domingo, 17 de mayo de 2009

Dormitar viendo películas tambien es crear algo enteramente nuevo

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.(¡Hola !. Si pueden, antes de leer el presente post, lean éste y éste)
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"Sobrepasar la limitación materialista del cine para presentar un cierto carácter onírico de la existencia", así recordaba Cahiers du Cinema el pensar de Pasolini acerca de lo que lograban los grandes momentos del cine moderno, en una entrevista a Eric Rohmer en el contexto de su polémica de mediados de los 60´s con el director italiano , conocida como cine de prosa contra cine de poesía.
Persistiendo un poco más en relación al dormitar viendo determinadas películas como otra puerta posible para una subjetividad expandida, esa frase me asaltó casi literal, y después la busqué en el ajado librito marrón de Anagrama para citarla textualmente (1).

Lógico, lo que vengo insinuando en los últimos escritos es algo así como la co-autoría de un objeto enteramente nuevo - de existencia tenue y limitada - en la psiquis del espectador a partir de una película; la sensibilidad y el entendimiento accionando y transformando algo ya dado.
¿Habré desayunado Kant?. En todo caso, eso está matizado por el hecho de estar hablando de condiciones experimentales muy concretas: ese estar casi dormido del sujeto aunque consciente de no estarlo aun.
Un estadio que , en la oscilación de la mente entre la luz que todavía tolera y la sombra que la reclama, favorece fade ins y fade outs intermitentes a puro random, desactivando toda posibilidad de interpretaciones alegóricas; y suscitando - como quería Rohmer en aquellos tiempos - poesía no buscada de antemano sino presente por añadidura.

Más films que pueden resultar óptimos para incentivar la aprehensión de nuevos mundos entre esos bordes (¡última entrega, lo juro!):


Comencemos por lo más obvio. Koyaanisqatsi (Godfrey Reggio,USA,1983), en un caudal sinfónico que inunda –y abruma- nuestros sentidos, trabaja visual y musicalmente sobre opuestos: paraíso natural perdido versus vida fuera de equilibrio en las grandes urbes.
Dos décadas antes de Al Gore, ecología avant la lettre cuya intención es un poco demasiado pontificadora; pero como aquí nos interesa menos analizarla con distancia brechtiana que destacar sus propiedades estimuladoras de lo sensorial, sugerimos entregarse a su misterio y atracción sin reservas.
Con sus ralentis y aceleraciones de planos generales etno-geográficos, se ha convertido en un hito que continúa generando descendencia de calidad dispar.
Su arma secreta es, digámoslo, la adecuadísima banda sonora compuesta por Phillip Glass, punto condensador del particular minimalismo que es marca de fábrica de este músico tan tristemente aggiornado, en la actualidad, a la versión que hollywood le pide de ese minimalismo.

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Existen films corrosivos.
Y Decasia (Bill Morrison, USA, 2002), literalmente corroído.

Armada en base a fragmentos deteriorados de celuloide perdido en la noche de los tiempos, cuando mucho cine corría el riesgo de incendiarse por su almacenamiento en el inflamable nitrato, Morrison interviene las imágenes encontradas logrando una dramaturgia del sarpullido. Como un Cronemberg del cine experimental, da protagonismo al virus en el cuerpo físico de los fotogramas, con rayones, hongos blancos y turbiedades varias amenazando a las figuras humanas.
Y con el aporte del muro sinfónico de Michael Gordon (su disco “Light is calling”: un must).
¡Hay que verla en el cine!. La sala Lugones del TGSM nos lo posibilitó a Maré y a mí hace 3 años, pero si por ahí cuentan con un home theatre, avanti, que esas cosas circulan por Internet para el que quiera ubicarlas.


Siendo una de mis favoritas, Shara (Naomi Kawase, Japón, 2003), sin duda merece post aparte (¡coming soon!). El hecho de convocarla aquí obedece a 3 secuencias sublimes, muy aptas para la supuración de significaciones aleatorias mientras dormitamos viéndolas.
El menú de opciones del DVD, por su parte, posibilita la amalgama de este trío.

- En la primera de las secuencias, como si Kawase propusiera poner en acto el principio constructor de la sombra y la penumbra – tan caro a la emergencia de la belleza, según Tanizaki (2) -, las sugerencias sonoras del fuera de campo (vocecitas de chicos; golpes percusivos machacantes) e imprecisiones temporales (¿vienen del presente, del pasado o del futuro de la acción?), nos impulsan en un travelling dubitativo por corredores y cuartos hasta salir a las callejuelas de una Nara preparada para la festividad; allí somos Shun jugando a perseguir a su hermanito Key, quien súbitamente se volatiliza (desencadenando el drama de la familia Aso). Fundido a negro.

- La segunda: Si hubiera algo así como un premio a la “Mejor Secuencia Catárquica” y otro a la “Mejor Lluvia de la historia del cine", ambos deberían entregarse inapelablemente a Shara.
En medio del festival comunitario Basara, de su ritmo y su danza, explota el diluvio y, en la misma medida en que alivia el calor veraniego de la multitud, todos los entrañables protagonistas se sacan de encima la angustia para acelerar el baile en desenfreno vital; aparecen los cuerpos, la risa…imposible que nuestro corazón no palpite más rápido, también nosotros liberados.

- La tercera: rodeando a Reiko en pleno trabajo de parto - la misma Kawase -, un semicírculo de familiares, amigos y parteras asisten a la magia del alumbramiento de un nuevo hermanito para Shun.
Cuasi dormidos cabe la posibilidad de atesorar en una sola tira, como en una sucesión de fotos, las miradas, los llantos, las manos compañeras, la dulcísima sensación de ser parte de una emoción universal.


La Jetée (Chris Marker, 1962, Francia) son muchas películas en una sola de corta duración (28´). Es ciencia ficción con paradojas temporales, historia de amor, pesadilla apocalíptica, crónica de una imagen enquistada en la memoria, y mucho más, pero esto es racionalizar demasiado...¡y hay tantos estudios acerca de esta obra!
Librarse del sometimiento a la interpretación para deleitarnos con la materialidad estética, algo de eso solía plantear Susan Sontag, y en este shot de adrenalina en blanco y negro narrado a través de fotos fijas - con el agregado de un fugaz parpadeo femenino -, se comprueba viable.

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(1) "Pier Paolo Pasolini contra Eric Rohmer - Cine de poesía contra cine de prosa". Cuadernos Anagrama,1970.(pag. 66).
(2) "Elogio de la sombra": ensayo de 1933 de Junichiro Tanizaki. Editorial Siruela en 1994
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3 comentarios:

  1. Ejercicio similar, pero distinto, es el de hacer un colage de films en forma azarosa o premeditada.
    Como ejemplo del colage azaroso recuerdo una noche tarde en la que llegando a Banfield (antes de la TV por cable o del control remoto y el zapping), muerto de sueño y de cansancio, prendí la tele y, en un viejo ciclo de Salvador Samaritano en ATC, agarré por la mitad, mientras cocinaba, “La belleza del diablo” sin reconocer ni a René Claire ni a la historia del Fausto. Sin, tampoco, llegar al final, me armé una nueva e interesante historia en la que la corrupción de la inocencia se mezclaba con la caverna de Platón y la letra de los Twist “el primero te lo regalo, el segundo te lo vendo”.
    No hay mejor ejemplo del colage premeditado que las sesiones del mediodía del 13 de los 3 Chiflados, en donde con pedazos de 2 o 3 capítulos repetidos ene veces te armaban uno absolutamente nuevo. Árte puro.

    Como verás, eso de suspender la racionalidad y abandonarme a las meras sensaciones frente a la pantalla difícilmente me ocurra.

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  2. Bueno, no deja de ser un ejercicio racional creativo; lo interesante es construir cosas nuevas con lo ya dado(y aparentemente unívoco).

    Guau, lo de la combinatoria de los capítulos de los 3 chiflados en el mediodía de nuestra infancia es ABSOLUTAMENTE CIERTO Y RARÍSIMO.
    ¿A qué se debía?, ¿a llegar en horario al noticiero?. Gracias por recordármelo.

    ¿Y te acordás que en Cine de Super Acción las pelis seguían corriendo durante las tandas publicitarias - hecho corroborado por Diego Curubeto en su libro sobre este programa -, provocando, finalizados los avisos, las elipsis más extrañas?

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  3. Para incrementar la cuota de racionalidad a esta nota que apunta a lo sensorial, agreguemos algunos datos matemáticos para responder al interrogante de Los 3 Chiflados.

    A razón de 2 capítulos por día (mínimo), durante 5 días a la semana en las 52 semanas del anho, tenemos 520 presentaciones anuales. Con 20 anhos ininterrumpidos en pantalla (fueron más, pero pongamos números redondos) llegamos a que fueron 10400 emisiones.
    Siendo el número total de capítulos de la Columbia, contando los hechos con Curly, Shemp, Joe y Curly-Joe, igual a 190, en promedio cada uno de ellos fue repetido más de 50 veces!!

    La necesidad de crear nuevos episodios a como diere lugar me parece la opción más probable para justificar el ejercicio de colage descripto.

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