jueves, 9 de junio de 2011

Mundos de cine (III)


¿Qué es un cementerio? Un perímetro en el que se alinean (o se apilan) cuerpos muertos en cajas. Hay, según el poder de evocación que ejercen en cada quien, unos más bellos que otros; pero yo no tengo preferencias, una vez muerto, mátenme de nuevo y ahórrenme la inmovilidad rectangular.
Por otra parte, el recuerdo sentido del que se fue suele asaltarme, hacerse presente sin supeditarse a sitio alguno; entonces, excepto para acompañar gente querida y viva para la que sí es importante el tributo in situ, trato de eludir tales lugares.

Pero en Paris los cementerios son paseos, con su arquitectura, su diseño, y sus cadáveres famosos. Diga a qué intelectual quiere ofrendar y le diré a cuál dirigirse. ¿Existencialista?: vaya a Montparnasse, pregunte por Sartre; ¿nostálgico del rock psicodélico?: Jim Morrison (si es que en verdad murió) lo espera en Père-Lachaise.

¿Y si por un maravilloso juego dadaísta sacáramos a los difuntos célebres de su actual emplazamiento sin cambiar los nombres que figuran en sus lápidas? ¿seguiríamos venerando nichos ocupados por impostores?

Más allá de preguntas incómodas, lo cierto es que ante ciertas magias de la realidad -que afortunadamente acontecen-, la ironía se me desactiva:
En Monmartre, en una necrópolis atravesada por un puente de acero y regada de árboles, la tumba de Francois Truffaut, surgida al paso, me agarró del corazón.



¿Habrá sido el contraste de tanto sepulcro ornamentado con voluntad trascendental, frente al liso mármol que sólo portaba su nombre y sus fechas?
¿o la efervescencia súbita de los mil antoine doinel que yo mismo fui a lo largo del tiempo?
Aún lo ignoro; sí sé que busqué imperiosamente lápiz y papel: era escribir o se venían las lágrimas.




La piedrita y el texto, qué chicos se veían mientras me alejaba, y cuánto me conmovían en su insignificancia.
Con mi esposa nos preguntábamos, ¿qué designio misterioso había hecho que en la escala anterior a París eligiéramos ver, del abundante stock de películas cargadas en la notebook, El Hombre que amaba a las mujeres de Truffaut , que comienza con un cameo suyo en un cementerio.



La había visto décadas atrás en el SHA y sólo recordaba piernas femeninas que, deseables en su variedad, iban y venían ante la mirada del personaje principal. Pero es mucho más que eso, como descubrí esta segunda vez: partiendo de un entierro al que sólo concurren mujeres, El hombre… es un flashback sobre la vida de alguien que, como el Doinel de El amor en fuga, no puede sino amarlas a todas y parir un libro para rozar una explicación. Que el feo Charles Denner parezca más seductor que un, pongamos, George Clooney, no puede sino ser mérito del director.

Y ahora que lo pienso, hay algo ahí que puede ayudar a descifrar (aunque mucho no importe, en realidad) toda esa emoción a borbotones que me acometió frente a esa tumba de Monmartre. A diferencia de otros cineastas a los que uno admira desde la distancia que nos proponen sus obras, Francois Truffaut siempre nos resultó cercano y sus pelis profundamente afectivizadas. Yo viví en La piel dura, en La noche americana y en especial en el corto Antoine y Colette, ¿y ustedes?

Pero Truffaut murió y mi saludo no careció de tristeza.
Philip Roth, en un reportaje reciente, comentó: “no hay nada que te convenza más de la muerte que la muerte de tus amigos”.
Intuyo que tiene razón.
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3 comentarios:

  1. Hermosa nota Pablo. Me emocionaste. Ese papel nos representa a todos los NN que amamos el cine de Truffaut y de alguna manera queremos agradecerle su aporte a nuestra cinefília. Recuerdo haber visto "El hombre que amaba a las mujeres" con un grupo de amigos, disfrutarla enormente y resaltar el hecho de que el protagonista era más feo que la azafata del tren fantasma!
    Una duda me invade desde hoy. Algún irrespetuoso habrá atinado a sacar ese papelito?
    Un abrazo

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  2. Qué lindo homenaje, Pablo.
    ¿Se contagia la emoción?

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  3. La muerte. ¡Qué cosa!
    Si fuese como la hermana de Sandman, que fácil sería todo.

    Lo del feo seductor es coherente con la forma semi-documental de filmar de Truffaut y de toda la Nouvelle Vague, ya que fuera de los artificios del cine, la belleza masculina es un elemento insignificante a la hora de seducir.

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