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miércoles, 13 de abril de 2011

Bafici: Cave of forgotten dreams (Werner Herzog, Francia, 2010)


Que en 1994 una expedición de espeleólogos, deslizándose por húmedos recovecos del Sur francés, haya descubierto una caverna lacrada milenios atrás por un derrumbe, y que ésta atesore, entre estalactitas y fósiles, la más antigua "colección" de pinturas rupestres, puede ser un hallazgo muy interesante (en el sentido de la revista de divulgación científica Muy Interesante, claro).
Y generar para el cable uno de esos documentales didácticos y solemnes sobre "la herencia de la humanidad", concepto que, a fuerza de sismos y tsunamis, se nos desinfla un poco.

Afortunadamente, tal documental no existe. Aunque la produzcan, entre otros, el Ministère de la Culture et de la Communication y el History Channel, bienvenidos a otra película de Werner Herzog.

Lo cuál equivale a decir que los discursos positivistas van a sucumbir ante lugares filmados como si no fueran de este mundo, y que un tono de voz inconfundible va a trascender sus funciones narrativas para mecernos en el más dulce inglés que pueda hablar un alemán.

Sí, algunos somos un poco incondicionales, lo admito.

Sumemos argumentos, entonces: está el cello atonal de Ernst Reisiger impidiendo racionalizar del todo, hebras de ficción especulativa disparadas por pinturas rupestres de volumen y perspectiva sorprendente (respecto de las muy chatas de las cuevas de Altamira, según apuntó un amigo).



Y un conjunto de investigadores multidisciplinarios, animalitos obsesivos si los hay, cuyas estrafalarias actitudes, cuando aparecen, siempre están filmadas con cariño.
El tipo que arma una rudimentaria flautita vegetal igual a una supuesta del paleolítico… y se pone a tocar el himno de los EEUU;
el que intenta demostrar, con escasa puntería, la efectividad “comprobable”de las flechas primitivas;
o ese perfumista que, luego de interpretar lo que olió en la cueva, no puede evitar inflarse al mencionar que fue Presidente de la Asociación de Perfumistas de Francia.

Un sutil humor que pone el dictamen cientificista entre comillas.
Como cuando el astrónomo (creo que en The Wild Blue Yonder), luego de llenar una hoja de rotafolios con fórmulas incomprensibles tendientes a “explicarnos” algo, se manda un estornudo que es la vida misma, que lo humaniza.



No obstante sí, Cave of forgotten dreams luce más seria, más llena de palabras, hasta un poquito solemne si quieren, menos lunática que, por ejemplo, Encounters at the end of the world.

Pero la luz con la que pinta paredes cavernosas, esos dibujos paleolíticos pensados como proto-cine, la escucha del silencio y los latidos del propio corazón, el 3D bien atemperado…
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viernes, 22 de octubre de 2010

Refrescos rumanos contra el autorismo

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Dos situaciones de toma de rehenes.
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Una se presenta apenas comienza My Son, my Son, What Have Ye Done? y se mantiene a lo largo de la película.
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Brad, el desquiciado de la última incursión norteamericana de Werner Herzog, mata a su madre, se atrinchera en su casa suburbial y mantiene prisioneros.
Pero nada de eso ve el espectador, que no está allí sino del lado de afuera, asistiendo a la vociferación de las exigencias del sitiado y a la típica dinámica "me alejo-me acerco" de los policías parapetados que rodean el perímetro.
A las circunstancias de la vida anterior del protagonista las vamos conociendo gradualmente por los flashbacks que se disparan cuando la novia de Brad, sus vecinos y su director de teatro son interrogados por el detective que mantiene el cerco.


La otra pertenece a If I want to whistle, I whistle, del rumano Florin Serban, y se desencadena luego de su primera parte, cuando la imposibilidad de resolver una situación lleva al protagonista a explotar.
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Silviu, el joven al que le restan sólo 15 días en el reformatorio, circula por las consabidas rutinas del lugar: las grises comidas colectivas, el patio del fútbol, los dormitorios de camas-cuchetas, la distancia con los guardias. Y habla poco, lo estrictamente necesario para no cometer errores. Su forzada autocontención está en casi todos los planos, intentamos descifrarla.
La visita del hermano menor revelándole una acción inminente por parte de su madre precipita la desesperación; y como la narración está focalizada excluyentemente en Silviu, en su circunstancia, a partir de ese momento vamos deduciendo/intuyendo su infortunada biografía y su amorosa necesidad de impedir que el hermano la repita. A la vez, no podemos salir de allí, compartimos su impotencia.
Entonces, la violencia. La catarsis que se produce cuando toma de rehen a la bella estudiante tan lejana a su realidad y cercana a su fantasía, nos encuentra atrincherados junto a él, absolutamente solidarios con su demanda.


No funciona bien My son, my son...
Hay una acumulación de lo esperable, y ése es el problema.
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Herzog despliega su “catálogo” de figuras retóricas propias tan reconocibles para quien, como yo, sigue atravesando décadas con sus películas, y llega un punto en que importa menos la trama que el jueguito de establecer ligazones con su filmografía anterior (los personajes excéntricos, los actores de culto, el cello de Reijseger, que hoy avestruces donde ayer lagartos...).
Para colmo, la produce David Lynch, otro admirado con mundo propio, que aporta aquí la podredumbre bajo la fachada de las casitas y hasta un enano onírico.
La madre del personaje protagónico, por otra parte, ¿no parece importada de una de Guy Maddin?
¡Socorro!
Evidentemente, la cinefilia es una perversión, y hay estimulaciones que a veces la tornan incontrolable.
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Como sea, la toma de rehenes estructura un mero artefacto multirreferencial. ¿Algo sólido, atrapante detrás de todo esta aglomeración?
Poco y nada.


A riesgo de ser acusado de rancio estructuralista que opone elementos por el simple hecho de haberlos visto el mismo día, no dudo de que el valor de If I want to whistle, I whistle en relación a la de Herzog, resalta aún más.
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El realismo rumano - de ésta, pero también de La muerte del Sr Lazarescu o de Bucarest 12:08 - más que ocultar la puesta en escena la vuelve opaca, y su despojamiento reflota saludablemente esa baziniana "ambiguedad inmanente a lo real", tan bombardeada por los efectos especiales en el mainstream y por la onipresencia del director-autor en el cine de arte.

En los largos planos secuencia en que acompañamos a sus atribulados personajes cautivos de lo institucional -pienso en Silviu, en la amiga de la chica que abortaba en 4 meses, 3 semanas y 2 días, en el policía de Police Adjective- parece disimularse que hay alguien detrás de cámaras tomando decisiones narrativas.
Hay historias, sí, pero van surgiendo, cadenciosas, en películas que respiran libres.
Eso explica, por ejemplo, cómo If I want..., transcurriendo en un lugar tan cinematográficamente codificado como un reformatorio juvenil, roza los tópicos del género y los trasciende.


La toma de rehenes por parte de Silviu, cuando llega, dispara el melodrama, la acción, la historia de amor y algunas otras cosas más, pero no reenvía a referencias externas a la película: cada espectador va eligiendo con cual de estas palpitaciones engancharse.


Werner Herzog, el eterno buscador planetario de imágenes no contaminadas -su personaje- haría bien en darse una vueltita por las costas rumanas del cine.
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viernes, 8 de octubre de 2010

Todos tus Herzogs

(Nota escrita para la revista La Otra Nro 23 que aquí se postea con pequeñas modificaciones)



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Cada época tiene su Werner Herzog.

Desde aquellos lejanos ciclos en cineclubes setentistas que, antes de cada proyección en 16 mm, entregaban programas fotocopiados con la ficha técnica de lo que ibas a ver – Woyzeck y Aguirre: fijas –, hasta el estreno en salas este año de su Maldito Policía en Nueva Orleans.
Del arco que va del rubricado corte con el decadente cine alemán anterior a los 60´s (respecto del cual él, junto a colegas no afines entre sí, se consideraba “huérfano”), hasta su rarísima inserción en el Hollywood actual, donde filma con Christian Bale, Nicholas Cage o Michael Shannon (que en Bug de William Friedkin ya era herzoguiano).
De aquellos dossiers escritos sobre películas de escasa distribución, que no podían volver a verse tan fácil, a los dossiers que continúan floreciendo hoy en toda revista de cine más o menos sesuda, cuyos autores cuentan con disponibilidad vía download.
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En lo personal, de un misterio a un mundo.
Cuando era chico, me llevaban de oficio al Cosmos para ver adormilantes películas rusas y polacas que oscilaban entre la bajada de línea y el humanismo ramplón. ¿Qué era, qué quería significar ese afiche con el tipo desgreñado de ojos lunáticos mirando y esgrimiendo una carta en la puerta del cine?
En ese entonces me quedé con el interrogante. Pasarían unos cuantos años hasta zambullirme en el mundo de este cineasta y resolver al fin El Enigma de Kaspar Hauser.
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La cuestión es que, un diacrónico e hipotético diagrama de Venn sobre la percepción de su cine a lo largo del tiempo, mostraría un área común a casi todos los círculos, una zona de consenso que probablemente señalaría que (preparen las tranquilizadoras etiquetas):
- ama los personajes excéntricos a la sociedad en que viven,
- borronea las fronteras de la ficción y la realidad, con puestas que tienden a la distancia documental,
- es megalomaníaco,
- es romántico,
- duplica en su filmación la aventura que quiere contar,
- va en busca de la verdad (“extática”), a sabiendas de la imposibilidad de capturarla,
- persigue a lo largo y a lo ancho del planeta una imagen no bastardeada (“virgen”).
(El que quiera, que agregue otros ítems generalizadores).
Afortunadamente, más allá de esto, Herzog sigue siendo un tanto inasible.
Eso lo hace vigente.
Ergo: podemos seguir discutiéndolo.


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Parte de su secreto: es tridimensional en un sentido profundo (¡lejos de los lentes 3D!)
Porque hay tres lados en su hacer que se complementan pareciendo separados, sólo hasta que, viéndolos al sesgo, denotan su encastre:
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- El inmediatamente reconocible, el del creador de ficciones. Cualquier personaje avasallante de Klaus Kinski salta como resorte en nuestra memoria visual y ejemplifica esta vertiente.
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- El lado documentalista (¿lado “B”?), menos conocido, presenta un ramillete de personas reales en situaciones reales que, paradójicamente, lucen más como de ficción (o medio inverosímiles para el estatuto de la realidad que manejamos cotidianamente).
¿En verdad existe esa competencia entre subastadores alienados?, ¿o ese director de cine tranquilamente dispuesto a morir arrollado por lava volcánica?¿y ese lirista loco atrincherado en una isla?
La cantera documental de Herzog parece inagotable, siempre hay un corto o mediometraje a descubrir que se sostiene solo y que redimensiona todo el corpus.
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Además, hacia una mayor contaminación de ambos lados, Herzog los interviene sutilmente. Un botón de muestra:
En País del silencio y la oscuridad, de 1971, la heroica protagonista relata a cámara cómo fue quedándose sordo-ciega en su infancia a partir de un golpe. Y recuerda emotivamente la imagen de un saltador de esquí que vio antes de enceguecer.
Según el libro Caminar sobre Hielo y Fuego: los documentales de Werner Herzog, nos venimos a enterar que fue el cineasta quien escribió tal evocación y convenció a la mujer: “Esto es importante para la película, puede que no lo entiendas pero por favor di este texto para mi”
Dos años después, filma alrededor de esa imagen El gran éxtasis del escultor de madera Steiner.
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Pero dijimos tridimensionalidad, por lo que falta un lado, acaso el más elusivo de todos.

- El que lo tiene como actor.

Sus composiciones como padre terrible de familia disfuncional en Julien Donkey Boy o como padre-piloto de un convento de monjas voladoras (!) en Mister Lonely, parecen dialogar, por lo autoritario y lo excéntrico respectivamente, con la imagen pública que de él fueron construyendo las tan verdaderas como falsas anécdotas de filmación de sus películas más famosas. Y podemos sumar al lote a “The German”, el atemorizante jugador de poker profesional (¡que acaricia conejitos!) en la comedia apenas disfrazada de documental The Grand.
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Pero estos eran personajes inventados. ¿Quién dice que en sus “puros” documentales (mencionando al azar: The White Diamond, La Soufriere o Grizzly Man) o en Tokyo-Ga de Wenders, viéndolo o escuchándolo narrar, no ha venido creando un único, sólido personaje siempre igual a sí mismo?
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Y en este punto sí que tiembla la supuestamente ordenada biblioteca del Internet Movie Database, el sitio web más consultado sobre data cinematográfica.
Es que, a la hora de Werner Herzog, se le confunden ciertos estantes.
No el de Director, ni el de Producer o Writer, impecables, pero sí el de Actor (listando sus actuaciones) en relación al de Self (que señala sus apariciones como él mismo).


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Incident at Loch Ness de Zak Penn, por ejemplo, es un falso documental en el que no es sino que hace del director de cine Herzog, y sin embargo lo ponen en el anaquel Self, como si no pudieran discriminar persona de personaje.
Digamos, en descargo de los notarios, que la trama fomenta el borramiento de esos límites: el alemán embarca, cámara en mano, en una expedición para ubicar al legendario monstruo del título, pero lo que vemos no es otra cosa que la filmación de su fracaso, su making off.
Cajas chinas, autoconciencia, lo que quieran, lo cierto es que el film está pavimentado sobre el mito del cineasta aventurero dispuesto a desafiar a la naturaleza. Y, justamente por eso: ¡que bien que le sale a Herzog hacer de Herzog!


Imágenes:
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Rodaje de Fitzcarraldo (1982)
Afiche de My Son, My Son, What Have Ye Done (2009)
El enigma de Kaspar Hauser (1974)
Afiche de The Wild Blue Yonder (2005)
Cobra Verde (1988)
White Diamond (2004)
El gran éxtasis del escultor de madera Steiner (1974)
The Grand (Zak Penn, 2007)
Rodaje de Grizzly Man (2005)
Incident at Loch Ness (Zak Penn, 2004)
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miércoles, 9 de junio de 2010

Engaño lícito

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(A propósito de La Soufriere, Alemania, 1977)
( y a manera de agregado al dossier sobre Werner Herzog publicado en el flamante número de la revista La Otra, que incluye algunos escritos míos)

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Es preciso hacer mía una cita del cónsul romano Marco Tulio Ciceron (“Si no me avergüenza pensarlo, no tendría que avergonzarnos decirlo”) como un acicate para descerrajar la primera sensación al volver a ver La Soufriere, la película del volcán a punto de explotar:
¿Por qué Herzog, con todo el pueblo de la isla caribeña de Guadalupe evacuado, porfía en ubicarse al borde de la montaña, en la primera fila, para registrar la inminente catástrofe (y de paso, morir)? , ¿es estúpido o qué?

Lo solemos catalogar de romántico, siempre en busca de la imagen virgen, del lugar inexplorado con un plus de etnografía fantástica.
En este caso, su dulce voz de narrador omnipresente nos informa que en ese verano de 1976 vienen sucediendo grandes catástrofes en muchas partes del mundo, con la tierra temblando por doquier - ¡cuan inquietantes reverberan sus palabras con los recientes sismos chilenos aquí al lado! - y que hay fuertes señales de que en Guadalupe, un archipiélago insular de jurisdicción francesa, se viene no la erupción normal del volcán La Soufriere sino una total explosión de la montaña con la fuerza de 5 o 6 bombas atómicas.
Declaradamente fascinado por ese hecho y por la noticia de que un pobre campesino se niega a ser evacuado de la ladera en que vive, se pone en marcha con su cámara y un crew de dos personas.
El mediometraje tiene partes bien diferenciadas.
La primera, el registro de casas, calles, rutas y hospitales vacíos en la capital Basse-Terre sólo poblada por animales buscando comida en la carroña, está filmada en travellings manuales, automovilísticos o aéreos. Permanentemente escandidos por un subliminal suspense provisto por la convivencia de una voz narradora calma y su avisar de la cercana hecatombe.
La palabra “miedo” aparece. El suelo, a medida que se sube la montaña, se siente caliente e inestable.
Luego, un hecho similar al que se espera, acontecido en la isla de Martinica en 1902 -ciudad de Saint Pierre/volcán/¡¡boom!!/ “hombres como aglomerado carbonizado”/buitres dando vueltas/ pan negro petrificado- nos es relatado a partir de fotos y obra de separador, a manera de indicio en flashback, del goce tanático que le espera a nuestro intrépido alemán.
Hay algo de La Jetée de Chris Marker en todo esto…
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( Y el tábano continúa atosigándome: ¿por qué? ¿por qué hace lo que hace?)
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La última parte entrega imágenes plásticas de una belleza que casi linda la abstracción, en tanto unos encuadres que dividen naturalmente el plano en una mitad inferior terrosa (la montaña) y en otra gaseosa (las nubes de sulfuro) demuestran – como las incursiones debajo del hielo polar en la casi 30 años posterior The Wild Blue Yonder – que la topografía es una cuestión de talento para el pincel.
Aquí se producen los encuentros con aquellos que, conociendo perfectamente el peligro al que se hallan expuestos, rehusan abandonar su lugar. Y cuyo no temer a la muerte resulta variable de su extrema pobreza, de no tener nada ni dónde ir.
Si Herzog imaginaba encontrar románticos dispuestos al sacrificio – el tipo de personajes en el que ama proyectarse – encuentra en su lugar seres simplemente resignados a la voluntad de Dios. Acaso el verdadero fracaso de su viaje.
Porque el manifiesto, teniendo en cuenta el subtítulo del film (“Esperando por un desastre inevitable”), es que los síntomas de la catástrofe van disminuyendo y el volcán termina no explotando.
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En Capturing Reality: The Art of Documentary (Pepita Ferrari, Canadá, 2008), Herzog dice que si La Soufriere hubiera explotado al menos habría conquistado una imagen espectacular.
Sin duda, frente al adocenamiento del noventa por ciento del cine actual esta profesión de fe y coherencia sigue embelesándonos. Pero como no creo en la inmolación en nombre del arte, no deja de estar sonándome como algo un poco gratuito, una estupidez.

Así que una de dos:
O suspendemos la incredulidad y nos entregamos a la pulsión tanática de un artista capaz de sacrificar su vida (y la de los demás) para lograr planos inéditos.
O bien damos lugar a la sospecha de que cuando marchó a la isla de Guadalupe ya sabía que el volcán no iba a estallar y se mandó una flor de puesta en escena, un engaño lícito.

Si éste último fuera el caso, podríamos disfrutar de La Soufriere como si fuera una falsificación de Orson Welles.
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miércoles, 3 de febrero de 2010

¿Qué Herzog? ¿el guionista de Lost?

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(A propósito de Wings of hope de Werner Herzog, Alemania, 2000, vista en la Sala Lugones del TGSM a sala llena)
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Es 1971.
Un avión cae en el Amazonas.
El vuelo, de Lima a Cuzco, ya venía precedido por oscuros presagios: pésima línea aérea, demoras, accidentes anteriores…
Un cineasta, que en esa época andaba filmando por la región las demenciales aventuras de un conquistador español del Siglo XVI, zafa mágicamente de abordar el aparato debido a la suspensión de un vuelo previo (pero recuerda haberse codeado en el aeropuerto con los pasajeros del fatídico episodio).
Una sola sobreviviente, alemana, cuyo padre biólogo dirige un a estación de estudios en plena selva, logra abrirse camino merced a un ímpetu positivista y a cierto conocimiento empírico de la naturaleza. Con sus llagas, avanza trabajosamente desde los despojos del avión hasta el arroyo que, presume, pronto la depositará en un río donde alguna embarcación terminará rescatándola.
Sin embargo, salvarse no resulta tan fácil: mucho más tarde, una recorrida aérea por el lugar demuestra que el arroyo confluía en un riacho de serpenteante forma, nada navegable e, irónicamente, cerca del correcto.
Juliane Koepke, puro triunfo de la voluntad, persiste en la senda equivocada hasta que a los 12 días avista una cabaña en la ribera.

Casi tres décadas después, Juliane, animada por aquel cineasta que acaso pudo haber muerto en la misma catástrofe, vuelve al lugar a reconstruir su periplo, empezando por la caída en tirabuzón hacia esas nutridas copas de árboles que desde arriba asemejan brócolis, hasta el reencuentro con su salvador.
Mientras nuevos restos del crash florecen, ella, a quien es difícil no catalogar de masoquista - salvo que creamos en que para liberarse de un trauma hay que volver a pasar por la misma situación que le dio origen (¡gracias, Hollywood!) - recorre otra vez la senda para explicar, incólume, didáctica y mirándonos a los ojos, a qué cosas temerle y a cuáles no, más lo relativo a la vegetación, a los animales salvajes y a la búsqueda de comida.

Y la cámara está ahí.
Permitiendo que el presente se superponga con el pasado y lo onírico supure.
O desviándose hacia la belleza sorpresiva que el mundo regala a los atentos (como en esa inesperada toma a la niña de tímida sonrisa).
En un devenir pausado, apenas escandido por la dulce voz narrativa de uno de nuestros directores/anfitriones favoritos.

Pero, aguarden…aviones que se caen, destinados encuentros en aeropuertos, flashbacks y flashforwards, gente macheteando la vegetación para abrirse paso, una estación de estudios biológicos en plena selva, una versión alternativa de lo ocurrido (en el extracto de un impresentable film alemán sobre Juliane), un travelling que deja entrever un oso taxidermizado…¿no remiten a cierta serie de alcance global?




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Mientras se siguen deshilachando los múltiples cabos que, a manera de fuga hacia delante, se fueron abriendo en las temporadas anteriores de Lost (los cuales, no les quepa duda, derivarán en una enclenque solución deux ex machina), la única lucha de los guionistas en esta final no será con la lógica interna de la historia sino con la medición de rating, presionados para que los espectadores no abandonen el barco (o el avión), la tele o la compu.
Y del otro lado de la pantalla, la furibunda audiencia global estará demandando por un supuesto derecho a no ser estafada en su devoción adrenalínica. Ignoran, pobrecitos, que por toda respuesta recibirán malas digestiones de Philip K Dick.

Para Werner Herzog, completamente en otra sintonía, la cosa parece tanto más sencilla. Se trata de estar abierto a las historias que ya existen para descubrir en ellas personajes que, de tan increíbles, sólo pueden pertenecer a este mundo en que vivimos: un adorador de osos, Juliane, unos científicos en la Antártica, ¿Kinski?
Coherencia visual y sonora en universos inventados que están todos en éste, fluyendo sin demandar puntos finales.

Pienso: así como en formato televisivo David Lynch pudo desarrollar Twin Peaks o Fassbinder su Berlin Alexanderplatz, ¿qué no podría hacer Herzog con un avión cayendo, una isla fuera de radar, personajes mesiánicos, y dinero para la producción de unas cuantas temporadas?
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viernes, 8 de enero de 2010

5 escenas refulgentes

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Complementando la entrada anterior sobre lo más destacable que vi en el 2009, algunos momentos de antología...



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En Bad Lieutenant: Port of Call New Orleans (Werner Herzog, EEUU, 2009) Nicholas Cage recontradrogado instando a seguir disparándole a un tipo que acaba de morir porque - tal como vemos desde la subjetividad de Cage - “su alma sigue bailando" .





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En Love Exposure (Sono Sion, Japón, 2008) el chico protagonista, que debe pecar mucho para congraciarse con su padre sacerdote (¡!), se une a una bandita dedicada a sacar fotos a las chicas que pasan por la calle; más precisamente a las bombachitas debajo de sus polleras. El ballet acrobático y los adminículos que utilizan para que ellas no lo noten es un puro goce.





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En El Romance de Astrea y Celadón (Eric Rohmer, Francia, 2007) el escarceo juvenil rohmeriano cambia la ciudad contemporánea por campos y aldeas del siglo XVII. Y en un complejo juego casi vodevilesco donde el pastorcito Celadón debe travestirse para volver a estar con su amada Astrea, se produce con naturalidad pasmosa una situación de erotismo que cada uno de ustedes definirá si hétero, lésbica o qué.
No puedo dar más detalles puesto que es el final de la película, pero dejen que llame pasión a la legión de hormiguitas que en ese momento me recorrieron el cuerpo.





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En Süden (Gastón Solnicki, Argentina, 2008) a la soprano polaca no le queda otra que ver urgente a un odontólogo porteño: pocas horas restan para el concierto en el teatro Colón que la tiene como cantante y se le acaba de estropear un arreglo dental, hay que emparchar rápido.
El problema en el consultorio es que ella no consigue hacerse entender, y el dentista, que se la da de bilingüe, parece más que dispuesto a hacerle un tratamiento complejísimo.
Como con los falsos italianos de Bastardos sin Gloria, se comprueba que la comedia resulta una cuestión de idiomas.






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En Un año de 13 lunas (Rainer Werner Fassbinder, Alemania, 1978) veníamos sufriendo con el maltrato verbal y físico que le infligían al desamparado transexual Elvira - otro personaje netamente fassbinderiano que sólo quiere que lo amen - cuando, avanzado el metraje, consigue ubicar las oficinas de Anton Saitz, aquel por quien años antes había cambiado su sexo.
Imaginamos un inminente momento catárquico. Pero no sucede.
El tal Anton, mirando en la tele un viejo film con Dean Martin y Jerry Lewis, comienza a imitar la saltarina coreografía acompañado por sus custodios, ¡y Elvira llega y se une al show!
Perturbadora y divertida, esta escena no desentonaría en Blue Velvet de David Lynch.
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miércoles, 6 de enero de 2010

¡Basta de listas! (y disculpen la mía)














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Fatal. Intentaba no dejarme arrastrar por la marea, pero sucumbí ante la primera olita.
Intelectuales, cholulos, esclarecidos y alienados: toda la comunidad cinéfila mancomunada en desacordar respecto de esa ciencia subjetiva exacta (¿?), que porfía en visitarnos hacia diciembre a.d. (antes del dengue).
Me refiero a la confección del listado de los mejores films del año.

Lo gracioso es que nuestro disenso comienza antes de las puntuaciones, a la hora de establecer los parámetros de encuadre.
¿Qué debe incluirse en la lista, señor escribano?:
¿lo que se estrena en los cines? ¿lo que sale en esas pseudo salas que proyectan dvd ampliado? ¿aquel grupo de inéditas que sólo se dieron tal día en la Lugones? ¿lo del Bafici? ¿lo que los torrents y las mulitas nos permitieron ver y que siempre supimos, desde una perspectiva comercial, inestrenable?

Discusión bizantina, porque la única verdad es la realidad.
Las películas circulan más libres que nunca, son como burbujitas en el aire y cada cual, motorizado por su deseo, habrá de pegar saltitos con su red para atrapar lo que guste, posibilidad netamente actual que incluye revisitar lo clásico, sorprendernos con lo nuevo, y compartir los hallazgos.

Este diagrama de Venn que comienzo a dibujar en plan divertimento (y que quiero situar bien lejos del halo de respetabilidad que provee la palabra "balance"), posee una única cláusula integradora de sus elementos: se trata de películas vistas en el 2009, independientemente del año en que se produjeron y su formato.
Por lo demás, no intento disfrazar de razón incontrastable lo que sólo representa mi gusto personal (si bien ambiciono que intersecte en algún punto con el de ustedes).

Asi que, como toda publicación física o virtual que se precie, continuaremos armando concienzudamente el bendito listado de fin de año. Después de todo... it´s only rock 'n roll (but I like it)

Aclaración: aquellos films sobre los que ya se escribió en el blog tienen el link correspondiente en el título.


Las 10 que más me gustaron


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1 - Les plages d´agnes
Agnes Varda - Francia - 2008

2 - Bastardos sin Gloria
Quentin Tarantino - EEUU - 2009

3 - Mother
Joon-ho Bong - Corea - 2009

Melodrama, thriller, comedia, denuncia social: esa mezcla genérica que sólo parece cuajar bien en las películas coreanas se pone aquí al servicio de una historia que despliega la correlación entre la Verdad y el punto de vista.
Modulando la distancia del relato como para involucrarnos y generar simultáneamente nuestra reflexión, con una cadencia rítmica admirable y sin formalismos gratuitos, confirma a Bong Joon-ho como el más sólido director coreano de la actualidad, a la par del ex ministro de cultura Lee Chang-dong que, desgraciadamente, filma muy espaciado.
(¡Vean Parking dogs never bite, Memories of murder y The host!)


4 - Venganza por uno de mis ojos
Avi Mograbi - Israel - 2005

5 - Tokyo Sonata
Kiyoshi Kurosawa - Japón - 2008

6 - Süden
Gastón Solnicki - Argentina - 2008

En un tono liviano que recuerda los mockumentaries de Christopher Guest y tomando como epicentro la visita de Kagel para unas jornadas en su honor, un panorama sobre las dificultades de quienes hacen música contemporánea en la Argentina.
El film se mueve en muchas direcciones, y en el interín de su pausada respiración sugiere mucho más sobre nuestro país que una tonelada de secretos de sus ojos.

7 - Bad Lieutenant: Port of Call New Orleans
Werner Herzog - EEUU - 2009

Imaginar a priori que iba a ser un engendro por encargo terminó potenciando la sorpresa cuando finalmente la ví.
¿Una remake de la ya suficientemente buena Bad Lieutenant de Ferrara? ¿encima starring el enervante Nicholas Cage?.
Pues no: un film despojado de culpas católicas con protagonista megalómano, paisaje desolador - el Nueva Orleans post-Katrina - y atmósfera docu-fantástica 100 % Herzog .
Una apropiación con todas las de la ley.

8 - Barbe bleue
Catherine Breillat - Francia - 2009

9 - 35 rhums
Claire Denis - Francia - 2008

10 - Las horas del verano
Olivier Assayas - Francia - 2008


10 escoltas
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11 - El Romance de Astrea y Celadon
Eric Rohmer - Francia - 2007

12 - Entre los Muros
Laurent Cantet - Francia - 2008

13 -
Ponyo on the Cliff by the Sea
Hayao Miyazaki - Japón - 2008


14 - Achilles and the Tortoise
Takeshi Kitano - Japón - 2008

15 - A cock and bull story
Michael Winterbottom - Inglaterra - 2005


16 - Del Tiempo y la Ciudad
Terence Davies - Inglaterra - 2008

17 - Sector 9
Neill Blomkamp - Sudáfrica - 2009

18 - Adventureland
Greg Mottola - EEUU - 2009

19 - Two Lovers
James Gray - EEUU - 2008

20 - Departures
Yojiro Takita - Japón - 2008
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Las 2 o 3 panorámicas recorriendo en círculo al protagonista mientras toca cello en la cumbre montañosa (y la banda de sonido sube y sube) son obvios y hollywoodenses en el peor sentido del término, nos subestiman gritando "¡dense cuenta, Daigo se siente pleno!"
Hecha la salvedad, la película se incluye aquí debido al formidable voltaje emocional que va adquiriendo su muy japonesa historia perfectamente narrada de manera estándar.
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10 demasiado cargadas de reputación que finalmente ví (¡y son magníficas!)


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1 - Un año de 13 lunas
Rainer Werner Fassbinder - Alemania - 1978
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2 - La Regla del Juego
Jean Renoir - Francia - 1939

3 - Chats perchés
Chris Marker - Francia - 2004

4 - La Soufrière
Werner Herzog - Alemania - 1977

5 - La belle noiseuse
Jacques Rivette - Francia - 1991

6 - Au hasard Balthazar
Robert Bresson - Francia - 1966

7 - Yojimbo
Akira Kurosawa - Japón - 1961

8 - The Housemaid
Kim Ki-Young - Corea - 1960

9 - ¿Dónde está la casa de mi amigo?
Abbas Kiarostami - Iran - 1987

10 - Tabú
F W Murnau - EEUU - 1931


5 revisitadas que visión tras visión realzan su bouquet
(Sin un orden particular)

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- Mishima de Paul Schrader. EEUU. 1985.

- Shock Corridor de Samuel Fuller. EEUU. 1963.

- Oasis de Lee Chang-dong. Corea. 2002

- My Winnipeg de Guy Maddin. Canadá. 2007.

- En la ciudad de Sylvia de José Luis Guerin. España. 2007.
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2 rarezas



















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- Forgotten Silver de Peter Jackson. Nueva Zelanda. 1995.

- Noticias de la Antigüedad Ideológica de Alexander Kluge. Alemania. 2009.

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5 que le gustaron a mucha gente y a mí no
(Sin un orden particular)











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- El secreto de sus ojos de Juan José Campanella. Argentina. 2009.

- Aquele querido mes de Agosto de Miguel Gomes. Portugal. 2008.

- Un Conte de Noel de Arnaud Desplechin. Francia. 2008.

- Belle Toujours de Manoel de Oliveira. Francia. 2006.

- Marley & me de David Frankel. EEUU. 2008.
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5 decepciones
(Ordenado acorde al nivel de decepción)


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1 - Nanayo de Naomi Kawase. Japón. 2008.

2 - My darling of the mountains de Katsuhito Ishii. Japón. 2008.

3 - Synechdoque New York de Charlie Kaufman. EEUU. 2008.

4 - Enemigo público de Michael Mann. EEUU. 2009.

5 - The Sky Crawlers de Mamoru Ishii. Japón. 2008.

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5 muy malas













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1 -– Ex aequo Todos Mienten de Matías Piñeiro y Castro de Alejo Moguillansky. Argentinas ambas. 2009.

2 – Tetro de Francis Ford Coppola. EEUU, Italia, España, Argentina. 2009.

3 - El curioso caso de Benjamin Button. EEUU. 2008.

4 – Whatever works de Woody Allen. EEUU. 2009.

5 – Funny people de Judd Apatow. EEUU. 2009.

Y, finalmente,
una más muy mala pero extremadamente productiva a la hora de escribir


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- Antichrist de Lars von Trier. Dinamarca. 2009.
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viernes, 24 de julio de 2009

Ciegos, sordos y subastadores

(DVD 3 del Pack Werner Herzog, Documentales y cortometrajes: La Cajita Feliz)
















Cuesta asimilar que esta señora alemana tan segura de sí y pragmática sea sordo-ciega.
Transformando su vida en un apostolado, Fini Straubinger parece indoblegable en su decisión de ayudar a los que padecen en mayor o menor grado su misma problemática.
Organiza encuentros, pasea con acompañantes en aeroplano y discute con políticos, pero el núcleo de su tarea consiste en ayudar a quienes, como ella, sólo pueden comunicarse bajo otro sistema de códigos.
Este lenguaje táctil que, simplificando, podríamos definir como un alfabeto en la palma de la mano (foto), junto a su puesta en práctica ya estaría justificando este documental en primera persona. Hay mucho más, sin embargo.
Porque el retrato de su protagonista sugiere un boceto del personaje que Herzog plasmaría, anclado en la ficción, tres años después en El Enigma de Kaspar Hauser (1974): ambos, al fin y al cabo, pasan gran parte de su existencia encerrados en sí, y luego irrumpen en el mundo para modificarlo a partir de su singularidad.
Con origen en un golpe en la cabeza cuando niña, Straubinger va perdiendo gradualmente oído y vista, hasta que a los 15 comienza del todo su soledad silenciosa y oscura. A los 45 años, luego de 30 de prisión interior, comienza su intervención militante y solidaria.

Una mujer hecha de la misma madera que otros héroes imparables del cineasta alemán.
Hacia afuera: un roble en pos de su objetivo.
Hacia adentro: sturm und drang (tempestad e ímpetu), pero también oscuridades y angustias muy propias de los románticos alemanes en su identificación de paisajes naturales con sentimientos internos.

"Si fuera pintora representaría nuestra afección así: la ceguera como un río negro que fluye lentamente como una melodía hacia unas imponentes cataratas; en su orilla árboles, flores y pájaros cantando dulcemente.
El otro río, que viene del otro lado, es tan transparente como el más puro de los cristales, también fluye lentamente pero sin sonido.
Al fondo hay un lago muy oscuro y profundo donde se encuentran ambos ríos. Donde se unen hay unas rocas que chocan contra las aguas formando espuma, para después dejarlas fluir silenciosa y lentamente.
Hay un sombrío embalse que se extiende en la más absoluta quietud, tan sólo perturbada por alguna onda esporádica que representa la lucha de los sordo-ciegos.
No sé si lo han entendido. Las rocas que rompen las aguas simbolizan la depresión que sienten los sordos y ciegos cuando se quedan sordos y ciegos. Es así como lo siento."
(País del silencio y la oscuridad - 1971)

















Un juego, traten de decir rápido varias veces "How Much Wood Would a Woodchuck Chuck", a ver...
¿No es más fácil subir un barco a una montaña, como Fitzcarraldo?

Esa frase es el título original del documental donde Herzog, coherentemente, sigue presentando tribus desconocidas. Pero en esta oportunidad no circulan en taparrabos por selvas o montañas de América del sur, sino que están en el corazón de EEUU, en Pensilvania, siendo tan extraterrestres como el originario de Andrómeda que personifica Brad Dourif en la muy posterior The Wild Blue Yonder. Son... ¡los subastadores que hablan muy rápido!

Los vemos en acción en un evento anual llamado World Championship of Livestock Auctioners (Campeonato Mundial de Subastadores de Ganado), que existe de verdad, juro que no bebí.
Orgullosos de su habilidad, comentan haber aprendido a decir con ritmo y velocidad asistiendo a muchas subastas, y aconsejan: "tenés que amar hablar".

Ciertamente, mientras se suceden unos a otros en la competencia, el efecto de su catarata discursiva asemeja un mantra que nos va adormilando en forma no muy diferente a la música trance o chillout; sin embargo, algo chirria en la deformidad de esa lengua que no parece servir para comunicarse sino más bien como código comercial unidimensional.
Y habrá un campeón, igual que en la gran The King of Kong (Seth Gordon, USA, 2007) , en la que el desocupado practica día y noche para obtener el record mundial del jueguito arcade Donkey Kong, feliz de justificar su vida ante sí (y enorgullecer a su familia).
(Cuanta madera roería una marmota - 1976)
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lunes, 20 de julio de 2009

Volcanes, soldaditos, gimnasios y un lirista indescifrable

(DVD 2 del Pack Werner Herzog, Documentales y cortometrajes: La Cajita Feliz)















¿Alguien recuerda cuando Wim Wenders (en Tokio Ga, de 1985) mostraba a Werner Herzog en el alto mirador de una gigantesca torre tokyota explicando su presencia allí para intentar captar alguna imagen del mundo que aun no hubiera sido filmada?
Esta motivación, toda una vertiente del cine de Werner, es susceptible de ser inferida a partir del mediometraje La Soufriere.
Veamos.
Se espera en forma inminente la erupción de un volcán ubicado en una isla habitada de las Antillas francesas. La catástrofe sería de tal grado que imperiosamente se evacua la villa a sus pies, quedando abandonada e intacta, un pueblo fantasma habitado por animales y basura.

El suceso fascina a Herzog que, en la piel del realizador intrépido y buscador de lo inexplorado – papel que iría perfeccionando a lo largo de los años (ver The white diamond, del 2004, o Encounters at the end of the world, del 2008) -, se dirige allí, arriesgándose él y su equipo. En el lugar, además de toparse con ciertos marginales que pese al peligro rehusan marcharse – típicos excéntricos non fiction de su cine -, registra imágenes al borde de la abstracción, tan extraterrestres como las que la NASA le facilitaría luego para The wild blue yonder, del 2005.
Las nubes de gas bordeando los alrededores del volcán, borrando progresivamente los contornos geográficos de referencia: inolvidables.
El asunto es que los indicios del desastre comienzan a disminuir y la gente regresa a sus hogares para retomar su vida, situación que Herzog vive como fracaso personal; él había ido a filmar el Apocalipsis desde la primera fila:
“El giro de esta película nos resultó penoso y así acabó todo, en la absoluta nadería y el absoluto ridículo. Ahora se convierte en un reportaje sobre una catástrofe inevitable que nunca tuvo lugar.”
Su ambición devenida en esfuerzo inútil lo convierte también a él en una de sus invenciones, en un Aguirre, un Cobra Verde, un Fitzcarraldo más.
(La Soufriere – 1977)

















Un humanismo nada subrayado, porque los hechos hablan y la filmación de niños usados como carne de cañón no incurre en zooms abyectos.
En un pueblo indígena cuyo territorio es la selva nicaragüense, los miskitos, organizados por siglos en la práctica de un socialismo primitivo, pelean aliados del sandinismo ante la invasión de su hábitat por parte de Somoza. Sin embargo, cuando éste cae, los sandinistas en el poder los reprimen violentamente, tanto a ellos como a sus peticiones.
Entonces, la división de niños-soldados de esta etnia comienzan a ser entrenados y pertrechados ahora por los contras, siendo adoctrinados contra “el comunismo”: concepto vacío que les fuerzan a identificar con la matanza de seres queridos. Un colonialismo territorial, sí, pero también del lenguaje.
Estos chicos morirán, qué duda cabe, todos los bandos los utilizan sucesivamente porque – parafraseando a John Ford – they are expendable.

Muy lejos del estereotipo con el que muchos rotulan al director, aquí no hay foco en protagonistas megalómanos capaces de aplastar a quienes se interpongan en sus proyectos delirantes, sino una luz tenue, un grito ahogado a favor de los más débiles.
Y dos de las imágenes más tristes de toda su filmografía: el plano secuencia con niños sometidos a la práctica del disparo con mortero, y la visión del lánguido soldadito cantando su balada.
(La balada del pequeño soldado – 1984)
















Acá si que cuesta encontrar los rastros de lo que vendría después.
Montaje paralelo entre imágenes de fisiculturistas y desastres automovilísticos, bombardeos en ciudades e ítems similares puntuados por música a lo Coltrane y frases sobreimpresas de ironía canchera muy de esa época. Ejemplo: un forzudo ejercitando sus músculos y la pregunta en pantalla "¿podrá vencer a las Amazonas?", corte e inmediatamente se nos muestran mujeres soldado marchando.
Y así todo en éste, su primer corto.
También los gigantes comenzaron pequeños.
(Heracles - 1962)















Incomprensible este viejo que toca la lira pero no habla, casi un Kaspar Hauser que, en lugar de una vida encerrado en un sótano, porta una existencia anterior recluído por voluntad propia en una isla.
"Lo sacamos de allí, lo salvamos" manifiestan a duo dos policías, sobreactuando orgullosamente ante cámara.
Pero cuando un testigo narra que cuando lo tomaron por la fuerza para subirlo a un barco dijo: "no podeis hacerme daño, estoy al mando de toda una flota", y el encuadre muestra que esa flota, sus barcos, no son más que un dibujo tallado en la roca, el personaje quedará para nosotros inmediatamente adscripto al linaje de los excéntricos románticos que Herzog siempre supo encontrar (o inventar).
(Últimas palabras - 1968)
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viernes, 17 de julio de 2009

Skys, médicos voladores e integraciones difíciles

(DVD 1 del Pack Werner Herzog, Documentales y cortometrajes: La Cajita Feliz)
















Cada vez más alto, sin subestimar su propio miedo y sin el fin utilitario de convertirse en campeón, el escultor Steiner salta con su sky, vive suspendido en el aire segundos encantados, y es registrado en ralenti. Un cuerpo en soledad tan separado del mundo como Aguirre, pero menos dañino y a la conquista de algo inmaterial que sólo le compete a él.
(El gran éxtasis del escultor de madera Steiner - 1973)
















Tribus africanas acceden a la medicina occidental gracias al oficio de doctores y cirujanos que llegan con sus aviones privados desde Europa. Solidarios y un poco inconscientes, se los ve aterrizando en lugares sin pista, orgullosos del riesgo y acompañados por la cámara desde el asiento trasero. Se llaman a sí mismos "médicos voladores", y están prestos tanto a suturar, como a practicar cirugías ante el ataque de animales salvajes.

Hay un momento étnico de confrontación de culturas muy en la línea de la quince años posterior Where the green ants dream aquí, cuando se nos relata que por algún motivo inexplicable los guerreros de la tribu masai se niegan a atenderse en el consultorio ambulatorio por temor a unas escaleras de 5 peldaños. "Resulta extraño ver a estos hombres atléticos dar pasos tan inseguros", comenta Herzog con el aplomo sonoro tan característico de su voz.
(Los médicos voladores de África oriental - 1969)
















Tal vez muy fechado, este cuasi alegato contra la marginación de los discapacitados en la sociedad europea de los 6o´s - cuando todavía no estaba muy construido el edificio de lo "políticamente correcto" y se veía a la California estadounidense como avanzada de la integración -, contiene un insospechado subtexto que conecta en forma contundente con gran parte de la temática del aleman: la crítica a una comunidad que, orientada a resultados, sólo pretende integrar al distinto hacia esa meta. Imposible en este punto no recordar la empatía del director hacia Fitzcarraldo o, más acá, hacia el "grizzly man", pasionales emprendedores en pos de metas inútiles.

Una escena que bien podría figurar en alguna indie norteamericana de temática disfuncional (como las dirigidas por Harmony Corine, donde a veces actúa Herzog):
Cuatro adolescentes discapacitados y un poco slackers se plantean robar objetos en un almacén y filmar la acción, pero notan que si sustrajeran mercadería barata los dueños lo dejarían pasar misericordiosamente, afrontando un dilema moral sólo si sus ladrones dignos de compasión optaran por algo caro.
(Futuro limitado- 1971)
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