viernes, 15 de enero de 2010

La muerte como asunto del más acá

.
.
.
.
.
.
.
.
.
.
.
.
.
.
.
.
.
.
.
.
.
.
Hay toda una tradición japonesa de films crepusculares de duelo por los muertos queridos que, en lugar de enfatizar el llanto angustiado por los que ya no están, escenifican más el melancólico persistir de su presencia post mortem.

Naomi Kawase - pienso en Shara o en El bosque de luto, pero también en sus mediometrajes - trabaja esa huella que ya venía de Ozu y de la que no es ajena ni el sintoismo (en su veneración de elementos naturales y objetos dotados de espíritu), ni el budismo (en su concepción de vida y muerte como un todo circular).
Por supuesto que de este acervo también se desprende toda una vertiente de cine de fantasmas japoneses (mini lista ineludible: Ugetsu Monogatari, 1953, de Mizoguchi y Kwaidan, 1965, de Kobayashi; macro lista eludible: el 90% de los actuales J-horror films).

A partir de esas creencias es fácil suponer la importancia de una despedida adecuada para los seres queridos cuando pasan de un estadio a otro, en el momento del tránsito, con aquellas parsimoniosas ceremonias de purificación alrededor del tatami que los degustadores del cine japonés clásico hemos disfrutado tantas veces.

Llegué a Final de Partida -el beckettiano título encajado a Departures para su estreno- cuando escuché la música compuesta por Joe Hisaishi, cuyos cuartetos de cuerdas + piano siempre me pueden. Sólo después de verla me enteré que había ganado el Oscar a la mejor película extranjera.
Lógico, pensé, es un film convencional en el sentido aristotélico, con principio, nudo y desenlace donde no queda medio cabo suelto y que cuenta, además, con un argumento que suele rendir en taquilla:
el del loser que pierde todo y, al final, termina triunfando y realizándose como persona (en la típica revancha imaginaria que la industria del espectáculo suele proveer a las masas)

Sin embargo, intersectar esta trama con otra en donde la muerte se halla presente en primer plano y bajo la forma concreta del cadáver físico, hace la diferencia.
Porque con Daigo, el músico citadino sorpresivamente desocupado que se muda a un pueblito resignado a trabajar en lo primero que surja, se nos posibilita meternos dentro de una profesión que a priori - y aun más desde nuestra mirada occidental - repele.
Y, no obstante, en esto de preparar a los muertos lavándolos y maquillándolos para despedirlos antes de colocarlos en el ataud pasaremos gradualmente de la incomodidad a la valoración de la tarea.
Mérito de un director que, al elegir contar la aventura desde el punto de vista del personaje principal, nos hace partícipes de sus descubrimientos.

Eso sí, las 2 o 3 panorámicas recorriendo en círculo al protagonista mientras toca cello en la cumbre montañosa (y la banda de sonido sube y sube) son obvias, hollywoodenses en el peor sentido del término; nos subestiman gritándonos "¡dense cuenta, Daigo se siente pleno!"
Y esto sin contar detalles improbables que el calculado guión obliga a aceptar en nombre de la progresión dramática. Ejemplo: si tu mujer deja atrás toda su vida anterior para seguirte adonde vayas, no suena lógico que acepte durante tanto tiempo las vaguedades elusivas que le respondés cuando te pregunta qué hacés en tu nuevo trabajo.
.
Hechas la salvedades, en su impecable narración estándar, la película de Yojiro Takita transmite un formidable voltaje emocional. Y hay que ser un témpano para que en alguna escena no se te haga un nudo en la garganta.
.

No hay comentarios.:

Publicar un comentario