ultimamente.

A ver, recordemos, en ¿Quieres ser...? el truco argumental era la posibilidad de ingresar por una especie de portal en la mente de John Malkovich, no había allí otra cosa que eso y las vueltas de tuerca a partir de eso (y esas oficinas en el piso "séptimo y medio", qué gadget genial, puro Kafka, ¡espero que se haya entendido la referencia!).
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Para Eterno Resplandor..., teniendo en cuenta que ya se referían a vos como uno de los más innovadores guionistas de Hollywood, pergeñaste la existencia de un tratamiento para borrar el recuerdo de la persona amada que ya quedó atrás, no había allí otra cosa que eso y las vueltas de tuerca a partir de eso (y la belleza de Kate Winslet que, afortunadamente, no obturaba el reconocimiento a tu genialidad).

Ahora, después de ese éxito, estás listo para dirigir, cuestión de encontrar un disparador, algo para sorprender e impresionar.
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(Todavía rememorás en tus pesadillas lo difícil que fue dar con una idea atrevida para Adaptation, días con bloqueo creativo alla Barton Fink hasta que... ¡Eureka!: un guionista sufre un bloqueo creativo cuando le encargan adaptar al cine la novela de otro, ¡perfecto!.
Y sí, no había allí otra cosa que eso y las vueltas de tuerca a partir de eso, y los detallitos intrigantes que agregaste como el del hermano gemelo también guionista, su doppelganger comercial.
Pero al final la cosa resultó, e inclusive los diarios progres vieron en el film una alegoría de las presiones de la industria cinematográfica hacia los intelectuales talentosos - como vos mismo -, empujados a sacrificar lo artístico complejo por lo simple y predigerido para el gran público.)

Tenés, eso sí, un problema irresoluble.
Gondry, Jonze, niños mimados del videoclip conceptual para músicos chic, tienen muchas ideas visuales; hasta George Clooney, para quien escribiste Confesiones de una mente peligrosa - esa sí que fue fácil, porque el concepto rector del argumento, el tipo que es a la vez productor de telebasura, agente secreto y asesino, te lo dio servido en bandeja la propia realidad - tiene un cierto manejo de la puesta en escena.
Una vez que encuentres LA idea, ¿cómo la vas a plasmar?, ¿cómo vas a evitar las comparaciones?

No desesperes, primero pensemos en un run for cover, esto es, cuando no aparece algo original, recurrir a lo que sabés que te sale bien, las cajas chinas: personajes dentro de sueños propios o ajenos (variante onírica), gente dentro de otra gente (variante surrealista), o películas dentro de películas (variante metatextual). Vamos, aguzá tu talento combinatorio.

Ya está: un dramaturgo gana una beca y se propone como proyecto montar teatralmente su propia vida en escala real, reconstruyendo su ciudad dentro de su ciudad, personas de su cotidianeidad con personas de su cotidianeidad, etc, etc, hasta que, representación dentro de representación, se confunden las ficciones dentro de las ficciones y eso termina hablando de…¿qué importa?, es ingenioso, el espectador va a sentirse inteligente dándole interpretaciones al asunto. Si lo hizo antes el argentino Borges en muchos cuentos, y en Inglaterra, Inglaterra el inglés Julian Barnes...

Por las dudas, lustremos el producto con alguna enfermedad del protagonista, alucinaciones que podrían deberse a medicamentos - descartemos el final tipo "todo fue un sueño", no caigamos tan bajo - y alguna frase monumental que pretenda transmitir un mensaje abarcador, ¿qué te parece ésta?:
“Hay casi trece mil millones de personas en el mundo. Ninguna de ellas es un extra. Todos son líderes de sus propias historias. Debe dárseles su reconocimiento.”

Impecable, el producto casi está, intentá conseguir una pléyade de actores inobjetables, de esos cuya sola presencia tapa la vacuidad de una trama; sí, Philip Seymour Hoffman, Catherine Keener, Samanta Morton, Emily Watson y Dianne Wiest estarían bien. Y a no olvidar diseñadores de producción y directores de arte acordes a semejante idea megalómana.
¿David Mamet lo haría distinto?

Falta un título canchero, que despierte curiosidad, tal vez una palabra de uso no muy frecuente o un tropo circunscripto a los círculos in a los que vas a destinar tu nuevo derroche de ingenio; no, "palíndromo" ya la usó Todd Solondz, vamos con "sinécdoque".

Con todo esto tu marca va a seguir cotizando alto, airosa de tu primer compromiso como director, sin duda. Conque...¡manos a la obra!


(continuará)
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sábado, 25 de abril de 2009

Contra el ingenio (1)

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Basta. Con ingenio sólo se elaboran productos lustrosos con voluntad de venderse (esto es, orientados hacia el dinero concreto), o generadores de reconocimiento (esto es, hacia el dinero simbólico).

La facultad de discurrir o inventar con prontitud y facilidad - gracias, RAE - otorga eventualmente el título de "creativo publicitario", corolario razonable si se tiene en cuenta que el ingenioso suele generar dispositivos sorprendentes.

Hay una escena de una vieja película de Lina Wertmüller llamada Sotto... sotto... strapazzato da anomala passione, en la que el palurdo y machista carpintero protagonista, enloquecido por el probable affaire de su esposa con otra mujer (cito de memoria: "si fueras un hombre te cago a trompadas, pero en esto...¡no hay tradición! "), se topa con amanerados representantes del mundo de la "cultura" (así, con comillas, porque es puro estereotipo) que le espetan un discurso sobre el placer y el relajo, a lo que el perplejo cornudo retruca enardecido algo así como: "¡¡ lo que pasa es que ustedes confunden el culo con la cultura!!".

Bueno, la disyunción poco académica entre culo y cultura me vino a la cabeza pensando en esta otra entre artificio o arte, una confusión bastante inducida por la factoría del entretenimiento.
Otra definición de ingenio que en este punto calza justo: máquina o artificio mecánico.

No es que idealice un deber ser del cine, por otra parte industrial desde su nacimiento, ni que tenga ganas de subrayar la obviedad metodológica de la fábrica de blockbusters, cuyos productos son repeticiones de repeticiones de fórmulas probadas (con leves variantes novedosas), a los fines de su "funcionamiento" en la taquilla. Voy para otro lado...


En los últimos años, un sutil gato por liebre se manifiesta en las obras de ciertos realizadores o guionistas consagrados por la intelligentzia liberal norteamericana y epígonos globales. Son films vanidosos que pretenden ser el último estadío del arte y que, autoconvencidos de significar una lectura personal acerca del mundo, no se reconocen como lo que, en rigor, son:
Objetos ingeniosos cuya finalidad principal es generar admiración hacia quienes los produjeron, seres brillantes bien, bien lejos de la "invisibilidad" del artista que apoyaba Bazin.



(continuará)
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lunes, 2 de marzo de 2009

¿John Ford elige la barbarie?

. Desde las columnas en Página 12 que suele usar como púlpito, José Pablo Feinmann, con su prosa llevadera y siempre con algo de rencor a cuestas, arremetió ayer, no muy lateralmente, contra aquellos que gustan de un cine distinto al que él considera Cine.

Una pena su beligerancia. Disfruté mucho, hace algún tiempo, de los ensayos de su libro "Pasiones de Celuloide": una declaración de amor a las películas que mamó, a las stars inalcanzables (imposible no pensar en Manuel Puig) y, en especial, al cine narrativo.
Más, sus ensayos fasciculares sobre filosofía que iban apareciendo los domingos - en letra chiquita y aún antes de recopilarse en tomo - entregaban un punto de vista que, por los recortes que decidía hacer, por el lugar a determinados pensadores, y por el entusiasmo con que propiciaba leerlos, me increpaba productivamente hacia la revisión de dogmas propios.

Nada de esto viene ocurriendo últimamente en sus artículos.

Está claro y no es en absoluto reprochable su preferencia por el cine clásico norteamericano; Ford, Hawks, Walsh (sólo por mencionar los de la nota publicada), un cine narrativo que cuenta historias y que sentó una manera de desplegar relatos sobrio, sugerente, altamente codificado, probablemente insuperable. Un gusto igualmente detectable en sus guiones para "Últimos Días de la Víctima" o para "En Retirada" (¡ ésta merece una nota al pie! (1)).

Pero, he aquí la cuestión, con la excusa del pase en el Festival de Berlín de "El Ocaso de los Cheyennes", Feinmann vuelve a sentar su binarismo irreductible, oponiendo un Nosotros - léase Saccomano y él - descubridores reales y disfrutadores en catacumbas de este tipo de cine en los ´60, a supuesta contracorriente de los Bergmans y Antonionis que consumía la mayoría, los intelectualosos Otros.

La falacia de la exclusión: dos trincheras, unos u otros, igual que cuando habla del conflicto con el campo, o cuando alude con sorna a la gente de la Facultad de Filosofía y Letras de Puán llamándolos "iluminados" (¿porque no leen sus libros?).

Poniéndose en el lugar de reivindicado por la Historia, quiere interpretar el pase festivalero como un elogio a su temprana clarividencia respecto de los valores del film. No como los de la "densa, muy densa movida de la cinematografía y la crítica nacional(...)" que se dedican a un cine distinto - al que ningunea - y, eventualmente, "redescubren" clásicos como el de Ford.
En esta línea, no parece estar dispuesto a aceptar, tampoco, que muchos disfrutamos de todo tipo de cine, sin pertenencia a bandos. Raro, teniendo en cuenta sus frecuentes menciones a la dialéctica hegeliana...

Cuando era chico, iba con mi viejo al cine Renacimiento, en la calle Lavalle, para morir de placer con "El Halcón y la Flecha", o con "El Pirata Hidalgo", lo cual significaba Tourneur y Siodmak dirigiendo, los acrobáticos Burt Lancaster (pre Visconti) y Nick Cravat deleitándonos; películas de género con todas las de la ley.
Esto nunca impedía la curiosidad del adolescente por esas otras obras elusivas y misteriosas - en un contexto de mucho cine de superacción – también reveladoras de todo un mundo y de otras formas de gozar aquel arte en movimiento. Desde entonces y hasta el día de la fecha, en mi vida y, supongo, en la de otros, Bergman y Antonioni continúan conviviendo con Carpenter, De Palma, Rohmer, Ozu, Marker, Eastwood, Kar Wai, Mann: todos en alegre y sabrosa ensalada completa.

Qué lástima esa imposibilidad de reemplazar la conjunción disyuntiva "o" por la copulativa "y".


No hace mucho vi "Good Men, Good Women", de Hou Hsiao-hsien, y pensé que éste era el cine político que me gustaba ver, porque - sin dejar de establecer su posición - no te limitaba a su línea y permitía una apertura a distintas voces y experiencias de hechos históricos dilemáticos (simplificando: la lucha de idealistas taiwaneses en China contra la ocupación japonesa durante la Segunda Guerra, y su represión al volver, sospechados de comunistas por el kuomintang). Con relatos en distintos tiempos, con momentos de "film dentro del film", generando algo así como una empatía minimalista hacia los personajes - marca de fábrica de este director - que no impedía la distancia para apreciar el cuadro en su conjunto, y con otros recursos de la gramática del cine.
¿Cómo contaría esto un Costa Gavras?: sin duda más al gusto de Feimann, pero sería otro film.

Una última cuestión: resulta un poco descarado titular la nota "John Ford elige la barbarie", haciéndole decir al artista lo que el articulista necesita que diga para validar su propia ideología.
Para mí, Ford no era "un hombre complejo, tramado por las contradicciones", sino uno muy interesantemente ambiguo, que desplazaba su centro de gravedad de John Wayne a James Stewart, y de ahí a Lee Marvin (Liberty Valance, claro).

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(1) Diviértanse: Ranni, haciendo de represor que en el ´83 queda sin laburo porque llegó la democracia (!), vuelve a su pueblito, y su madre, que quiere saber por donde anduvo todos esos años, recibe un inolvidable "preguntás demasiado" (! !).


Films citados o aludidos:

"Últimos Días de la Víctima”, de Adolfo Aristarain, 1982;
“En Retirada”, de Juan Carlos Desanzo, 1984;
“El Ocaso de los Cheyennes”, de John Ford, 1964;
“El Halcón y la Flecha”, de Jacques Tourneur, 1950;
"El Pirata Hidalgo", de Robert Siodmak, 1952;
"Good Men, Good Women", de Hou Hsiao-hsien, 1995;
“El Hombre que Mató a Liberty Valance”, de John Ford, 1962;
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