domingo, 12 de abril de 2009

Bafici: Les Plages d'Agnès (Agnès Varda, Francia, 2008). Nota 1: La Espigadora

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Quienes simplemente por un azar de la grilla festivalera decidieron entrar en esta caja llena de sorpresas de colores, deben haber quedado boquiabiertos.
Quienes conocíamos a la persona que ibamos a visitar, de dónde venía, y a los que fueron acompañándola en su camino, tampoco quedamos indemnes.
Porque Agnes Varda, en este apasionado retrato que a los 80 años hace de sí y de su trayectoria, posibilita un paneo por gran parte del universo cultural occidental del siglo XX, y su manifestación canónica: el cine.

Resulta muy difícil - al menos para mí - no envidiarle la insobornable libertad con que construye, desde su infancia hasta el presente, una vida dentro del arte, usando todos los materiales que ésta provee: gente, paisajes, sentimientos, trabajos, objetos, etc (completen ustedes).
Más allá de la posibilidad de leer su film como un canto autocelebratorio ombliguista - hay que tener con qué, y Agnes puede sustentarlo porque tiene de todo -, la sensación que transmite es la de permitirnos surfear por superficies placenteras.

Cuando comienza el viaje ella dice algo así como que si la abrieran le encontrarían playas dentro. Pero esa es una excusa argumental que obra como disparadora para todo lo que va a compartir con nosotros.
Sin ánimo de caer en descripciones de catálogo, les comento algunas de las maravillas - hay muchísimas - que van desfilando por la pantalla, hilvanadas por su propia voz y presencia, en una narración bastante cronológica:
-Espejos de todos los tamaños enmarcando, enfrentando el mar, alcanzados por olas, confundiendo la fuente original de la imagen con su reflejo, tomando al sesgo figuras humanas o parte de ellas.
-En un estrecho pasaje del pueblo donde filmó su primer largo, envejecidos no-actores que habían participado, empujan un carro donde, a modo de homenaje a uno de ellos ya fallecido, se lo proyecta en una tela.
-Una calle convertida en playa y, a su vez, en el lugar de la oficina de producción de Agnes, con escritorios, arena, gritos y computadoras incluidos.
(Ciné-Tamaris, al igual que Les Films Du Losange de Schroeder y Rohmer: productoras que siempre predisponen bien apenas nos topamos con sus logos).
-Una casita hecha toda con cintas de celuloide de Les Créatures y sus imágenes portadoras de Piccoli y Deneuve, como una manera de reformular un film que fue un fracaso, dándole otro lugar, según explica Varda sentada en un banquito allí mismo.
-Una performance suya vestida de papa durante una instalación (no el Papa sino una papa, el vegetal).
-Fotografías intervenidas, filmaciones de todos los paises donde vivió o estuvo, video-instalaciones, circo, teatro negro...

- Y, apartado especial, sus películas. Desfilan unas cuantas, pero voy a tomar tres:

Cleo de 5 a 7 (1962). Una cantante - hermosura olvidada: Corinne Marchand - que entre esas horas deambula por París, padeciendo la incertidumbre de un posible cáncer. El paseo con el soldado en vísperas de su movilización a Argelia: ¿uno de los momentos más bellos de la historia de cine?

Sin Techo ni Ley (1985), con el personaje de Sandrine Bonnaire errando por la Francia rural hasta su marginalización total, en una puesta austera, sin sentimentalismos, Como si Agnes se hubiera desviado un rato por los bosques de Bresson.
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Les Glaneurs et la Glaneuse (o Los espigadores y la espigadora) (2000). Un documental lúdico que propone conocer el mundo de aquellas personas que recolectan lo que otros desechan: comida sobrante de los mercados barriales, materiales y objetos que luego son reformulados por el arte, etc.
Por supuesto, también aquí, al igual que en "las Plages..." - otra de personalidad arborescente -, ella se filma a sí misma y a las cosas que va reciclando, en demostración práctica de cuan espigadora es.
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Bueno, todo este post está un poco caleidoscópico e impreciso, pero no tiene importancia, porque debe leerse como prólogo al siguiente.
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1 comentario:

  1. Quisiera, tan solo por unos minutos, tener la posibilidad de mirar la vida a través de los lentes de Agnés Varda, y ver la belleza en cada rincón, en cada mancha de la pared, en cada feria de baratijas. Sin que nada más importe. Contar la vida como si fuera un cuento de imágenes y colores, espejos que reflejan el ir y venir de las olas, mientras uno camina para atrás, contando y recontando su propia historia.

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