viernes, 23 de julio de 2010

Pieza conversacional

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Una (otra) debilidad: las películas que ocupan gran parte de su metraje con personas dialogando y contándose cosas, en una esgrima que oscila entre la cordialidad y lo solapado.

Si éstas fueran, pongamos, vagones de subte, serían principalmente de la línea Rohmer (cabecera Seis cuentos morales, terminal Cuentos de las cuatro estaciones, y paradas intermedias), que en alguna estación podría combinar con una parte acotada de la línea Linklater (cabecera Antes del amanecer, terminal Antes del atardecer).
Como sea, disfrutamos del recorrido que nos proponen sin saber a ciencia cierta adonde nos dirigimos (parte del encanto), mientras nos vamos dando cuenta de que la chorrera verbórrea entre los personajes encubre algo que no terminan de decirse (pero expresan todo el tiempo con gestualidad).

A diferencia de esos ilustres ejemplos en los que importa más lo que esconden las palabras, en My Dinner with Andre (Louis Malle, EEUU, 1981) el foco está puesto en lo que se dice, en lo explicitado por los relatos que circulan de un personaje al otro. Es que el film es, basicamente, una conversación entre dos conocidos reencontrados.

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Un poco a pesar suyo, Wally, autor teatral al que le cuesta ubicar su material y actor preocupado por sus dificultades laborales, acepta comer con Andre, un exitoso director teatral que reaparece luego de haberse marchado en forma subrepticia cinco años atrás.
Estos más conocidos que amigos, durante esa cena casi en tiempo real que transcurre en un restaurante paquete, se ponen al día.
La dinámica de la charla consiste, por lo general, en Andre relatando con fruición sus peripecias viajeras seguido por módicas reacciones de Wally.

En este sentido, la tosca puesta en escena del 90% del film resulta especialmente adecuada: planos y contraplanos que incluyen el espejo del lugar (para que veamos cómo un protagonista sigue lo que le dice el otro), unos pocos planos generales para dar encuadre ambiental, contados primeros planos del rostro insondable del mozo, y no mucho más.
El 10% restante enmarca el encuentro: una caminata inicial de Wally por los suburbios de New York dirigiéndose al lugar y, cerrando, las calles vistas en travelling desde el taxi que lo lleva de vuelta al refugio hogareño.
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Como el punto de vista con el cual se nos hace identificar es el de Wally (el pequeño burgués que de una infancia centrada en el arte pasó a la preocupación adulta por conseguir el mango), escuchamos desde él, entre intrigados y atónitos, las experiencias del autodefinido "un poco surreal" Andre desde que decidió abandonar la rutina y el "peligroso" confort para cambiar radicalmente de vida.

A la compulsión de André por tomar riesgos (con cierto sabor a esoterismo new age) como ser enterrado vivo o viajar al Everest para vivir un momento de "realidad", Wally, acaso conformista, le opone su preferencia por la comodidad, el cenar en pareja y, frente a profecías y a galletitas de la suerte, una cerrada defensa del método científico.
El juego dialéctico entre ambos se desarrolla y, créanme, son dos horas de movilizantes aventuras "orales".

¿Por qué ir al Sahara o a los bosques polacos a montar inéditas performances cuando cerca de casa podemos tener experiencias igualmente epifánicas?
¿Por qué no ir?
Wally y Andre, ¿se están escuchando realmente?
¿No son demasiado intransigentes en sus posturas?
¿Cuál de esas vidas nos gustaría vivir?

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El embeleso provocado por el film me fue revelado en sus últimos minutos, mientras la Nro 1, la más trajinada de las Gymnopedias de Satie, comenzaba a sonar y me hacía redescubrirla como si nunca la hubiera escuchado.
Wally, nuestra mirada, se percata de que la velada está terminando porque los mozos comienzan a acomodar las mesas; y yo, como cuando te despiertan suavemente de un sueño, miré el reloj y tomé conciencia de haber estado deslizándome por la superficie de un "mero" flujo conversaciónal en el que me había involucrado profundamente.


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Entonces, nada de tesis, antítesis y síntesis, y si Wally o Andre incorporan algo de la posición ideológica del otro nunca lo sabremos. El final-final es brillante justamente por eludir eso y demostrar, a pura sutileza, cómo la interacción con los demás, por más leve que sea, modifica nuestra visión del mundo.
Wally se aleja del restaurante, y por la ventana del taxi parece observar el paisaje urbano con el impulso vitalista de Andre, pero sin dejar de ser él mismo:
"No había una calle, un edificio que no me trajera algún recuerdo. Ahí estaba comprando un traje con mi padre, ahí me estaba tomando un helado después del colegio. Cuando llegué a casa Debbie ya había vuelto del trabajo y le conté mi cena con Andre".


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Claro que este soliloquio al que no le sobra una palabra refulge más a través de Wallace Shawn, ese inconfundible actor secundario que siempre parece hacer de sí mismo, y cuyo particular aspecto ideal para papeles de neurótico o hipocondríaco, siempre me hace pensar que debería ser la elección natural de Woody Allen en su búsqueda de alter egos fílmicos.
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My dinner with Andre pertenecía (como su hermana más de una década mayor Vania en la calle 42), al lote de películas que uno sabe que en algún momento va a terminar viendo, sea por sus títulos intrigantes u otras particularidades que suelen fijarse y reaparecer aleatoriamente agitando banderitas en nuestra compulsión escópica.
Vaya pues un tilde (done!) en el casillero correspondiente al mejor film del generalmente qualité Louis Malle.

A la luz de la sucesión de imágenes a velocidad enajenada que hoy es estándar en Hollywood (y que sólo parece proponer la hipertrofia sensorial del espectador), este film de 1981, con su esquemática puesta en escena y su respeto por el tempo pausado de la conversación, con los años va asentándose e incrementando su bouquet. Probando, de paso, que ciertas experiencias se potencian por oposición.
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1 comentario:

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