
Que en 1994 una expedición de espeleólogos, deslizándose por húmedos recovecos del Sur francés, haya descubierto una caverna lacrada milenios atrás por un derrumbe, y que ésta atesore, entre estalactitas y fósiles, la más antigua "colección" de pinturas rupestres, puede ser un hallazgo muy interesante (en el sentido de la revista de divulgación científica Muy Interesante, claro).
Y generar para el cable uno de esos documentales didácticos y solemnes sobre "la herencia de la humanidad", concepto que, a fuerza de sismos y tsunamis, se nos desinfla un poco.
Afortunadamente, tal documental no existe. Aunque la produzcan, entre otros, el Ministère de la Culture et de la Communication y el History Channel, bienvenidos a otra película de Werner Herzog.
Lo cuál equivale a decir que los discursos positivistas van a sucumbir ante lugares filmados como si no fueran de este mundo, y que un tono de voz inconfundible va a trascender sus funciones narrativas para mecernos en el más dulce inglés que pueda hablar un alemán.
Sí, algunos somos un poco incondicionales, lo admito.
Sumemos argumentos, entonces: está el cello atonal de Ernst Reisiger impidiendo racionalizar del todo, hebras de ficción especulativa disparadas por pinturas rupestres de volumen y perspectiva sorprendente (respecto de las muy chatas de las cuevas de Altamira, según apuntó un amigo).

Y un conjunto de investigadores multidisciplinarios, animalitos obsesivos si los hay, cuyas estrafalarias actitudes, cuando aparecen, siempre están filmadas con cariño.
El tipo que arma una rudimentaria flautita vegetal igual a una supuesta del paleolítico… y se pone a tocar el himno de los EEUU;
el que intenta demostrar, con escasa puntería, la efectividad “comprobable”de las flechas primitivas;
o ese perfumista que, luego de interpretar lo que olió en la cueva, no puede evitar inflarse al mencionar que fue Presidente de la Asociación de Perfumistas de Francia.
Un sutil humor que pone el dictamen cientificista entre comillas.
Como cuando el astrónomo (creo que en The Wild Blue Yonder), luego de llenar una hoja de rotafolios con fórmulas incomprensibles tendientes a “explicarnos” algo, se manda un estornudo que es la vida misma, que lo humaniza.

No obstante sí, Cave of forgotten dreams luce más seria, más llena de palabras, hasta un poquito solemne si quieren, menos lunática que, por ejemplo, Encounters at the end of the world.
Pero la luz con la que pinta paredes cavernosas, esos dibujos paleolíticos pensados como proto-cine, la escucha del silencio y los latidos del propio corazón, el 3D bien atemperado…
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