viernes, 30 de julio de 2010

Una excusa para suspirar por Jane Birkin


Fernando Trueba, en su delicioso Diccionario del cine de 1997, considera que una de las razones por las que el cine seguirá sobreviviendo es porque uno va al cine a enamorarse.
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"La sala oscura es el templo de la poligamia y uno de los antros mejores para pecar con el pensamiento que la mente humana ha podido concebir", dice.

No podría estar más de acuerdo, sólo le sumaría otras salas no tan sacras, como la del propio living del hogar, donde, peor aun, pecamos frente a las narices de nuestra pareja.
Es que, discúlpame, eres el amor de mi vida, pero tengo otro beyond...

En línea con lo anterior, y sin la pretensión de hacer pasar arbitrariedades por saberes, dictamino, de manera fehaciente, que Jane Birkin fue y sigue siendo la actriz más bella y subyugante de la historia del cine.

Y que conste que en lo mío no hay esa impulsividad de, bueno, me desperté hoy, vi su foto y paso al comunicado; llevo más de 30 años de una fidelidad que ha superado las pruebas más difíciles: las otras mujeres que fueron desfilando por la pantalla, de las angélicas a las que podían generarme una incómoda eyaculación espontánea (cof, cof, qué tiempos aquellos).



Todo comenzó cuando recibí su flechazo en Se me subió la mostaza (Claude Zidi, 1974), que a mis 14 añitos barrió el último vestigio de la enquistada adoración infantil que tenía por Melody en Melody de Waris Hussein.

Jane, piernas indeciblemente largas, conjugaba en su rostro redondo trazado con compás y enmarcado por flequillo lo pícaro con lo sexy (sé muy bien que días después soñé con sus labios), y en esta comedia, por sobre el slapstick de Pierre Richard, sólo tuve ojos para ella.
Hebras de pelo castaño a contraluz, chaqueta de jean abierta, espontaneidad corporal (Jane pelea, se cae al agua, se viste de satin o de cowgirl: no actúa, parece estar jugando), el preciso momento que sella mi amorosa esclavitud acontece un poco antes del final, entre las bambalinas de un gran teatro: ella sorprende al torpe Richard tapándole los ojos desde atrás para sonreirle (con esa fugaz mirada adolescente) cuando se da vuelta y besarlo chuic-chuic.


Volví a encontrarla una vez más en esa versión de sí misma tan ligada a mis fantasías de estar con una chica así de divertida y compinche (en La carrera de la cebolla, también de Zidi), pero pronto sería desplazada por otra, más sensual, la del primer poster femenino que colgué en mi cuarto.
Alta, con unas muy swinging London botas de cuero por encima de la rodilla, el escote abierto que no explotaba en turgencias sino en el misterio de una piel infinitamente lisa, su mirada entre confusa y desafiante escrutando mi sexualidad.

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Atisbé su desnudo en una rasposa copia de Blow Up de Antonioni, tuve escalofríos, como tantos otros, con su gemir orgásmico en la canción "Je t'aime...moi non plus'' (envidia a Serge Gainsbourg incluída), y hasta me tragué esa bazofia multiestelar basada en Agatha Christie, Muerte en el Nilo, sólo por estar un rato con ella.


Me pasaba que no podía asimilarla a ningún parámetro previo (¡así trabajan los hechizos!): estaba lejos de la gelida perfección de una Catherine Deneuve y, asimismo, en la vereda de enfrente de esas chicas Bond alla Ursula Andress que nos impactaban al principio de la película para luego diluirse en el decorado.
Bardot también era distinta, pero pertenecía a otro linaje: al de los sueños húmedos y pulposos.
Jane, más cercana, más amiga, era para enamorarse.


Y en el transcurso de su madurez fílmica - aproximadamente en los noventas, desde su rol de hija en Daddy Nostalgia de Bertrand Tavernier-, al profundizarse en su presencia la veta melancólica que siempre había tenido y que sólo esporádicamente había mostrado antes, me enamoró aun más.

Tres puntos medianamente razonables para que adscriban a mi objetividad:
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- En La belle noiseuse (Jacques Rivette, 1991), pasea su belleza paulatinamente otoñal mientras su pareja Michel Piccoli pinta, en la misma casona, a la beldad Emmanuelle Béart, tan joven, desnuda y apetecible ella. Hoy la Béart tiene casi la misma edad que tenía Jane Birkin en esa película y el botox le asfixió hasta la última rémora de sex appeal.
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Jane, en cambio, aun en sus actuales sesenta y pico es capaz de encarnar, sin aditivos, a "la chica": el núcleo de seducción alrededor del cual puede girar un film. Véanla deslizarse sino, liviana, hermosa (perdón: este es el post del exceso de adjetivos) y encantando con su misterio (y su pelo definitivamente corto) a Sergio Castellitto en los aledaños circenses de 36 vues du Pic Saint Loup, también de Rivette y del 2009.


- Su hija Charlotte Gainsbourg, que heredó la frescura juvenil que portaba su madre (algo bien aprovechado por Michel Gondry en La ciencia del sueño, al convertirla en la ensoñación del protagonista), y su levemente melancólico andar (devenido en diabólico por culpa de Lars von Trier en Antichrist).

- Por último, la coartada para escribir esta apología: Gainsbourg (Vie héroïque), una biopic miscelánea sobre la vida del pianista y cantante francés Serge Gainsbourg realizada por el historietista Joann Sfar.

No está mal, y no obstante esquematismos tales como sugerir que el éxito de Serge con las más bellas mujeres es una especie de revancha por el sojuzgamiento del niño judío que fue durante la ocupación, logra captar el ambiente bohemio del Paris de los sesentas con una personal caricaturización de escenarios y personajes.

La cuestión es que como durante su vida Serge Gainsbourg tuvo affaires con, entre otras, Juliette Greco, Brigitte Bardot y Jane Birkin, el director buscó actrices que las encarnaran.


La B.B. de Laetitia Casta, por ejemplo, desborda una voluptuosidad lindante a las mujeres de Fellini, aunque está un poco armada a base de mohines que la estereotipan.
La Jane Birkin de Lucy Gordon pues...es bonita, simpática, flaca, pero...no es.
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Sin embargo, la cáscara vacía de su doble activó espontaneamente esta sucesión de slides que llevo dentro y hoy comparto con ustedes.


Envejeceremos juntos, Jane (pero tú menos).


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10 comentarios:

  1. Y todo eso con medio centímetro de tetas... notable la Birkin!

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  2. Ahora entiendo la razon por la cual en mi cuarto siempre hubo una foto de la Birkin!!!!

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  3. Que linda nota, que original. Me hizo acordar al raconto de 2008 donde rememorabas las mujeres que te hicieron suspirar en la pantalla durante ese período. Pero la nota tambien es una demostración de amor al cine mismo, y como éste y su magia, inmortalizará la belleza de la diosa "Birkin" For Ever....Saludos!

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  4. Te perdono... vos tampoco sos mi Richard Gere, pero...

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  5. Pablot, cuando vuelvas al antro que nos cobija de 09 a 18, te imprimo una foto y nos tomamos un moka con azucar extra a su salud...

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  6. ¡Qué bella mujer! Supongo que sería insultarte si digo que hoy dejo entrever un aire de esa seducción en Anne Hathaway. Jajajaja. Perdoname, pero tiene un cierto parecido.
    Me encantó la apreciación del cien como "templo de la poligamia". Si eso es cierto, debo ser tener un harén de personas, y uno que otro animal, jajaja.
    Brindo por eso.

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  7. Andrés:

    No me insultas, sólo que Anne Hathaway, buena comediante en la psicodramática Rachel getting married, no le llega a la punta de los talones.
    Esto desde mi perspectiva, claro, pero vaya uno a saber si no está circulando por ahí algún pibe con la edad que yo tenía cuando comencé mi amor platónico por Jane y vive un proceso análogo al que yo tuve, pero con Anne.

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  8. Emotivo homenaje a una de las musas de los setenta que mejor han sabido cuidarse. Sigue estando estupenda!. mucho mérito tiene tener como rival a B.B. y salir vencedora.

    Ese Gainsbourg no tenía un pelo de tonto.

    Un abrazo.

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  9. Pablot, aprovechá para disfrutar con Mare de los extraordinaros paisajes de la tierra salteña y cuando vuelvas al antro (según baby), charlamos sobre esta piba, que da para rato, cafe de por medio.

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  10. jajaja, me encantó el comentario de Maré. Es raro que uno pueda ser el R. Gere o la Birkin del otro. Besos.

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