viernes, 22 de octubre de 2010

Refrescos rumanos contra el autorismo

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Dos situaciones de toma de rehenes.
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Una se presenta apenas comienza My Son, my Son, What Have Ye Done? y se mantiene a lo largo de la película.
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Brad, el desquiciado de la última incursión norteamericana de Werner Herzog, mata a su madre, se atrinchera en su casa suburbial y mantiene prisioneros.
Pero nada de eso ve el espectador, que no está allí sino del lado de afuera, asistiendo a la vociferación de las exigencias del sitiado y a la típica dinámica "me alejo-me acerco" de los policías parapetados que rodean el perímetro.
A las circunstancias de la vida anterior del protagonista las vamos conociendo gradualmente por los flashbacks que se disparan cuando la novia de Brad, sus vecinos y su director de teatro son interrogados por el detective que mantiene el cerco.


La otra pertenece a If I want to whistle, I whistle, del rumano Florin Serban, y se desencadena luego de su primera parte, cuando la imposibilidad de resolver una situación lleva al protagonista a explotar.
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Silviu, el joven al que le restan sólo 15 días en el reformatorio, circula por las consabidas rutinas del lugar: las grises comidas colectivas, el patio del fútbol, los dormitorios de camas-cuchetas, la distancia con los guardias. Y habla poco, lo estrictamente necesario para no cometer errores. Su forzada autocontención está en casi todos los planos, intentamos descifrarla.
La visita del hermano menor revelándole una acción inminente por parte de su madre precipita la desesperación; y como la narración está focalizada excluyentemente en Silviu, en su circunstancia, a partir de ese momento vamos deduciendo/intuyendo su infortunada biografía y su amorosa necesidad de impedir que el hermano la repita. A la vez, no podemos salir de allí, compartimos su impotencia.
Entonces, la violencia. La catarsis que se produce cuando toma de rehen a la bella estudiante tan lejana a su realidad y cercana a su fantasía, nos encuentra atrincherados junto a él, absolutamente solidarios con su demanda.


No funciona bien My son, my son...
Hay una acumulación de lo esperable, y ése es el problema.
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Herzog despliega su “catálogo” de figuras retóricas propias tan reconocibles para quien, como yo, sigue atravesando décadas con sus películas, y llega un punto en que importa menos la trama que el jueguito de establecer ligazones con su filmografía anterior (los personajes excéntricos, los actores de culto, el cello de Reijseger, que hoy avestruces donde ayer lagartos...).
Para colmo, la produce David Lynch, otro admirado con mundo propio, que aporta aquí la podredumbre bajo la fachada de las casitas y hasta un enano onírico.
La madre del personaje protagónico, por otra parte, ¿no parece importada de una de Guy Maddin?
¡Socorro!
Evidentemente, la cinefilia es una perversión, y hay estimulaciones que a veces la tornan incontrolable.
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Como sea, la toma de rehenes estructura un mero artefacto multirreferencial. ¿Algo sólido, atrapante detrás de todo esta aglomeración?
Poco y nada.


A riesgo de ser acusado de rancio estructuralista que opone elementos por el simple hecho de haberlos visto el mismo día, no dudo de que el valor de If I want to whistle, I whistle en relación a la de Herzog, resalta aún más.
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El realismo rumano - de ésta, pero también de La muerte del Sr Lazarescu o de Bucarest 12:08 - más que ocultar la puesta en escena la vuelve opaca, y su despojamiento reflota saludablemente esa baziniana "ambiguedad inmanente a lo real", tan bombardeada por los efectos especiales en el mainstream y por la onipresencia del director-autor en el cine de arte.

En los largos planos secuencia en que acompañamos a sus atribulados personajes cautivos de lo institucional -pienso en Silviu, en la amiga de la chica que abortaba en 4 meses, 3 semanas y 2 días, en el policía de Police Adjective- parece disimularse que hay alguien detrás de cámaras tomando decisiones narrativas.
Hay historias, sí, pero van surgiendo, cadenciosas, en películas que respiran libres.
Eso explica, por ejemplo, cómo If I want..., transcurriendo en un lugar tan cinematográficamente codificado como un reformatorio juvenil, roza los tópicos del género y los trasciende.


La toma de rehenes por parte de Silviu, cuando llega, dispara el melodrama, la acción, la historia de amor y algunas otras cosas más, pero no reenvía a referencias externas a la película: cada espectador va eligiendo con cual de estas palpitaciones engancharse.


Werner Herzog, el eterno buscador planetario de imágenes no contaminadas -su personaje- haría bien en darse una vueltita por las costas rumanas del cine.
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3 comentarios:

  1. Justo bajé la de Herzog para ver este finde. No sé si me sacaste las ganas de verla o todo lo contrario. Aunque esa imagen de "la mamá de Laura Palmer" con la mano extendida es tan Lynch que no se comprende. Hasta tiene las cortinas (esta vez blancas) detrás!!! Hay que renovarse, señora!
    La de Serban me tienta muchísimo, gracias por la daticha!

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  2. Chitary:
    ¡Es una conspiración de madres siniestras!
    La que desde el faro isleño controlaba a sus hijos en Brand upon you brain, aquella de la que el protagonista no conseguía alejarse ni en trenes ni en sueños en My Winnipeg, ésta que sale en la de Herzog. Incluso en If I whistle, I whistle... aparece una muy jodida.
    Todas hermanas fatídicas descendientes de las brujas que le revolvían el caldero a Macbeth.
    Mi mamá, eso sí, ella es una santa.

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  3. No sé, no me puedo quitar de la cabeza la imagen de Moria Casán diciéndome: "Si querés chiflar, chiflá" mientras me aprieta lo huevos.

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