viernes, 23 de octubre de 2009

Humanos en la niebla

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(A propósito de Nénette de Nicolas Philibert, vista en el DocBsAs)


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Con voluntad ficcional o no, muchas veces el cine nos ha facilitado penetrar en espacios concretos plagados de misterio.
Cuando hacia la mitad de Psicosis a la pobre Janet Leigh la duchaban a cuchillazos, la cámara se quedaba huérfana de protagonista y comenzaba a deambular por el ominoso caserón, como interrogando recovecos que ocultaban presencias elusivas y, por supuesto, respuestas.
En Rebeca, objetos, escaleras, cortinados o cuadros metaforizaban que la propiedad de la mansión Manderley nunca iba dejar de ser de Rebeca, por más muerta que ella estuviera.
Otra cámara intrusa saltaba las rejas del palacio Xanadú de Charles Foster Kane para avanzar sinuosamente hasta el salón donde el magnate moriría, pero sólo en el plano final, casi dos horas más tarde, permitía ver aquel trineo ardiendo que podía explicar algo de ese barroquismo desmesurado.
Y en El Resplandor, una elegante steadycam deslizándose por los pasillos de un mega hotel fuera de temporada atestiguaba su cualidad enloquecedora.

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Hitchcock , Welles o Kubrick proponían en esas películas recorridas por sitios portadores de una historia intuíble que lentamente se iba desplegando ante la mirada atenta.

No sucede nada muy distinto en el documental La Ville Louvre de Nicolas Philibert, la incursión cámara en mano por el museo parisino más famoso, develando a su paso tanto el mecanismo de su funcionamiento como aquellos cuadros amontonados en el olvido y, almacenados en subsuelos, sugiriendo una cultura de catacumbas en oposición a lo sobreexpuesto canonizado.
El elegante travelling de la docu-ficción El Arca Rusa de Sokurov atravesaba también las amplias salas del museo del Hermitage de San Petersburgo, pero lo hacía sincrónica (por los espacios) y diacrónicamente (por las épocas) bajo la premisa de una sola toma.


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En todos los casos mencionados había una intención de que los lugares - casas, palacios, museos – destilaran sus historias.
Con matices según cada director, claro. Hitchcock, por ejemplo, filmaba los planos que ya tenía muy pensados a priori y se aburría en los rodajes.

Philibert, en el otro extremo, decide un lugar y hacia allí se dirige con su pequeño equipo de colaboradores intentando naturalizar la presencia de la cámara, preparado para registrar lo que pase.
Ser y tener, su gran éxito comercial, con esa escuela rural que reunía en una única sala chicos de diferentes edades y un maestro de ternura inoxidable, es bien representativa de este método de trabajo.

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Por absurdo que parezca, todas estas cuestiones me vinieron a la cabeza luego de ver Nénette, que es, básicamente, una serie de tomas de una orangutana longeva en su jaula. ¿Cómo se explica?
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Philibert apuesta aquí más radicalmente que antes y nos pone a ver a una mona que mucho no hace por entretenernos: come, se para, lenta y aburrida se sienta, va y viene… (su hijo, que circula en la misma jaula, se mueve un poco más).
Mientras el metraje avanza vamos desechando la premisa básica del 90% de las películas que solemos ver y que dice que el protagonista es quien más tiempo aparece en pantalla. Eso se resigna de a poco en favor de una emanación sutil : los verdaderos protagonistas de Nénette son los visitantes que observan al animal en el zoológico parisino, un sujeto colectivo llamado “público” (término que también aplica a nosotros, en tanto lo “visitamos” desde nuestras butacas)

Entonces, voilà la explicación: al igual que en las obras a las que veníamos haciendo referencia, también en este documental una cámara emplazada en un espacio – más acotado aquí que un museo o una mansión – intenta develar sus misterios. La gran originalidad aquí es que éstos no se hallan en el plano que se enfoca sino en el contraplano cuyas imágenes no se nos van a mostrar: la gente que circula.



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Y no es que la orangutana carezca de biografía interesante, con su nacimiento en Borneo hace 40 años, prisión zoológica parisina desde 1972, provisión de maridos y anticonceptivos, sino que su opaca figura obra de excusa para que cada visitante (al que no vemos pero escuchamos) “proyecte” lo que quiere ver, lo que cree que siente o le pasa a la célebre Nenette detrás del vidrio; asunto que, en definitiva, sólo puede terminar refiriendo a su propia vida.
Idem ocurre con cada espectador del film, intentando decodificar desde la sala qué dice la mirada de esa mona omnipresente a la que, por vieja, imaginamos sabia.

Una certeza: no sabemos nada, pero absolutamente nada sobre la razón por la cual vivimos ni por qué nos pusieron en estas jaulas repletas de ruido y furia innecesaria.
Eso me dijeron los ojos refractantes de Nénette.
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3 comentarios:

  1. Debe ser interesante ver a la gente observando a los animales, las caras que ponen, etc.

    Si, la cámara tiene un punto de vista muy particular en algunas peliculas. Esta semana fui a ver Sector 9, y la camara (en la primera mitad de las peli) simulaba ser la de un camarografo que reporteaba un noticiero. Un poco rara la pelicula, aunque tenia su lado interesante... pero creo que no voy a comer langostinos por mucho tiempo.

    Una vez lei un cuento en donde se narraba todo desde el punto de vista de una camara que solo visualizaba los zapatos de la gente, y habia que inferir la historia segun se encontraban o desencontraban los diferentes tipos de zapatos

    Y por ultimo, no puedo dejar de hacer referencia a un dibujo animado que ya no dan, en cartoon, La vaca y el pollito donde el punto de vista de la supuesta camara, era el de los pies de los pádres de la vaca y el pollito, o sea el punto de vista de los protagonistas (que les llegaban hasta las rodillas)

    Me gusta tabien el manejo de la camara en algunas escenas woodyallenses, donde la camara queda fija en una habitacion mientras los protagonistas salen de cuadro y siguen hablando, o sea, la camara no los sigue, queda fija, y despues los actores vuelven a esa habitacion (generalmente lo hace cuando un matrimonio discute y uno va siguiendo al otro por toda la casa durante la discusion hasta que vuelven a la habitacion donde comenzo la perorata)

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  2. Carla:
    Uno puede tener una gran historia para contar, pero la clave de su efectividad es el punto de vista que se va a adoptar para contarla, el “desde dónde” (tanto narrativo como ideológico).

    Fijate que en Sector 9, que yo también vi, hay una cuestión más que interesante en relación a esto.
    Es cierto que la cosa inicialmente parece(ría) apuntar al registro documental, pero poco a poco el relato se va focalizando en el, en principio, antipático protagonista y ejecutor burocrático del operativo desalojo de aliens.
    El punto de vista se desplaza gradualmente hacia él, y con él vamos viviendo la experiencia de ir convirtiéndonos física y espiritualmente en un “otro” que primero es un crustáceo insondable y luego un prójimo con el que nos solidarizamos.
    Ése es el gran acierto de Sector 9.

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  3. Una quasi-certeza: No existe ninguna razón para esta azarosa auto-organización de un sistema caótico a la que llamamos vida.
    Y, peor aún, no hay constructor alguno de jaulas. Dichosa la mona que, cual Linda Pertz que No Es Feliz Pero Tiene Marido, tiene alguien a quien culpar.

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