miércoles, 19 de mayo de 2010

¡Aquí podemos hacerlo!

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Nota: Lo que sigue es un esbozo de historia pergeñada luego de ver El escritor oculto, la última de Roman Polanski.


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Desde el bunker de C.S.M en Anillaco se terceriza la búsqueda de un escritor que lo ayude a finalizar sus memorias.
La apetitosa cantidad de dinero que se le ofrece a "X", que resulta seleccionado, le hace dejar de lado sus reparos bienpensantes, y hacia allí se dirige en el avión especialmente fletado desde Buenos Aires para aterrizar en la pista riojana propia construída con dinero de vaya uno a saber dónde.

Fornidos hombres de seguridad, intercomunicados por walkie-talkies, lo conducen al interior de esa amplia mansión enclavada en el relieve montañoso.
Mientras atraviesa salones de hipertrofia barroca, humildes empleados domésticos, rostros de sospechados familiares (más tarde dudará haberlos visto) y hombres trajeados que imagina asesores, lo observan con sorna e indolencia.
Cuando la doble puerta del salón principal se abre de par en par, copa en mano y sonrisa seductora, C.S.M en persona lo recibe y le da instrucciones, deseoso de perpetuar la verdadera historia de su vida, la de él, la autorizada.
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"X" deberá corregir, completar y dar forma elegante a las casi trescientas páginas ya escritas por "W", su antecesor en la tarea fallecido días atrás. Eventualmente, si resultara necesario para la coherencia del texto, podrá conversar con el ex-presidente sobre temas puntuales.

La habitación que se le asigna para su estadía resulta óptima: una vista estupenda de las sierras, una cama mullida, un plasma de 42" y un escritorio con notebook.
Pero a poco de comenzar a leer, "X" experimenta la inconsistencia del relato, la autoindulgencia del retratado ("todo, hasta mis errores deben enmarcarse en mi gesta por construir el mejor país del mundo") y, sobre todo, muchísimo aburrimiento.

Como le dieron un mes para cumplir el encargo, se relaja y prende el televisor. Sólo para sorprenderse con la noticia de que el Tribunal Penal Internacional de La Haya, a partir de pruebas fehacientes, acusa a su biografiado de haber sido, en 1995, el cerebro inductor de la voladura de los depósitos de la Fábrica Militar de Río Tercero. Así, un hecho oficialmente etiquetado y archivado como accidente con saldo de muertos resucita, e incluso expande las conjeturas de entonces: el fiscal del Tribunal asegura poder probar que la explosión que encubrió la exportación de armamento a Croacia y a Ecuador tuvo el apoyo logístico de un hombre clave de la política militar estadounidense.

"X", que para aceptar ser el "escritor oculto" de C.S.M había conseguido obturar su ética, focalizarse en el suculento dinero que recibiría y no pensar en la corrupción de ciertas privatizaciones ni en los factibles encubrimientos a los responsables del atentado a la AMIA, siente ahora que es mejor apagar el aparato y salir a caminar, tomar aire.

Mente en blanco, se aleja hasta perder el sentido de la orientación. Una casita precaria aparece en el horizonte y con ella la posibilidad de preguntarle a alguien exactamente cómo volver. El morador, un viejo con la cara curtida, le dice que se aleje de la mansión de C.S.M, que en la última semana un visitante, un tal "W", fue asesinado.

"X" se sobresalta. Piensa: ¿"W", su antecesor en la tarea de redactar las memorias de C.S.M., eliminado?
Sudando, comenzando a temerle a cosas que no alcanza a discernir, acelera su paso de regreso a la mansión mientras toma conciencia, mirando al sesgo, de que un automóvil lo sigue a distancia desde el mismísimo momento en que salió a ventilarse.

Ya en su cuarto retoma la lectura -esta vez más atenta- del material escrito por "W", notando ciertas letras casi imperceptiblemente remarcadas en la página con doblez que refiere a la época en que el ex presidente cursaba abogacía.
De repente, cae en cuenta de que está alojado en el mismo espacio en que lo estuvo el posible asesinado, y no tarda en descubrir en la ropa que aun permanece en el placard un papel con un número de celular manuscrito.
Temeroso, pero más que nada intrigado, llama utilizando el suyo (no quiere usar el teléfono de línea por prevención). Cuando atienden, reconoce la voz ronca de un conocido ex funcionario sobreseído en demasiadas causas. Siente un escalofrío. Corta.
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Una cosa está clara: fue un estúpido al usar su teléfono para comunicarse; ahora este oscuro personaje lo tiene registrado.
Y súbitamente otra cuestión lo está: vista esa página del libro desde cierta distancia, las letras remarcadas en los distintos renglones generan la ilusión de un espiral descendente. Al explicitar el dibujo uniendo las letras con un lápiz, "X" visualiza un nombre: "Richard Bruce Cheney"
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Las hipótesis comienzan a danzar en carrusel por su cabeza y todas son ominosas.
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Bueno, no quiero ir más lejos en el experimento. Simplemente se me ocurrió que si el guionista de El escritor oculto pudo convertir en script su desencanto por la genuflexión de Tony Blair ante las políticas estadounidenses en Irak, ¿qué no podría hacer algún memorioso guionista argentino con toda su desilusión?
Luego, sólo restaría conseguirnos un Polanski.

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1 comentario:

  1. Buenísimo Pablo!! Breve, ordenado, crece y explota!! Sísí, nada que envidiar...
    Para enriquecer tu fuente de información, sabías que Menem dijo esto?: "en mi país nunca hubo corrupción gubernamental. Si acaso algunos funcionarios fueron corruptos, pero eso puede suceder en cualquier parte" jojojojojojojo
    Besitos y felicitaciones

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